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	<title>Diván el Terrible &#187; Posturas e imposturas</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
	<lastBuildDate>Fri, 10 Feb 2012 13:43:41 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
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		<title>El quehacer como impostura</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Apr 2011 00:25:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Sanen</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El quehacer del analista en tanto acción para con el Deseo se encuentra siempre marcado por la impostura, sin duda es un impostor no por su definición de falsedad sino en su relación con la suplencia. Por ello es necesario comprender cabalmente la palabra, a saber, rastrearle etimológicamente, y poder de ello extraer las consecuencias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-378" title="Imagen" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2011/04/sincabeza.jpg" alt="" width="450" height="150" /></p>
<p>El quehacer del analista en tanto acción para con el Deseo se encuentra siempre marcado por la impostura, sin duda es un impostor no por su definición de falsedad sino en su relación con la suplencia.<span id="more-377"></span></p>
<p>Por ello es necesario comprender cabalmente la palabra, a  saber, rastrearle etimológicamente, y poder de ello extraer las consecuencias que para con nuestra causa se desprenden.</p>
<p>Nos encontramos inicialmente con el prefijo im, indicativo de dos condiciones relativas a su estado, por una parte en medida de ser un verbo designa una acción y un desde donde; resulta de ello un  en o hacia adentro, y en al ser tomado como adjetivo resulta relativo a un sin o a privado.</p>
<p>Al revisar su otro componente la postura, encontramos su antecedente en la palabra positura la que denomina una acción, una figura, una situación y ello aunado al modo en que está puesta una persona.</p>
<p>Esta des-composición de la palabra nos permite acceder a la referencias geográficas o incluso topológicas del sitio desde donde el analista se ocupa del campo de lo inconsciente, el im se ubica en relación directa con el lugar del que se parte y hacia el cual se dirige, el inconsciente, podríamos también decir de la sesión y a un a posteriori. Señala un tiempo constante, lógico diría Lacan marcado por los vericuetos del aparato psíquico y no por el cronos social.</p>
<p>Su otro aspecto engarzado a el sin o el privado nos reduce -e induce- a la posición requerida como objeto causa de deseo, objeto a, es decir, al ser privado o encontrarse sin postura puede efectivamente ser colocado como objeto del otro.</p>
<p>Este ultimo punto nos lanza directamente a la postura, no la libremente escogida por analista y analizando, sino a la impuesta al analista, premisa indispensable para la construcción del dispositivo y el consecuente avance del tratamiento, no es un colocarse relativo a la acción del analista, este último no tiene injerencia en esa ubicación y justamente por ello es que puede ser aprehendido por la transferencia como un otro e incluso como un Otro, a condición que su lugar -siempre vació- siempre este ocupado diríamos por una ausencia, donde el analista figurara sin ser y aun así o por ello , cual impostor, podrá sostenerse frente al analizando con carácter de verdad y en un momento dado el paciente re-elabore la verdad que le habita.</p>
<p>Tras lo anterior el ubicarle en función de suplencia resulta fácil, pero merece se le precise. Para el sujeto o paciente, el analista  resulta no ser lo que falta, lo que no se tiene o de lo que se carece, él solamente esta en un momento y tiempo determinado para posibilitar que el sujeto encuentre un algo más que le permita soportarse a si mismo durante la vida.</p>
<p>Situamos con lo anterior a la impostura no como desesperanza -aunque algo tenga de ello- o como vaciamiento -aunque también tome ese tinte- sino considerarle, presencia del embate de lo real,  efecto de la praxis, cuestión inherente al lugar, efecto que el saber impone al analista y por tanto también vector con el que se orienta en el dispositivo.</p>
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		<title>La falsa impostura del psicoanalista</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Feb 2008 22:47:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Bordigoni</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Aunque sacar a relucir el “sentimiento de impostura” no va a suponer una revolución en el psicoanálisis, ha conseguido despertar nuestro interés. Quería remontarme a un momento concreto, los inicios, las primicias de un trabajo de análisis. La lectura de un artículo de un analista canadiense publicado en la revista Filigrane me pareció que ilustraba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque sacar a relucir el “sentimiento de impostura” no va a suponer una revolución en el psicoanálisis, ha conseguido despertar nuestro interés.</p>
<p>Quería remontarme a un momento concreto, los inicios, las primicias de un trabajo de análisis. La lectura de un artículo de un analista canadiense publicado en la revista Filigrane me pareció que ilustraba tan bien nuestra preocupación que decidí utilizarlo y darle a él la palabra.<span id="more-128"></span></p>
<p>Este artículo de Réal Laperrière es de 2005 y lleva por título: El malestar del impostor. Su autor, psiquiatra y psicoanalista en un servicio de psiquiatría infantil en Montreal, escribe:</p>
<blockquote><p>“La psiquiatría infantil moderna tiende a exigir a sus clínicos que sean unos expertos capaces de liberar a los niños de los síntomas que perjudican su adaptación. Pero, ¿qué experticia puede reivindicar el psicoanalista cuya ética le coloca en una posición, de cara al síntoma, absolutamente diferente de la que propone la ética médica? Para ésta, el objetivo no es comprender el sufrimiento sino suprimir su expresión, como si se tratara de un cuerpo extraño. El síntoma es la enfermedad, suprimir uno es suprimir la otra. Mientras que para el psicoanalista el síntoma no es la enfermedad, sino muy a menudo lo que protege al individuo. En estas condiciones, cuando está solo con su paciente, ¿no tiene a veces la sensación de ser un impostor?”</p></blockquote>
<p>Tras desarrollar esta oposición, el autor expone la psicoterapia de un chico de diez años, con el cual ni la aproximación directa al síntoma, tal como deseaban los padres y los médicos, ni la interpretación psicoanalítica clásica resultaban posibles. Muestra cómo se manifestó en este caso el malestar del “impostor” (el sentimiento de impostura en este caso en el psicoanalista).</p>
<p>Olivier, de diez años, llega acompañado por su padre, un político influyente, un tipo lanzado, exigente y arrogante del que desconfía y del que se protege todo el equipo médico. Las cosas están claras, los psiquiatras han elaborado la lista de los síntomas de los que hay que liberar a su hijo: agresividad permanente, rechazo del ambiente escolar, encopresis persistente, fobias alimentarias, todo lo cual perturba gravemente su vida social, escolar y familiar.</p>
<p>“Me veo, escribe Laperrière, presentado de entrada como el especialista que sabe hacer hablar a los niños y liberarles de sus síntomas”.</p>
<p>Citando únicamente algunos párrafos de su artículo, no me resulta posible evocar el contexto, ni reproducir fielmente el singular tono del relato en el que se mezclan seriedad, perplejidad y humor, pero ustedes podrán adivinarlo.</p>
<p>Escribe: “A raíz de mi primera cita con Olivier, me encontré ante un niño afable, cortés, bien educado y de una inteligencia superior (…) Capaz de un discurso sensato y lógico, trufado de conocimientos y de proezas cognitivas. Sin embargo, no consigue hablar de sí mismo. Parece que habla de otra persona, no está presente en sus palabras y parece desprovisto de vida interior, totalmente movilizado contra las múltiples presiones del exterior”.</p>
<p>El analista se da cuenta enseguida de que cualquier alusión a sus síntomas desencadena un pánico y un abatimiento insoportables; cualquier esbozo de interpretación, o incluso una simple explicación, la vive como una intrusión intolerable.</p>
<p>Desde la primera sesión, Olivier declara: “Nunca he jugado con juguetes, y sólo juego a juegos de sociedad”. A falta de alguno del que echar mano, empieza a inventarse uno y a construirlo en base a razonamientos y adivinanzas matemáticos.</p>
<p>Privado, de entrada, de palabras y sin iniciativa alguna, el analista debe plegarse a la exigencia de ser únicamente el compañero, que a menudo queda en ridículo  de una increíble serie de partidas de juegos de sociedad, que se renuevan sin cesar pues Olivier cuenta con una reserva aparentemente inagotable de ellos. Cada semana se saca de la manga “el juego de la semana”, y el analista debe asimilar inmediatamente sus reglas. En cuanto intenta decir una palabra, viene la orden: “Juega”.</p>
<p>El autor del artículo precisa: “Al principio, Olivier se mostrará afable, educado, respetuoso… después estimulado por la propia situación del juego, se volverá altanero, arrogante y suficiente hacia mí, tratando de forma manifiesta de aplastarme y someterme gracias a su incontestable superioridad en este tipo de juegos (…) Por mi parte, me fui sintiendo cada vez más impotente, incompetente, poseído por una rabia tal que me daban ganas de contraatacar a base de interpretaciones. Pero, ¿qué otro sentido tendría el hacerlo que no fuera el defender y proteger mi integridad?”.</p>
<p>Debía, pues, intentar tolerar la situación creada por Olivier, situación que poco a poco se transformaba en una puesta en acto de su experiencia (…) de niño sometido a presión (…) pero esta vez, por una inversión de papeles, él ocupaba el “puesto bueno”.</p>
<p>Tras el paréntesis de las vacaciones de verano, Olivier curiosamente retoma el juego de la primera sesión, poniéndole un nombre: O. R. Compuesto por las iniciales de los nombres de los jugadores.</p>
<p>Olivier y Réal. ¿Qué representa O. para R.?  ¿Y R. para O.?</p>
<p>El analista percibe en esto el comienzo de un intercambio, y la apertura de un espacio de encuentro desprovisto del miedo a la intromisión. Olivier intenta expresar tímidamente su tristeza, o su rabia, o su culpabilidad. Ya no manifiesta el pánico a la intrusión sino el miedo a provocar un deseo de abandono en el analista. “Con prudencia, escribe Laperrière, puedo empezar a nombrar ciertas cosas durante las sesiones, y se las brindo como otras  tantas piezas de un nuevo juego”.</p>
<p>Al cabo de un año, un traslado de la familia supuso la interrupción de las sesiones. El día de la última cita, el padre vino a expresar (…) su satisfacción, el comportamiento había mejorado considerablemente, todos los síntomas habían desaparecido… Se muestra muy agradecido.</p>
<p>Laperrière precisa: “Cuando me vuelvo a encontrar en la consulta con un niño como Olivier, tratando de convertirme en “disponible para ser utilizado” (en el sentido de Winnicott) (…) dejándome capturar por la manera que Olivier tiene de repetir su historia y yo de intentar construir una, a veces siento el malestar del impostor”.</p>
<p>En su conclusión distingue dos aspectos de este malestar, uno atribuible al contexto, y otro intrínseco al propio trabajo psicoanalítico.</p>
<p>En el primer caso, es decir, en su relación con la institución y su modo de funcionamiento, se puede hablar, con propiedad, de sentimiento de impostura, cuyos principales ingredientes se reconocen sin hacer grandes esfuerzos:</p>
<ul>
<li> El éxito: sus títulos y su competencia son reconocidos y apreciados.</li>
<li> La inadecuación al puesto: es el resultado de la diferencia ética que le coloca en una situación falsa de cara a un proyecto médico con el que no puede identificarse.</li>
<li> El temor a ser desenmascarado que se deriva de esto es tan imaginario y secreto como real es el malestar. El efecto no puede ser otro que un malentendido duradero, más o menos ignorado y sostenido.</li>
</ul>
<p>“Pero, escribe, si este malestar es el fruto del peso que recae sobre la situación analítica desde su exterior, también existe un malestar producto de la situación analítica misma (…) En efecto, me parece que, el hecho de permitir que se establezca la transferencia con la ayuda del dispositivo terapéutico, implica que el terapeuta acepta ocupar el puesto de otro, que se convierte en ese impostor necesario”.</p>
<p>Es lo que yo había llamado en otro lugar la posición del “impostor a su pesar”, el que ve que se le “impone” (en el sentido de la impostura) el ropaje de un personaje que el no ha elegido, y en el que no se reconoce. ¿Se puede, en este caso, hablar del sentimiento de impostura del analista? Difícilmente, me parece.</p>
<p>No es fácil ver lo que podría significar un “éxito” en este estadio de instalación de la transferencia. Mientras, la inadecuación se presenta esencial y necesaria en el trabajo psicoanalítico. En cuanto al miedo a ser desenmascarado ¿qué sentido podría tener, y para quién?</p>
<p>Por el contrario, no se puede dejar de estar atento a un momento particular, que precede a la inauguración de la transferencia imaginaria, el de la demanda y la aceptación de ella. Al responder a una petición de análisis, que es siempre una llamada de auxilio, más o menos acompañada de un pedido de amor, estoy ratificando el reconocimiento, por parte del otro, de mi situación en el puesto que he elegido ocupar.</p>
<p>Pero al mismo tiempo no puedo desconocer mi inadecuación al puesto de terapeuta en el que el otro querría instalarme. Por otra parte, llegados a este punto, la cuestión no pasa por desvelar que mi convicción está fundada sobre dos certidumbres: que es imposible satisfacer la demanda (petición), y que el lugar de la verdad está en el lado de la pregunta, más que en el lado de la respuesta y el saber.</p>
<p>En este momento, previo a la implantación de la figura del “impostor a su pesar”, es cuando se habrían reunido los componentes de un “sentimiento de impostura”. Y, al asumir el malestar que le acarrea, el analista prepararía e aseguraría la implantación de la secuencia transferencial.</p>
<p>¿Puede confundirse este malestar con el que Laperrière atribuye a las exigencias del contexto?  Dejo en suspenso este interrogante.</p>
<p>De momento, la hipótesis sería que la noción de “sentimiento de impostura” nos podría servir para precisar y matizar la descripción de un momento del inicio del análisis. Así dicho, puede parecer un poco restrictivo; no es más que un avance, estoy seguro de que otros serán capaces de ir más allá.</p>
<p>Aún queda la cuestión de si podemos encontrarnos, a lo largo del análisis, con otras formas del “sentimiento de impostura”.</p>
<p>Para acabar, Réal Laperrière nos recuerda que el analista está siempre en confrontación con su propia historia, su análisis y sus implicaciones contratransferenciales, y añade: ¿podría ser este tipo de malestar una fuente de auténtico trabajo analítico?</p>
<p>Por mi parte, me encuentro ahora, enredado en otro interrogante: ¿cuánto hay de “sentimiento de impostura” en el analizante? Pero esta es, por supuesto, otra historia.</p>
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		<title>La pregunta por la legitimidad</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2008 11:51:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Graciela Strada</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La pregunta que se hacen muchas personas sobre el derecho a ocupar un lugar involucra una interrogación sobre la legitimidad que introduce el tema del padre. Cuando la encontré formulada en el libro de Belinda Cannone, en relación al éxito y al sentimiento de impostura, inmediatamente recordé una frase de la carta que Freud, a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2008/02/acropolis.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>La pregunta que se hacen muchas personas sobre el derecho a ocupar un lugar involucra una interrogación sobre la legitimidad que introduce el tema del padre. Cuando la encontré formulada en el libro de Belinda Cannone, en relación al éxito y al sentimiento de impostura, inmediatamente recordé una frase de la carta que Freud, a sus 80 años, le dedica al escritor Romain Rolland: “Como si lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido”. La escribe casi al final de su vida en “Una perturbación de la memoria en la Acrópolis (1936) en la cual retomando el hilo de su autoanálisis relata un episodio ocurrido en el año 1904 en un viaje a Atenas.<span id="more-127"></span></p>
<p>Emprendía todos los años un viaje de vacaciones con su hermano Alexander que los llevaba generalmente a Italia. Esta vez, apremiados de tiempo, deciden dirigirse a la isla de Corfú pasando por Trieste donde, aconsejados por un amigo, cambian su destino azarosamente y se dirigen a Atenas. El “cambio de rumbo” les produjo un gran descontento e indecisión y sólo se imaginaban obstáculos y dificultades. Freud mismo califica esta conducta de enigmática porque de pronto, sin darse explicaciones y como algo natural, se hallaron comprando los billetes para Atenas.</p>
<p>“Cuando me encontré parado en la Acrópolis, abarcando el paisaje con la mirada, me vino de pronto el siguiente pensamiento, harto extraño: ¡De modo que todo esto realmente existe, tal como lo hemos aprendido en el colegio!”, su admiración y exaltación están empañadas por una fuerte duda sobre la propia existencia de Atenas. ¿Llegar a ver a Atenas? ¡Pero, si no es posible! exclamó.</p>
<p>Para Freud están vinculadas esta extrañeza y la desazón que suele manifestarse cuando se ha llegado a lugares intensamente soñados desde el deseo de escapar de la estrechez de los medios de vida, de los límites de la realidad.</p>
<p>“Parecía estar más allá de los límites de lo posible que yo pudiera&#8230; llegar tan lejos&#8221;. Llegar tan lejos&#8230; ¿está permitido? Llegar más lejos que el padre&#8230; ¿Qué empuja a desear ir más allá, más allá de los límites de lo posible?</p>
<p>&#8220;Realmente no habría creído posible que me fuese dado contemplar a Atenas con mis propios ojos&#8221;, &#8220;Lo que aquí veo no es real&#8221;, expresa Freud mostrando cómo sobrepasar el destino sin someterse a su designio le origina extrañamiento, irrealidad y descreimiento. Denomina enajenación-despersonalización a estos procesos que son paradigmas de una perturbación anímica aunque se presenten regularmente en la vida normal.</p>
<p>La pregunta ¿Yo qué hago aquí?, que suele acompañar al sentimiento de impostura, hace pasar una pequeña vivencia a la enajenación, con un desdoblamiento que produce una singular extrañeza frente a actos y pensamientos propios que se experimentan como si provinieran de otro. El sujeto se contempla así mismo, en una situación merecida y buscada, sin poder dar cuenta de cómo llegó hasta allí porque justamente su deseo de ir más lejos es escamoteado. Esos momentos de desazón, de vacilación, constituyen un borde entre lo posible-imposible, lo permitido-lo prohibido, en el cual los límites entre la realidad y la fantasía se confunden y se funden.</p>
<p>Podemos señalar, en la lectura que Freud hace 32 años más tarde del episodio de la Acrópolis, que la satisfacción de haber llegado tan lejos, en cuanto remite a lo ancestralmente vedado con el consiguiente sentimiento de culpa, pone de manifiesto al padre edípico en la neurosis de Freud . Pero, ¿permite plantear algo nuevo?</p>
<p>Mas allá del padecimiento y el límite que imponen las figuras superyoicas se abre otra vía. Lo central es que llegó a la Acrópolis y este episodio constituye una metáfora de su “osada intromisión”, como él denomina a su empeño en ir más lejos en la construcción del psicoanálisis. En el deseo de fundar se juega la paternidad y como deseo de todo hijo, aunque “prohibido de antiguo”, revela el fantasma parricida de sobrepasar al padre.</p>
<p>Parecen pertenecer a distintos territorios la censura superyoica y el sentimiento de enajenación que describe Freud. En Trieste, sin comunicarse entre ellos las razones de la decisión, marcharon los dos hermanos a Atenas y este acto decidido arranca a Freud de la coartada neurótica. En su posición de hijo frente a la mirada paterna, con el costo de su perturbación, se pone de manifiesto la función paterna como un operador estructural que alude, más que a un rival a superar promotor de culpa, a un padre muerto como lugar desde el que es posible construir una diferencia.</p>
<p>Freud sintió soledad y tristeza frente a las ruinas y en su desamparo instaura un acto responsable que implica el duelo de un padre omnipotente por el que siente indulgencia pero a quien al mismo tiempo le reconoce una deuda.</p>
<p>En “Material y fuente de los sueños” escribió una nota reveladora: “… me he convencido hace ya largos años de que para la realización de los deseos que durante mucho tiempo hemos creído inasequibles no es preciso sino un poco de decisión”. Había tenido una serie de sueños cuya base común era el vivo deseo de hacer un viaje a Roma postergado una y otra vez y cuya realización veía como algo muy lejano, incluso en unos de ellos se tuvo que volver estando a 80 kilómetros. Roma era la “ciudad de promisión” siempre inalcanzable que se anudó a su entusiasmo estudiantil por el guerrero semita Aníbal. Lo que está oculto detrás de la identificación con Aníbal, causa poderosa de su anhelo de viajar y a la vez su impedimento, aparece en el recuerdo de un episodio infantil. A los 10 o 12 años su padre le relató lo siguiente:</p>
<blockquote><p>“Cuando yo era joven salí a pasear un domingo por las calles del lugar en que tú naciste bien vestido y con una gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando, “¡Bájate de la acera, judío!” Y tú, ¿qué hiciste?, pregunté entonces a mi padre. “Dejar la acera y recoger la gorra”, me respondió tranquilamente. No pareciéndome muy heroica esta conducta de aquel hombre alto y robusto que me llevaba de la mano, situé frente a la escena relatada otra que respondía mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amílcar Barca, padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará venganza de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un puesto en mis fantasías.” (La interpretación de los sueños&#8221;, cap. VI.)</p></blockquote>
<p>Este recuerdo decisivo localiza el momento en el que se unen en su historia el descubrimiento de las debilidades del padre con un deseo de restituirlo como figura heroica a través de la venganza. Pero unida a la culpa y en la base de la piedad filial, que impide el éxito e impulsa al fracaso, planea el fantasma del parricidio que es la más poderosa fuerza inhibidora en la vida de un hombre.</p>
<p>Freud visita por fin Roma en 1901, y en un proceso de verdadera bifurcación de su destino, emprende un nuevo y entusiasta camino en su producción que se materializa en 1904 con su imprevisto cambio de rumbo a Atenas y se sella en la visión de la Acrópolis.</p>
<p>No parece tan complicado sondear lo insoportable de la desgracia pero sí lo es hallar la intolerancia al éxito sin hablar, exclusivamente, de su costado masoquista. El éxito significa que está en juego un deseo, para encajarlo algo debe destrabarse de la subjetividad produciendo una ruptura del sometimiento al padre. En el franqueamiento de límites se origina una caída del padre idealizado que al ser desalojado de su lugar de garante posibilita el abandono de la postura de permanente reproche y odio por sus faltas. Ir más allá sobrepasando un destino asignado no es una trasgresión sin costo, el sujeto debe pagar por la singularidad de su deseo con la pérdida de la protección en un proceso de duelo que implica un verdadero giro en la subjetividad que va más allá de la culpa universal y que significa enfrentar la falta del padre y la propia, es decir, la castración.</p>
<p>Quizás las sensaciones de “enajenación” que asociamos con el sentimiento de impostura se inscriban en un momento vital donde los sujetos transitan por una cornisa o quedan fijados en ella asumiendo el riesgo de ir más allá del límite marcado o no. Lograr una significación nueva del destino supondrá soledad y desamparo. En el momento en el que se supera al padre para poder seguir nuestro camino es inevitable sentirnos extrañamente solos al comprobar que el triunfo es correlativo de la dimensión de la contingencia, pues no hay tal triunfo cuando alguien garantiza de antemano nuestro destino.</p>
<p>Freud ”trasgresor” permite pensar las claves para franquear ese límite, su ”osada intromisión” es una conquista impía, mientras que la compasión y la traición que degradan al deseo abonan la inhibición y el fracaso.</p>
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		<title>Salvador Dalí, la creación de un personaje</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jan 2008 22:57:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mercè Collell Badia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Sé lo que como, no sé lo que hago¹. El nombre de Salvador Dalí es insoslayable en la historia del arte del siglo XX. Fue un personaje poliédrico, provocador, que gustó de cultivar el escándalo con sus excéntricas declaraciones y suscitar dudas acerca de su locura y su genio. El fue su principal obra, pasó [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Sé lo que como, no sé lo que hago¹.</p></blockquote>
<p>El nombre de Salvador Dalí es insoslayable en la historia del arte del siglo XX. Fue un personaje poliédrico, provocador, que gustó de cultivar el escándalo con sus excéntricas declaraciones y suscitar dudas acerca de su locura y su genio.</p>
<p>El fue su principal obra, pasó su vida construyendo un personaje (2). En el Museo Teatro de Figueres reúne su obra. La farsa, el fingimiento, la teatralidad y “el dar a ver” formaron, en efecto, parte de su vida.<span id="more-123"></span></p>
<p><strong>1. Datos biográficos</strong></p>
<p>Nuestro pintor nace nueve meses y diez días después del fallecimiento de su hermano primogénito. Los padres lo bautizan con el nombre de éste, lo cual es de capital importancia para entender el trazado subjetivo de Salvador Dalí. No hubo, pues, una elaboración del duelo por el hijo primogénito de modo que los padres intentaron tapar la falta dándole al segundo hijo el nombre del primero.</p>
<p>La muerte del hermano primogénito de Dalí, antes de cumplir siquiera los dos años de edad, sumió a la madre en una profunda depresión. Como no podía ser de otra manera, la huella del hijo muerto estaba siempre presente en el escenario familiar, fotografías y otros objetos varios recordaban constantemente al hijo desaparecido.</p>
<p>Salvador Dalí nace, pues, como consecuencia del fallecimiento de su hermano. De modo que el sentimiento de haber usurpado un lugar, de haber matado en cierta manera al hermano, el sentimiento de culpa y la vivencia del doble son aspectos que van a determinar su subjetividad. La elaboración del duelo comporta una simbolización que posibilita la cicatrización de una herida, pero cuando esa elaboración no se lleva a cabo la herida queda abierta y puede generar múltiples síntomas.</p>
<p>Si atendemos a la más clásica teoría lacaniana, el lugar del sujeto viene determinado por el lugar que ocupa en la saga familiar; habrá entonces unos caminos significantes, determinados por tal estructura, por los cuales forzosamente ha de transitar. Es en dicha estructura donde el nombre de pila cobra especial importancia como seña de identidad (3).  En este sentido cabe entender la cita inicial: en efecto, Dalí desconocía ese saber por qué hacía las cosas, qué era eso que lo determinaba.</p>
<p>El nombre de pila de Dalí, Salvador, se inscribe en una larga tradición familiar desde el bisabuelo, pasando por el tercer nombre del abuelo Galo, el nombre propio del padre, el hermano muerto y, finalmente, nuestro pintor. Si observamos el significado del nombre, Salvador es un nombre que designa al Mesías, el que salva; en efecto, Dalí se salvó de la muerte a diferencia de su hermano. El significado mesiánico del nombre se relaciona con la construcción del mito personal de Dalí al considerarse a sí mismo “el salvador de la pintura moderna” y nombrarse divino Dalí. Si bien en la actualidad el apellido Dalí no es usado como tal, el pintor ha conseguido inmortalizarlo con su obra.</p>
<p>El tema de la muerte, la vida y la sexualidad serán recurrentes en su obra pictórica: sus cuadros están llenos de figuras putrefactas, deformes, agujereadas, de hormigas devorando cuerpos deshechos, y de huevos (principio de vida) y símbolos sexuales.</p>
<p><strong>2. Vida secreta: construyendo un nombre</strong></p>
<p>Dalí escribe su libro de memorias a los 37 años de edad, sabedor del éxito y reconocimiento de su obra. Su escritura es un intento de matar sus recuerdos y vivencias para renacer como un hombre nuevo. No deja de ser un error considerar la veracidad cronológica de lo que cuenta ya que todo el texto es una construcción de un personaje perverso polimorfo orientado a la creación del divino Dalí. Uno de los capítulos responde al rótulo “recuerdos falsos de la infancia” y el que le sigue “recuerdos verdaderos”. El propio Dalí confiesa su dificultad para distinguir fantasía y realidad (4).</p>
<p>La creación de tal personaje, de marcado carácter megalomaníaco, va a ser una de las bases de su estabilización personal, las otras dos serán la invención de su método paranoico-crítico y la relación con Gala. Salvador Dalí se define a sí mismo como un perverso polimorfo, expresión acuñada por Sigmund Freud para referirse al niño en la etapa pre-edípica configurada, como se sabe, por componentes sadomasoquistas  en la relación con los otros, pulsiones escópicas, sexualidad marcada por la masturbación y una indefinición, a su vez, de la identidad sexual.</p>
<p>Al tiempo que escribe sus memorias, Dalí pinta en el año 1941 el cuadro “Autorretrato con bacon frito”. Sorprende que se dibuje como una máscara, vacía, blanda, apoyada en muletas. ¿Es el cuadro la otra cara de un Dalí socialmente exitoso? ¿representa su cara oculta?. La máscara presenta signos de deterioro del que son buena muestra las hormigas. Las muletas sostienen al ser humano cuando algo de la estructura ósea se rompe, estos objetos son tan recurrentes en su pintura que constituyen un verdadero símbolo daliniano. Las muletas ponen en evidencia la precariedad estructural de nuestro pintor, necesitado de múltiples apoyos.</p>
<p><strong>2.1. Complejo fraterno</strong></p>
<p>Desde el discurso paterno Dalí estaba llamado a ocupar el lugar del hermano muerto. Su ser se levanta con un pie en la muerte del primogénito, del cual porta el mismo nombre y apellidos. Este “otro” (deseos de muerte incluidos) estuvo presente a lo largo de su vida (5).  Deseos de muerte para acceder a su propia vida.</p>
<p>La representación del doble es inseparable de la formación de la subjetividad. En la fase del espejo todo sujeto reconoce desde el exterior, en su imagen, el ideal de completud. El “yo” se configura, pues, desde el exterior gracias a su propia imagen. Por lo demás, la figura del doble, en su dimensión más intrapsíquica, ha sido abordada en múltiples obras literarias. Fue, antes que nada, una medida de seguridad contra la destrucción del “yo” y, posteriormente, como señala Sigmund Freud en su obra Lo siniestro, aparece como anunciadora de muerte.</p>
<p>Salvador Dalí mostró gran interés por la teoría del narcisismo elaborada por Sigmund Freud. Como se sabe, cuando le visitó en su exilio de Londres llevó consigo el cuadro La metamorfosis de Narciso y un escrito acerca de la paranoia. Al respecto existe una versión de la leyenda de Narciso en la que se cuenta que perdió a una hermana melliza, de modo que al ver su imagen reflejada en el agua creyó que era su hermana y murió al pretender reencontrarse con ella.</p>
<p>Desde Freud conocemos la relación entre narcisimo y paranoia, se trata de una afección caracterizada por una sobreestimación del propio yo, ideas megalomaníacas y sentimientos de persecución que, a menudo, recaen sobre figuras próximas, entre ellas un hermano. En este sentido, Jacques Lacan desarrolla en su libro La familia el complejo de Intrusión (6).  Es un término básico para entender la problemática relación con el semejante. Este complejo tiene lugar en plena etapa narcisista, madre fálica mediante. El infante se encontrará ante la disyuntiva de que sus sentimientos, percepciones y vivencias deriven en una fijación narcisista o bien en un compromiso y un pacto con el otro, germen de los auténticos sentimientos sociales. Que haya uno u otro desarrollo depende de elementos estructurales que atañen al registro simbólico, elementos de capital importancia ya que orientan la subjetividad en uno u otro sentido. La fijación a elementos narcisistas puede dar lugar a fenómenos tales como homosexualidad, fetichismo o un yo paranoico (7).</p>
<p>En Salvador Dalí reconocemos alguna de estas manifestaciones. En el Surrealismo encontró la horma de su zapato por cuanto este movimiento legitima el deseo en beneficio del mundo propio frente a la realidad exterior.</p>
<p>Esta falla de mediación simbólica la encontramos en la obra El mito trágico del Ángelus de Millet  (8) en la que Dalí da cuenta de su método paranoico-crítico. La figura femenina del cuadro de Millet es vivida como una mantis religiosa que devora al macho en plena cópula sexual. Estas ansiedades caníbales en relación a la imago materna, presentificada en la imagen de la mantis, están en la base de las dificultades sexuales de nuestro pintor.</p>
<p><strong>2.2. Metáfora paterna</strong></p>
<p>La principal tarea de la metáfora paterna es poner coto al deseo de la madre para que el desarrollo de la función simbólica sea posible. En Dalí hubo, en efecto, una falla en la mediación simbólica. Transmitir un lugar en la cadena generacional es propio de la función paterna y, en el caso de Dalí, se llevó a cabo de una manera deficiente, y por ello la transmisión, el anclaje en la cadena generacional no efectuó una verdadera tarea de nominación.</p>
<p>Salvador Dalí siempre se definió como anarquista y adoptó una postura claramente provocadora ante las figuras investidas de poder, lo que le causó problemas en la Academia de Bellas Artes y le llevó a enemistarse con Breton, con Buñuel y, más tarde, con su familia. Su posición fue muy distinta cuando, por razones de supervivencia y una necesidad de ser aclamado y reconocido, no tuvo inconveniente en colocarse al lado del dictador.</p>
<p>Hubo en Dalí un fallo en la metáfora paterna. Si tenemos en cuenta el lúcido criterio de José E. Milmaniene (9)  podemos afirmar que, cuando hay un padre fallido en el ejercicio de su función, las normas legales resultan burladas. El sujeto busca transgredirlas, imponiendo su goce por fuera de los límites de la Ley.</p>
<p>El padre de Salvador Dalí era notario. ¿No es una clara provocación, transgresión y perversidad todo el asunto de la falsificación de obras?</p>
<p><strong>Referencias</strong></p>
<p>1. L.S. López Herrero, La cara oculta de S. Dalí, pág. 173. Ed. Síntesis, Madrid, 2004.<br />
2. Cf. Daniel Giralt Miracle, Dalí, La Vanguardia, Grandes Temas, pág. 20, enero 2004.<br />
3. Cf. Jacques Lacan, Escritos II, Ed. S.XXI, Barcelona, 1984, pág. 632.<br />
4. Cf. Salvador Dalí, op. cit. O.C. vol. I, pág. 282.<br />
5. Cf. S. López Herrero, op. cit. págs. 68-69.<br />
6. Cf. Op. cit. Ed. Argonauta, Barcelona, 1982, pág. 44.<br />
7. Cf. Jacques Lacan, op. cit. pág. 61.<br />
8. Salvador Dalí, El mito trágico de “El Angelus” de Millet. Ed. Tusquets, Barcelona, 2004.<br />
9. Cf. José E. Milmaniene, La función paterna. Palabra y estilo en Psicoanálisis.Ed. Kargieman, Buenos Aires, 1989, 1ª edición. También El Goce y la Ley. Ed. Paidós, Barcelona, 1995, 1ª edición.</p>
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		<title>Pessoa y el acento circunflejo</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Dec 2007 10:02:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>María José de la Viña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Fernando Pessoa, escritor y poeta múltiple, autor ortónimo, es decir, de obra literaria firmada por él mismo, y creador de heterónimos, empieza así uno de sus poemas: El poeta es un fingidor Finge tan completamente Que hasta finge que es dolor El dolor que en verdad siente La lectura de la obra de Pessoa empuja [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2007/12/pessoa.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Fernando Pessoa, escritor y poeta múltiple, autor ortónimo, es decir, de obra literaria firmada por él mismo,  y creador de heterónimos, empieza así uno de sus poemas:</p>
<blockquote><p>El poeta es un fingidor<br />
Finge tan completamente<br />
Que hasta finge que es dolor<br />
El dolor que en verdad siente</p></blockquote>
<p><span id="more-121"></span><br />
La lectura de la obra de Pessoa empuja al lector a plantearse ¿quién es el autor?  Pessoa creó obra poética y literaria de diversos estilos, y firmada por diferentes autores, los heterónimos. Se han planteado diversas cifras en cuanto a la cantidad de los mismos, pero los principales son Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, y Ricardo Reis, a los que, para muchos estudiosos de su obra, habría que añadir un Fernando Pessoa heterónimo.</p>
<p>Con ese  planteamiento tan particular, nos arrastra a un mundo distinto al que estamos acostumbrados a frecuentar, en el que se sobreentiende que a cada persona corresponde un solo nombre y que cada cual firma con su nombre y actúa en su propio nombre.</p>
<p>Pessoa no se esconde tras un seudónimo, él crea autores provistos de biografía propia, cada uno de los cuales mantiene una coherencia de estilo y produce una obra más o menos abundante.</p>
<p>Me ha parecido interesante leer la descripción que hace de ese momento de inspiración en que se le hizo presente  el primer heterónimo verdadero: “Un día –era el 8 de Marzo de 1914- me arrimé a una cómoda de cierta altura, tomé una hoja de papel y me puse a escribir de pie como hago cada vez que puedo. Escribí más de treinta poemas seguidos, en una especie de éxtasis, cuya naturaleza no consigo definir. Fue el día triunfal de mi vida y jamás volveré a sentir nada parecido. Comencé por el título, El guardador de rebaños. Lo que ocurrió luego es que apareció dentro de mí alguien a quien di enseguida el nombre de Alberto Caeiro. Disculpen lo absurdo de la expresión: quien apareció en mí fue mi maestro”. Y continúa así: “apenas escritos estos treinta y pico de poemas, tomé rápidamente otra hoja de papel y escribí, también de un tirón, los seis poemas que componen el conjunto de Lluvia oblicua, de Fernando Pessoa. Inmediata e íntegramente (…). Era el retorno de Fernando Pessoa/Alberto Caeiro a Fernando Pessoa en solitario, o más bien era la reacción de Fernando Pessoa a su inexistencia  en tanto Alberto Caeiro.”</p>
<p>Este texto, nos permite ampliar la pregunta antes planteada de ¿quién es el autor? más allá del hecho literario de los heterónimos y su relación con el escritor, y aplicarla a su propia persona: ¿Quién era Fernando Pessoa? ¿A qué necesidad  subjetiva respondería esta forma particular de crear y de firmar la obra?  ¿Podríamos pensar, siguiendo el hilo conductor de estas Jornadas, en un sentimiento de impostura como autor, que le hubiese llevado a “presentarse” en nombre de otro, por no sentirse a la altura de su “ideal de autor”?</p>
<p>La hipótesis que quiero  plantear es que para poder llegar a sentir el “sentimiento de impostura” tal y como lo plantea Belinda Cannone haría falta haber conseguido  fabricar, por así decir, una cierta unidad psíquica, haber logrado lo que, provisionalmente, llamaré: “la impostura del ser.”</p>
<p>Respecto a Pessoa se ha escrito mucho y es que, tanto su manera de presentarse como autor –esa forma que Ángel Crespo, su traductor al español, nos recuerda que Pessoa denominaba un drama em gente-, como los temas  que toca: siempre lo más radicalmente extremo del mundo de la  subjetividad,  no dejan a nadie indiferente.</p>
<p>Un somero recorrido por la obra poética de Pessoa y sus heterónimos, así como la lectura del “Libro del desasosiego de Bernardo Soares” nos confronta a cada página con la cuestión del ser:</p>
<blockquote><p>“Hoy he llegado, de repente, a una sensación absurda y justa. Me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. Nadie, absolutamente nadie (…) Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo de un libro que no se ha escrito (…) Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea y deshecha, sin haber sido, entre los sueños de quien no supo completarme. (…) Mi alma es un maelstrom negro, vasto vértigo alrededor del vacío, movimiento de un océano infinito en torno a un agujero de nada, y en las aguas, que son más giro que aguas, boyan todas las imágenes de lo que he visto y oído en el mundo –van casas, caras, libros, cajones, rastros de música y sílabas de voces, en un remolino siniestro y sin fondo.(…) Y yo, verdaderamente yo, soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sino porque todo círculo lo tiene ….”</p></blockquote>
<p>Vemos que no es tanto la cuestión de estar o no a la altura del ideal, como otra más radical: la de alcanzar o no a “ser”  Describe aquí  los bordes del vacío del no-ser y logra transmitir ese vértigo del abismo de la abolición subjetiva que sólo algunos, y en determinados momentos, experimentan.</p>
<p>El psicoanálisis no toma en consideración “el ser” como tal,  sino que habla del psiquismo, de aparato psíquico (Freud), de sujeto del inconsciente (Lacan). La constitución psíquica no es algo que venga dado de antemano, es un proceso.</p>
<p>Cuando un niño viene al mundo, los deseos de generaciones anteriores de ambas ramas se van a poner en juego, en el marco de las circunstancias del momento; se abre un nuevo escalón en la línea de las generaciones cuyas marcas son el nombre y los apellidos, la inscripción en el registro civil…etc.</p>
<p>Al tiempo que va constituyéndose un sujeto, que incorpora el lenguaje que le viene de fuera, éste va también apropiándose de su mundo (marcado y connotado por los deseos de los otros), al recrearlo en fantasías inconscientes y en las que también se sitúa él mismo.</p>
<p>¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Cómo soy? ¿Qué quiero? Son preguntas que no pueden ser respondidas de forma taxativa.</p>
<p>Veamos algunas de las respuestas de Pessoa:</p>
<blockquote><p>“Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”<br />
“He creado en mí varias personalidades. (…) Para crear me he destruido. (…) Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas.”</p></blockquote>
<p>Mientras que, para la mayoría de la gente, el velo protector del Yo y sus resistencias permite pasar por estas cuestiones sólo muy de vez en cuando y de puntillas, Pessoa ahonda, escinde, analiza, escribe sobre ellas en un auténtico esfuerzo de clarificación entre lo propio y lo ajeno en su subjetividad, entre lo suyo y lo creado por él.</p>
<blockquote><p>“Nubes… Existo sin saberlo y moriré sin quererlo. Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre el sueño y lo que la vida ha hecho de mí, la medida abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo yo también nada. Nubes…”</p></blockquote>
<p>Pessoa pone de manifiesto cuánto hay de artificial en la estructuración del psiquismo, eso que, a la luz del tema de hoy, me he permitido llamar, “impostura del ser”.</p>
<p>Todos provenimos de los otros e incorporamos diferentes personalidades pero no siempre se nos llegan a presentar como ajenas. A fin de cuentas, el nombre propio suele servir de cierre, de punto de sutura de los fragmentos que incorporamos y hacemos nuestros. ¿Quién soy? ¿Qué soy?&#8230; esas preguntas tienen en el nombre propio una respuesta que las cierra sin llegar a agotar el enigma, y que nos permite poder pasar a otra cosa.</p>
<p>A los veintiocho años de edad, Pessoa, tan amante de su lengua que llegaría a decir “mi patria es la lengua portuguesa”, y tan apasionado defensor de la ortografía clásica del portugués, comunica, sin embargo  a un amigo: “Voy a imponer un gran cambio a mi vida: suprimiré el acento circunflejo de mi apellido.”</p>
<p>Su dedicación a la escritura y a las letras desde la infancia, su amor a la lengua portuguesa -que, tras una educación exclusivamente en inglés desde los siete, había “elegido” a los diez y ocho años-, la creación a partir de la adolescencia de personajes imaginarios a quienes escribía y sobre los que escribía,  el inicio del uso de seudónimos que más tarde desembocaría en la aparición de los heterónimos y semiheterónimos, la manipulación ortográfica del apellido… todo ello, junto con otros aspectos no contemplados aquí como son el &#8220;sebastianismo&#8221;, la afición al ocultismo y la astrología, la vida austera y aislada…etc. todo ello, digo,  se nos presenta, a la luz del psicoanálisis, como un titánico y conmovedor esfuerzo de inventiva creadora dirigido a sujetar, en la subjetividad del autor, todo aquello que habitualmente sostiene el nombre propio.</p>
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		<title>Maternidad, adopción e impostura</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Dec 2007 09:17:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>María Luján Ramos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La clínica de la maternidad adoptiva, me ha sugerido conexiones con algunos ejes que postula B. Cannone. Es frecuente escuchar en algunas madres que adoptan, que experimentan en ciertos momentos un sentimiento de impostura. Lo suelen nombrar así y además describirlo como un malestar, una suerte de extrañamiento, a veces acompañado de una pregunta: ¿Qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2007/12/maternidad.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>La clínica de la maternidad adoptiva, me ha sugerido conexiones con algunos ejes que postula B. Cannone.<span id="more-119"></span></p>
<p>Es frecuente escuchar en algunas madres que adoptan, que experimentan en ciertos momentos un sentimiento de impostura. Lo suelen nombrar así y además describirlo como un malestar, una suerte de extrañamiento, a veces acompañado de una pregunta: ¿Qué hago aquí? ¿de dónde viene este niño? Este sentimiento aparece no solo al principio de la historia sino que suele aparecer en otros momentos posteriores, lejanos a él. Por una parte, sienten un ¡Por fin! Ha llegado el momento tan anhelado de tener un hijo, y luego experimentan una sensación de extrañeza cuando alguien la nombra como madre, ¿esa soy yo? ¿“Estarán mirando si se parece a nosotros”? También en algunos casos suele planear un fantasma de que los padres biológicos, arrepentidos puedan reclamar al niño tanto si conocen como si no, a la persona que lo ha dado en adopción</p>
<p>Sentimiento de no ser la madre legítima, de estar ocupando un lugar que no le corresponde, y otras dudas por el estilo. “Tú no eres mi madre&#8221; puede espetarla ese hijo un día a la cara&#8230; ¿cómo contestar si ella se siente una impostora? Es frecuente que también en las madres biológicas aparezcan dudas y preguntas acerca de si será una buena madre, de no poder ocupar la casilla Madre como corresponde, de no estar a la altura. Pero ¿Cómo es para la madre adoptiva?</p>
<p>¿Es entonces la madre biológica la “verdadera” madre  también para esta mujer? ¿Por qué asimilan “verdad” con la biología?</p>
<p>Lo real biológico se les impone como verdadero a estas madres en desmedro de una operación simbólica fundamental la referencia a un padre y el haber recibido al hijo como un don, y descolocarse, desmarcarse, del deseo que puso  en marcha la maternidad adoptiva.</p>
<p>Es cierto que no siempre se sienten así, pero ante algunas circunstancias, el problema surge y le abre la pregunta ¿que es ser madre?</p>
<p>Los sentidos que entran en juego cuando se anhela un hijo , el valor que tiene para ella, el lugar que le reserva antes de adoptarlo, sus deseos y los de las personas que fueron importantes para ellas hacen que lo desprendan de ese real biológico para ubicarlo en un lugar simbólico. La estructura que le antecede, que estaba ya ahí y que la madre encarna y vehiculiza en la palabra.</p>
<p>Somos hijos del lenguaje, de la lengua de la madre, que hace hijo al niño, lo engendra, lo filia con su palabra. Este paso también debe ser dado con los hijos biológicos, después del nacimiento para hacer suyo al hijo.</p>
<p>¿Qué es lo que hace surgir esa vacilación, ese malestar, que la excluye del grupo que “sí son”, ese desconocer cual es el lugar que está ocupando, pensarlo ilegítimo, la mayoría de las veces luego de un recorrido largo y penoso? Una vuelta a ser hija, en el pasaje de ser hija a ser madre.</p>
<p>Los hijos se inventan frecuentemente unos padres distintos de los que tienen. El fantasma de haber sido adoptado (novela familiar) participa en el anhelo de tener un hijo, respondiendo al enigma de los orígenes.</p>
<p>Esta doble representación encuentra su legitimidad en el paradigma de Edipo. Es efecto de la estructura misma del Edipo. El rechazo del padre original, (matar al padre) para ser educado por otro padre (adoptivo), funda la ley del inconsciente, que precede a las leyes sociales.</p>
<p>Tal acto en algún sentido ilegal, instala al sujeto en una culpabilidad que le ayuda a construir su sistema de prohibiciones. El asesinato e incesto fantasmagórico, constituyen la normativa de cada sujeto, cada uno a su manera.</p>
<p>El desdoblamiento de las figuras parentales, se efectúa como consecuencia de la alienación al lenguaje que nos hace humanos y que nos desdobla entre un organismo niño y otro hecho por la madre y su” lengua materna”, como hijo.</p>
<p>Así comienza el desdoblamiento de la madre, que escuchamos en la clínica.</p>
<p>La Madre no es la mamá. La mamá, es una mujer que en un momento dado de su vida ha tenido el anhelo de ser Madre. La maternidad le ha sobrevenido y ha encarnado como ha podido esta identificación a la MADRE, y trata de  soportarla lo mejor posible. La mayoría de las mujeres que se convierten en madres, adoptivas ó biológicas, sienten que este papel  les sobrepasa, que nunca llegan a ocupar la casilla de lo que debería ser una verdadera Madre. Es frecuente escuchar lo culpables que se sienten cuando imponen normas o castigos de los que se arrepienten posteriormente. Cuando hace falta poner restricciones, limitaciones,  se culpan de no ser una buena madre. Es como si la imagen de una buena madre se impusiera a ella, como mujer.</p>
<p>Esta imagen de ser una buena madre (Ideal) a veces es tan grande que una mujer puede pensar en confiar a su hijo a alguien mas digno que ella de ser Madre, por ej., su propia madre, otro familiar, una institución.</p>
<p>Esta sería una conducta, como dice B. Cannone de tipo depresivo, inhibitorio&#8230; Si para poder decidir adoptar un niño, hay que salir como dice Freud del par potencia-impotencia (puedo- no puedo engendrar biológicamente un hijo) y reemplazarla por posible-imposible (éste es el hijo posible, el que puedo filiar) estaríamos ante una posición que aunque conlleva el malestar y la angustia de los sentimientos antes descriptos promueve el movimiento, motoriza el deseo.</p>
<p>La madre “verdadera”, es la madre TODA de la casilla. En el extrañamiento y en el sentir no llegar a la altura, que le hace decir “esa no soy yo, soy una impostora,” está una desmentida, un saber rechazado acerca de la muerte y la castración, de que nos habla Freud, para sostener el “no obstante&#8230; hay “otras”  que sí saben ser verdaderamente madres y que ocupan naturalmente la casilla”. En este punto podemos decir efectivamente que el sentimiento de impostura es la antesala de la angustia castración, encrucijada de un saber no sabido que remite a la posición sexuada. Una madre frente a LA MADRE que sigue reflejando el ideal de omnipotencia que preserva la creencia en el falo materno y de la que tan difícilmente nos desprendemos.</p>
<p>Son varias las esperanzas inconcientes que hay que abandonar , como requisito indispensable para poder ocupar ese lugar &#8220;lo mejor posible&#8221; (cualquier mujer) sin sentirse una impostora y sobre todo sin tener continuamente su preocupación puesta en su imagen, es decir en su narcisismo, en lugar de hacer hueco para el hijo.</p>
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		<title>Tecnociencia, realidad virtual e impostura</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Dec 2007 13:35:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Prado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Creo recordar a Vicente Verdú quien en un texto publicado en el País dice: “conseguir ser uno mismo pertenece al mundo de la dignidad pero poder ser cualquiera corresponde al mundo de la divinidad”. Si las fantasías y los delirios de poder llegar a ser otro estaban prometidos por las religiones pero en el otro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Creo recordar a Vicente Verdú quien en un  texto publicado en el País dice: “conseguir ser uno mismo pertenece al mundo de la dignidad pero poder ser cualquiera corresponde al mundo de la divinidad”.</p>
<p>Si las fantasías y los delirios de poder llegar a ser otro estaban prometidos por las religiones pero en el otro mundo, eso se ha acabado. Hoy en día esta posibilidad está al alcance de nuestros dedos, basta con teclear en el ordenador para crear una realidad virtual donde ser lo que no podemos ser en nuestra realidad cotidiana. Sostenerse en lo que se es resulta insatisfactorio y socialmente incorrecto cuando la tecnociencia nos ofrece un abanico de posibilidades. El individuo como uno ha muerto, ¡vivan las posibilidades de ser otros!<span id="more-118"></span></p>
<p>Una de las aplicaciones de la tecnociencia es el mundo de los juegos en la Red donde puedes jugar a ser Dios con un simple ratón, sólo tienes que hacer ¡clic!</p>
<p>Juegos como Second life, Alter ego, Wold of Warcraft, etc., permiten a millones de participantes convertirse en el personaje de sus sueños, puede cambiarse, ser y no ser al mismo tiempo, el sujeto ya no es el producto de un proceso sino de un juego lleno de posibilidades que además no te marcan.</p>
<p>Lo que sorprende es lo normal que es la gente que participa en estos juegos, dice un estudioso del tema.</p>
<p>Otro comenta que los juegos de realidad persistente -cuando la realidad creada subsiste- pueden marcar un nuevo estado de evolución del hombre.¡¡??</p>
<p>Los delirios del Quijote, los deseos de Dorian Gray pueden ser superados y reflejados en la pantalla del ordenado, dice Verdú.</p>
<p>La posibilidad de actuar la fantasía está venciendo a la realidad de la vida cotidiana y ¿desplazando quizás el malestar de la cultura?</p>
<p>La comunidad on line, realidad virtual, ha disuelto la identidad. Se puede confeccionar cualquier identidad o rol, sólo basta con difuminar las características personales y psicológicas, incluso no tiene por qué ser humana la identidad bajo la que aparezcamos. La realidad virtual en la comunidad on line ofrece un amplio margen para que el sujeto exprese cualquier aspecto del yo posible. No existe un más allá de sus relaciones.</p>
<p>Otra de las consecuencias de la tecnociencia la encontramos en el Manifiesto Cyborg de Donna Haraway (1984) que pone en cuestión la existencia de los sexos como realidades biológicas con independencia de los procesos tecnocientíficos de construcción de la representación, viene a afirmar que: las máquinas han convertido en algo ambiguo la diferencia entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la mente, entre el desarrollo personal y el planeado desde el exterior. Es un canto al placer de la confusión de las fronteras y a la responsabilidad en su construcción.</p>
<p>En referencia a la sexualidad el sexo del cyborg restaura algo del hermoso barroquismo reproductor de los helechos e invertebrados, no es necesario el acoplamiento, fuera la heterosexualidad.</p>
<p>El Cyborg tiende a disolver la dicotomía apriorística entre los sujetos y los objetos, entre el fetichismo de los artefactos y reificación de lo humano. Todos somos cyborgs, quimeras, fabricados de máquinas y organismos.</p>
<p>Cualquier persona que tiene en su cuerpo un órgano artificial, un artefacto suplementario o un sistema inmunológico programado se le puede considerar un cyborg.</p>
<p>La teoría que se desprende del cyborg pone de manifiesto el papel que la tecnología y lo artefactual tiene en nuestra constitución como seres humanos dotados de cuerpo y sentidos con los que nos relacionamos directamente con el entorno.</p>
<p>El Cyborg implica una metáfora con las siguientes características:</p>
<ul>
<li>Expansión del cuerpo que ya no será el punto de referencia para extender el mundo. Será una entidad constituida por bits, lo cual posibilita una configuración quimérica entre varios cuerpos o formas fantásticas. El valor del cuerpo es el de lo efímero y temporal y de su potencia para huir de las formas convencionales.</li>
<li>Revalorización de lo sensorial como recurso de conocimiento.</li>
<li>Ampliación ilimitada de las posibilidades de comunicación y relación. El cuerpo ya no es un límite, se convierte en una superficie de conexión por las transformaciones y representaciones que puede llevar a cabo.</li>
</ul>
<p>Mientras escribo estas notas aparece una noticia en la TV diciendo que un ingeniero japonés acaba de presentar un robot que es idéntico a él mismo, ¡ha fabricado su doble! que puede ocupar su puesto en situaciones incómodas para el autor. Las imágenes que daba la TV no permitían distinguir al sujeto de su doble.</p>
<p>Das Unheimliche sentado al lado y en casa todo el día. ¡¡Si Freud levantara la cabeza!!</p>
<p>Por último señalar los avances de la ingeniería genética y la cirugía, llamada estética, que actúa en lo real del cuerpo del sujeto y que produce efectos más determinantes en la posición subjetiva de los sujetos.</p>
<p>Otro ejemplo del poder de la cirugía y su uso por parte del sujeto para solucionar los problemas que la castración imaginaria deja en el cuerpo lo estamos viendo en un programa que una TV privada, Antena3, emite los domingos en hora de máxima audiencia, las 10 h. El programa se llama Cambio Radical, donde un espectador llama porque tiene muchos complejos y problemas a causa de su nariz o de su cara, boca, etc., en definitiva no le gusta la imagen que da su cuerpo. El equipo del programa se encarga de proporcionarle los medios técnicoquirúrgicos para darle una nueva imagen. La TV muestra un antes y un después de la intervención. Unos se sienten satisfechos y otros no se reconocen en su nueva apariencia, no se gustan y no pueden dar marcha atrás.</p>
<p>Ante estas aplicaciones de la tecnociencia en la realidad del sujeto cabe preguntarse ¿qué efectos se producen en la constitución subjetiva? ¿en la identidad?</p>
<p>Cuando G. Strada en su trabajo señala que “el Padre es quien marca los límites de lo posible en tanto que una de sus funciones es poner marco a lo Real”, en estos casos ¿ya no funciona esa función del Padre?</p>
<p>La ciencia aparece como un Padre que no pone límites, cuestiona el Edipo como horno donde se cuece la identificación y a la falta de objeto.</p>
<p>El Ic. ha dejado de existir, pero nosotros seguiremos hablando de él.</p>
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		<title>¿Una figura contemporánea?</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Oct 2007 08:49:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Diván el Terrible</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Capítulo del libro de Belinda Cannone: El sentimiento de impostura. Editado por Biblioteca Nueva. Te cuentan que alguien quiere escribir un libro sobre la impostura y te indican sin cesar artículos, revistas y diversas menciones sobre la cuestión. Terminas por preguntarte si, como pretende Philippe, la cuestión tiene una especial actualidad. Si ese fuera el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Capítulo del libro de Belinda Cannone: El sentimiento de impostura. Editado por Biblioteca Nueva.</p></blockquote>
<p>Te cuentan que alguien quiere escribir un libro sobre la impostura y te indican sin cesar artículos, revistas y diversas menciones sobre la cuestión. Terminas por preguntarte si, como pretende Philippe, la cuestión tiene una especial actualidad. Si ese fuera el caso, ¿por qué? ¿por qué la impostura (y quizás la impostura) es un fenómeno de actualidad? Intenta desarrollar una hipótesis en ese sentido, abandonando el principio de multiplicación de los casos particulares en beneficio de un sistema de explicación más general.<span id="more-101"></span></p>
<p>Debes volver a la idea de que vivimos bajo la exhortación a ser “nosotros mismos”. Y eso produce “fatiga”*.</p>
<p>Retomas elementos del análisis de Alain Ehrenberg que describe al individuo contemporáneo: dice que el modelo tradicional que imponía conductas, reglas de autoridad y de conformidad sobre las prohibiciones ha cedido ante las normas que invitan a la iniciativa individual presionando para que llegar a ser uno mismo. Nos hemos “emancipado”, es decir, que el “ideal político moderno, que hace del hombre el dueño de sí mismo y no el dócil siervo del Príncipe, se ha extendido a todos los ámbitos de la existencia. El individuo soberano, que sólo se parece a sí mismo, y cuya venida anunciara Nietzsche se ha convertido, a pesar de todo, en una forma de vida corriente”. Pero la pesada consecuencia que se deriva de ello es que la completa responsabilidad de nuestras vidas recae únicamente sobre nosotros mismos.</p>
<p>Si seguimos a Ehrenberg, que cita a Nietzsche: “El fruto maduro del árbol es el individuo soberano, el individuo que no se parece sino a sí mismo” (Genealogía de la moral), nos acordamos del problema del impostor, ligado a la doble definición del puesto y de sí mismo, que desemboca en la angustiosa pregunta: ¿soy quien debería ser para ocupar legítimamente esta casilla?. Podemos preguntarnos si una sociedad que todo lo que propone a los individuos es que se parezcan a sí mismos, no excluye por principio que puedan parecerse al “habitante de la casilla”. De cualquier casilla. Si es que no entran necesariamente en una tensión irresoluble entre lo que creen ser (ellos mismos), y aquello que imaginan o saben de la casilla (modelo ideal, abstracto, en todo caso, inevitablemente diferente de ellos mismos). En suma, ¿no es de temer que el individuo que no se parece más que a sí mismo no pueda nunca habitar casilla alguna legítimamente? Continúa mirando.</p>
<p>La sociología añade: “Nosotros hemos llegado a ser puros individuos, en el sentido de que ninguna ley moral ni tradición nos indican desde fuera cómo debemos ser ni cómo debemos conducirnos”. El par permitido-prohibido que organizaba la sociedad y los comportamientos hasta los años 50, ha cedido su lugar al sistema posible-imposible, el cual no nace tanto de la ley como de las aptitudes individuales. Imaginas que este cambio es favorable al impostor (al ser de deseo que no pide más que moverse, cambiar y ocupar puestos) pero te das cuenta de que el lenguaje, en este punto, podría crear un equívoco porque invita a confundir al impostor con el arribista: no, lo que quieres es precisamente hablar del humano en tanto que se distingue de las legumbres, hablar del ser en movimiento, y cuando dices “conseguir”, aquí significa “realizar su deseo”; y, evidentemente, no se trata de lo que comúnmente se llama “éxito social”. Puedes por lo tanto imaginar que esta organización de las conductas, regida por el simple principio de la “posibilidad,” es favorable al impostor. Éste desea, intenta y se coloca en el puesto. Pero, ¿y después? Ha legitimado su actuación sólo a partir de sí mismo; ¿dónde encontrar la relativa al puesto que ocupa? No basta con llegar a cualquier sitio. Es necesario además encontrar razones para habitar la isla, porque esta isla existe a pesar del mero deseo del viajero, es algo dado, con sus restricciones. Porque las razones no se alojan sólo en el interior del individuo: “En lugar de que la persona sea dirigida por un orden externo (o en conformidad con la ley), tiene que apoyarse en sus resortes internos, recurrir a sus competencias mentales”.</p>
<p>En el fondo, si el impostor está tan extendido hoy en día (con ello se responde a la hipótesis inicial de este argumento), es porque se trata de un hombre normal, es decir, deseante, sin patología extraordinaria alguna, pero localizado en una sociedad que no ofrece ya una referencia externa, única y cerrada, de suerte que, siempre pondrá en duda la legitimidad de la posición alcanzada.</p>
<p>Dicho de otra manera: Ehrenberg muestra que el nuevo modelo de individuo nacido en los años 50 tiene su envés exacto, es decir, su patología específica, en la depresión. Ésta se presenta “como una enfermedad de la responsabilidad en la que domina el sentimiento de insuficiencia. El deprimido no está a la altura, está cansado de tener que llegar a ser él mismo”. La depresión se presenta como una patología del cambio, de una personalidad que busca ser ella misma en un contexto en el que solamente la iniciativa individual y no ya la obediencia son la medida de cada persona, lo que provoca un vivo sentimiento de inseguridad interior y un bloqueo de la acción.</p>
<p>Si el deprimido está dañado, fatigado del deber de ser sí mismo, convencido de no estar a la altura de su Ideal del Yo, y por ello afectado de parálisis, el impostor se mueve hacia el éxito, quiere realizar sus potencialidades, posiblemente tiene los medios, lo desea y actúa. Haciéndolo ejecuta plenamente el programa de iniciativa y de realización personales que propone la sociedad actual. Pero ahí es atrapado de nuevo por las características propias de esta sociedad: nada exterior le asegura que él sea el hombre que merece el puesto (que esté a la altura de su Ideal del Yo, o de su percepción de la casilla). Vive en una especie de nube de definiciones (de sí mismo y del puesto) que le inquieta permanentemente.</p>
<p>En esa medida, quizá se pueda decir del impostor, como del deprimido, que es el hombre de nuestra época, pero en su versión dinámica. Existe en el deseo, y también en la angustia, pero ésta (contrariamente a la depresión que inhibe), es el principio motor que le empuja al movimiento, a la acción.</p>
<p>Si quieres sintetizar parte de tus diversas reflexiones, dirías esquemáticamente: a la tríada, inhibición-depresión-vergüenza, el impostor opone deseo-angustia-sentimiento de impostura. Quedan dos tipos contemporáneos que no has evocado: el integrado (aquél que está absolutamente configurado por el puesto que ocupa, en algunos casos un buen puesto, del que no se moverá jamás, el guardián del templo sería una de sus variantes); y el individuo sano (el que se acomoda tan bien a nuestro mundo que asume gozosamente la función que el puesto le exige, pudiendo cambiarlo; no es demasiado corriente).</p>
<p>* Alain Ehrenberg.: La fatigue d´être soi. Dépression et société.</p>
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