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	<title>Diván el Terrible &#187; En clave de sexo</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>Lo que ellas se cuentan</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 23:49:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Martín</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdo haber leído hace años un texto referido al extraño comportamiento de los hombres en una tribu africana. Envidiosos del poder de las mujeres, que se expresaba en sus embarazos y partos pero también en su alegría y en sus conversaciones inagotables, los hombres se reunían en lo más escondido de la selva para llevar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-509" title="hablanazul" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2012/05/hablanazul.jpg" alt="" width="450" height="150" /></p>
<p>Recuerdo haber leído hace años un texto referido al extraño comportamiento de los hombres en una tribu africana. Envidiosos del poder de las mujeres, que se expresaba en sus embarazos y partos pero también en su alegría y en sus conversaciones inagotables, los hombres se reunían en lo más escondido de la selva para llevar a cabo una misteriosa ceremonia que tenía lugar una vez al año, y que estaba vedada a las mujeres de la tribu.<span id="more-508"></span></p>
<p>Pero, claro, en una tribu todo termina por saberse y las mujeres estaban perfectamente al tanto de lo que sus maridos, hijos y hermanos, hacían cuando se quedaban a solas. Y lo más gracioso es que no hacían nada especial, salvo fingir que se ocupaban de cosas que a ellas no las concernían. Es decir, que los hombres se reunían en secreto, para hacer creer a sus mujeres que se ocupaban de asuntos de los que sólo ellos se podían ocupar. Asuntos, como es lógico, mucho más importantes que aquellos que reclamaban la atención de las mujeres, y de los que la parecía depender la supervivencia de la comunidad.</p>
<p>Recuerdo aquí esta historia porque me parece que la actitud que suele adoptar ante las mujeres no es muy diferente a la de sus congéneres en esta tribu africana. Es decir, que siempre están fingiendo ocuparse de asuntos mucho más decisivos y graves que los que les ocupan a ellas. Y todo, aunque no lo quieran reconocer así, porque envidian esa maravillosa capacidad femenina tanto para la alegría como para hacer frente a los problemas y los desastres de la vida.</p>
<p>Tal vez uno de los momentos más decisivos de la educación sentimental de los chicos era enfrentarse a ese gozoso enigma de sus compañeras haciendo un aparte en la reunión y poniéndose a hablar como descosidas. Como si lo femenino fuese esa disposición a contar sin descanso. Pero ¿a contar qué?. O dicho de otra forma, ¿de qué hablan las mujeres cuando se quedan a solas? Me aventuro a dar una respuesta. Los hombres hablan para decir lo que quieren, las mujeres para contar lo que las pasa.</p>
<p>En el relato que, en El asno de oro, Apuleyo hace del mito de Psique y Eros, hay un momento en que las voces del jardín advierten a Psique de la llegada de sus hermanas. Psique se pone loca de contenta y, aunque las voces le piden que vaya en su busca, finalmente corre sin dudarlo a su encuentro. En el relato de Apuleyo esta actitud causará su desgracia. Sus hermanas, celosas, la empujarán a que desafíe el deseo de invisibilidad de su esposo y a que descubra el secreto de su identidad. Claro que en este punto Apuleyo no puede ocultar su condición de varón, y lo que nos ofrece es la versión masculina de esta maravillosa historia. Una versión que encubre el mismo temor que llevaba a los hombres de nuestra tribu a desconfiar de las confidencias femeninas. Por eso los hombres, por lo general, suelen reaccionar con incomodidad ante la amistad entre las mujeres, y, antes que preguntarse por lo que en ella está en juego, prefieren banalizarla y tomársela a chifla.</p>
<p>Es lo que hace Apuleyo, transformar el encuentro de Psique con sus hermanas, en una reunión de arpías. Pero basta una lectura atenta de esta historia para darse cuenta de lo forzado de esta versión. No son las hermanas las que llaman a Psique, sino que es ella misma la que decide acudir a su encuentro. Pero ¿no es eso lo lógico? ¿Qué mujer llegaría a una Casa de Oro, y pasaría luego ardientes noches de amor con un amante invisible, sin sentir al momento deseos de contárselo a otra mujer? El mundo de lo masculino se construye sobre la pregunta por el ser propio; el de lo femenino por la del ser del otro.</p>
<p>Por eso mientras que Psique quiere saber quién es su amante, Eros no necesita preguntarse nada, mientras pueda seguir haciendo suyo el objeto de su deseo. Y si es así es porque en el fondo no cree en la autonomía de ese objeto. Eso dice la Biblia, que la mujer no es sino una parte de ese todo que es el hombre. La costilla que completará su cuerpo.</p>
<p>El hombre se completa en la relación sexual, la mujer se divide. El mundo del deseo es masculino; el del amor, femenino. El hombre acude al amor para decir lo que hará, la mujer para ver lo que la pasa. Uno quiere salir fortalecido, la otra transformada. El amor para el hombre es el reino de la identidad, para la mujer el de la metamorfosis. El primero busca completar lo que es, y su lema, como el del oráculo de Delfos es conócete a tí mismo; la segunda, ser otra cosa, y su pregunta es la de la ratita del cuento: ¿qué me harás por las noches? Ni que decir tiene que esta segunda pregunta, a pesar del prestigio de la primera, es mucho más importante, puesto que busca hacer justicia al misterio del otro.</p>
<p>Por eso el hombre en las situaciones difíciles reacciona peleando o huyendo, mientras que la mujer se pone a hacer cosas, entre ellas conversar. El hombre huye o pelea para preservar su identidad; la mujer habla para relacionar lo que está separado. Su arte es el arte de las correspondencias. Por eso valoran tanto la amistad con las otras mujeres, y sus conversaciones son una fuente constante de fortaleza y felicidad para ellas. Porque también su actitud ante la felicidad es distinta a la de los hombres. Para éstos la felicidad tiene que ver con la realización de lo que proyectan; para las mujeres con el cuidado de lo que aman. Hace unos meses un conocido psiquiatra y escritor confesaba en las páginas de un periódico haber sentido más la censura académica de que había sido hecho objeto durante el franquismo que la muerte de sus hijos. Esta confesión terrible jamás la habría hecho una mujer. Malraux dijo que la verdadera vocación de las mujeres es ser desdichadas, pero se trata, claro, de una frase dicha por un hombre, ya que las mujeres no renuncian a la felicidad, es más la buscan sin descanso, pero ese anhelo, el anhelo de ser felices es subsidiario de otro, el de no serlo de cualquier manera ni al precio que sea.</p>
<p>Como si lo importante para ellas no fuera tanto ser felices como al lado de quien estuvieron (aunque ese alguien no les facilite las cosas). Por eso necesitan hablar entre ellas, para contarse cómo las va en esa absurda y dulce tarea en la que todas están implicadas.</p>
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		<title>Desparejas</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 17:25:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manina Peiró</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Ella había cobrado una sustanciosa cantidad por un trabajo atrasado. Alegre y dándose importancia, se lo comunicó a él. Entusiasmado, él contestó: “¡Te compro un coche!” Sorprendida, ella respondió: “¡Qué cara!, ¿cómo que me compras? -dando énfasis al “me”-. Con lo mío. Así también te hago yo regalos, con lo tuyo”. “Desde luego, los hombres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-494" title="calcetines" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2012/05/calcetines.jpg" alt="" width="450" height="150" /></p>
<p>Ella había cobrado una sustanciosa cantidad por un trabajo atrasado. Alegre y dándose importancia, se lo comunicó a él.</p>
<p>Entusiasmado, él contestó: “¡Te compro un coche!” Sorprendida, ella respondió: “¡Qué cara!, ¿cómo que me compras? -dando énfasis al “me”-. Con lo mío. Así también te hago yo regalos, con lo tuyo”.<span id="more-490"></span></p>
<p>“Desde luego, los hombres no entienden nada”, se dijo mientras se daba cuenta de que sus palabras a él no le hacían ninguna gracia y que, en todo caso, la ofendida tendría que ser ella. Sin entender muy bien por qué algo que podía haber sido motivo de alegría empezaba a enredarles desde por la mañana, decidió salir pronto de casa para no continuar por un camino inútil, pues intuía a dónde les iba a llevar.</p>
<p>En el trabajo se sintió inquieta; no se quitaba de encima ese desencuentro tan tonto de la mañana.</p>
<p>Reconocía que no era para tanto, pero le parecía que él no valoraba del todo lo de ella. “Seguro que él ni se ha enterado”, le comentó a una compañera, y las dos se rieron de la “generosidad” de los hombres, que siempre creen que dos son Uno. Y que ese Uno nunca es el otro.</p>
<p>Se dio cuenta entonces de que le molestaba casi más ese pensamiento tan tópico sobre ellos. Nunca había participado de esos comentarios como: “todos los hombres son” o “ya se sabe cómo son las mujeres”, aunque en esos momentos pareciera servirle de alivio. Y, la verdad, empezaba a pensar que eran diferentes. ¿Tendría también que llegar a creer que hombre y mujer no están hechos para entenderse?</p>
<p>Ese día, él se tumbó en el diván y le dijo a su psicoanalista: “Definitivamente, renuncio a saber lo que quieren las mujeres. Ella siempre se queja de que me quede yo con el coche, dice que le hace falta uno y, cuando quiero que ella tenga el suyo, parece que no le ha gustado nada. Ahora que podemos, con lo que me gusta a mí dar gusto&#8230;”</p>
<p>La psicoanalista no dijo nada y él pensó si tampoco ella le entendería o si le habría molestado su comentario genérico sobre las mujeres, pero, ¡ni una palabra! “No hay forma de saber lo que sienten.”</p>
<p>Cuando finalizó la sesión sin respuesta se dijo que quizás hubiese sido mejor analizarse con un hombre. “Por lo menos nos creemos que sabemos lo que queremos.”</p>
<p>Inquietos por volverse a encontrar ese día, la joven pareja llegó a casa antes de lo habitual. Al llegar la hora de la cena, él dijo: “Desconecta el teléfono, llamará tu madre, como siempre”. “Y tus padres”, añadió ella con sorna. Desconectados de todos los otros, cenaron, intercambiaron sus respectivas crónicas cotidianas y, con la ignorancia del que sabe que sólo se puede vivir una relación sin pensar en ella, evitaron explicaciones sobre su diferente modo de entender lo tuyo y lo mío.</p>
<p>Ella y él llegaron inseguros a la cama; algo pendiente se les quedaba perdido en el día. Bajo las sábanas buscaron con ardor sus diferencias como queriendo encontrar en ellas la clave del malentendido y, en el camino, tropezaron con el placer de sus cuerpos ya sabidos. Él quiso acompañar con palabras ese momento; le dijo algo con pasión al oído, minutos antes de tomar nuevamente lo de ella como suyo. Ella, irremediablemente confundida con lo de él, no pudo contenerse y contestó:</p>
<p>“¡Dame un hijo tuyo!”</p>
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		<title>La vaca que dejó de dar leche</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 16:48:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Diván el Terrible</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-485" title="vaca" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2012/05/vaca.gif" alt="" width="499" height="468" /></p>
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		<title>De Mujeres y Hombres</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Dec 2011 23:14:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carmen Peces</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Que, como decía la canción, los tiempos están cambiando a velocidad cada vez mayor, ya no es una novedad para nadie. Las transformaciones de vértigo del mundo contemporáneo, no sólo convulsionan los mercados y los estados, también otros ámbitos que nos tocan más de cerca en lo más cotidiano y personal. Afectan a las historias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-457" title="hombresymujeres" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2011/12/hombresymujeres.jpg" alt="" width="450" height="150" /></p>
<p>Que, como decía la canción, los tiempos están cambiando a velocidad cada vez mayor, ya no es una novedad para nadie. Las transformaciones de vértigo del mundo contemporáneo,  no sólo convulsionan los mercados y los estados, también otros ámbitos que nos tocan más de cerca en lo más cotidiano y personal. Afectan a las historias corrientes de las que se nutre la vida, las que hablan de cómo las personas hablan, aman, se casan o tienen hijos, de cómo viven y mueren.<span id="more-456"></span></p>
<p>Ana ha decidido que quiere para ella una historia corriente. Ama su trabajo, quiere a su chico, o eso creía, y le gustaría ser madre.  Impulsiva y vivaz, irrumpe en la consulta uno de sus días de sesión,  y al echarse en el diván, entre sorprendida y cabreada, dice que cada día entiende más a sus amigas cuando se preguntan: ¿pero donde están los hombres?, ¿es que no hay hombres?  Ella es una mujer joven,  actual,  y en su breve recorrido de análisis se plantea cuestiones sobre el proyecto de vida que tenía.</p>
<p>Dice querer otra cosa. Quiere compartir más cosas con su novio, más  compromiso por parte de él, y un proyecto común de futuro. El dice quererla, pero le asustan un poco los deseos de Ana, dice que no está preparado.</p>
<p>Esta historia particular,  resulta ser actual en muchas  mujeres,  y se escucha con frecuencia dentro y fuera de las consultas. Se quejan de que no hay hombres. De que los hombres no quieren comprometerse, no quieren tener hijos, no quieren responsabilidades, no quieren…</p>
<p><strong>¿Pero qué dicen ellos?</strong></p>
<p>En los inicios de sus primeros lances amorosos, un jovencísimo paciente, muy freudiano él, se pregunta qué quieren las chicas, porque no las entiende. Si bien esta perplejidad siempre acompañó los primeros lances amorosos de cualquier chico joven, en el varón adulto de la época actual, toma otros tintes.</p>
<p>La complejidad de esos cambios profundos y acelerados, que decíamos, abarca todos los aspectos de la vida moderna. Las maneras de relacionarse en general,  y  las relaciones amorosas en particular, se han transformado.  Bajo la bandera de la igualdad, nuevos comportamientos  rigen los estilos de vida actuales.</p>
<p>Sí. Hay hombres asustados, fuga de hombres, dicen algunas. Se esconden, se sienten abrumados, porque ellas pueden tener amantes, pueden tener hijos, autonomía,  trabajos importantes.  El ritmo de los cambios es vivido como una amenaza. Muchos  han tirado la toalla y ya no quieren conquistarlas. Algunos, desorientados,  eluden cualquier compromiso con una mujer y,  en los casos más dramáticos, otros las matan.  En esa huída,  los hábitos autoeróticos,  son el refugio de otros muchos que se divierten con los múltiples cachivaches electrónicos, que inundan el mercado sin parar.  Juguetitos que, a más de uno, le “ponen” más que su chica, según dicen.</p>
<p><strong>¿Virilidad en crisis?</strong></p>
<p>Masculino-femenino son distintas formas de desear, de amar, de gozar que definen cada sexo. Antes y ahora vemos maridos que hacen de madres. También mujeres en papeles masculinos.</p>
<p>Lo cierto es que los ideales de igualdad, producto de las conquistas sociales influyen en las relaciones de hombres y mujeres. Mientras han aumentado los síntomas sexuales, en ellos y ellas, se escucha cómo algunas jóvenes dicen cuando salen a divertirse: “vamos a hombrear”.</p>
<p>Por otro lado, el influjo de lo comercial parece abarcar las relaciones amorosas.  Y los riesgos y angustias de vivir juntos y separados, son pensados en términos de costes y beneficios, de conveniencia. Amor líquido, lo llama  Zigmunt Bauman, cuando habla de la fragilidad de los vínculos humanos y del miedo a establecer relaciones  duraderas, más allá de los meros contactos.</p>
<p>En medio de este panorama, ¿qué decir?  Por lo pronto, que la vida amorosa no era mejor, o más sencilla, antes de estos nuevos tiempos. Que no hay respuestas colectivas para las venturas y desventuras que acompañan las relaciones de hombres y mujeres. Pues, más allá de los cambios, tanto la queja de las mujeres, como la inhibición de los hombres, ¿no muestra que no es más fácil para unos u otras?, ¿que la disimetría entre los sexos, conlleva dificultad para ambos?  Tal vez, la última película de Buñuel, Ese Oscuro Objeto de Deseo, defina bien la cuestión del deseo como signo de insatisfacción del ser humano de cualquier época.</p>
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		<title>La perplejidad del pene</title>
		<link>http://divanelterrible.com/257/la-perplejidad-del-pene/</link>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2009 14:39:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel Amengual</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[  “El hombre está confundido y necesita conocer mejor su sexualidad para alcanzar mejor su emancipación.” Extracto de noticia periodística del texto: El pincel del amor; Diván el Terrible quiere saber algo más de este cambio “dramático”. Para emanciparse del tamaño del pene: Atribuimos a la emancipación de la mujer, entre otros trastornos, su capacidad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> <img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/12/metro.jpg" alt="Imagen" /></p>
<blockquote><p>“El hombre está confundido y necesita conocer mejor su sexualidad para alcanzar mejor su emancipación.”</p></blockquote>
<p>Extracto de noticia periodística del texto: El pincel del amor; Diván el Terrible quiere saber algo más de este cambio “dramático”.<span id="more-257"></span></p>
<p>Para emanciparse del tamaño del pene:</p>
<p>Atribuimos a la emancipación de la mujer, entre otros trastornos, su capacidad para efectuar comparaciones odiosas y, justamente, odiadas por el hombre. Eso nos dijo a su paso por Madrid el Dr. Coolsaet, urólogo belga que se ha dado a conocer por un libro llamado El pincel del amor que versa sobre el pene. Y añadió que el tamaño del pene es el problema en el que se centra hoy el hombre. Nos recomienda a los hombres que nos emancipemos. Esto es, que aceptemos nuestras medidas o que vayamos al psicólogo.</p>
<p>Las mujeres, ocupadas en averiguar qué son. Los hombres centrados en averiguar qué quieren las mujeres, que resulta ser siempre otra cosa, pero siempre más grande, ya sea en su estado natural o a través de cualquiera de sus prótesis en forma de fuerza, poder o riquezas.</p>
<p>Dos mujeres psicoanalistas hablan del viejo Freud y de sus anticuadas ideas sobre la mujer.<br />
—¿Qué piensas de la envidia de pene? —pregunta una.<br />
Ojos como platos de la otra, quizá lascivos, pero no podría asegurarlo porque no soy un experto.<br />
—¿De qué pene? —responde interesada.</p>
<p>Esta pregunta es, por tanto, la que nos centra. Pienso que las mujeres mienten. No vale que digan que el tamaño no importa, si luego las escuchas en sus fantasías y resulta que todas sueñan en grandes, enormes penes que las atraviesan. Que no intenten consolarnos diciendo que “no estás mal”, que “la calidad es lo que vale”, etc. En las relaciones sexuales los amantes cierran los ojos. No es para ocultarse un espectáculo penoso.</p>
<p>Dice G. Pommier (psicoanalista contemporaneo) que es para que la relación amorosa sea posible, ya que sólo se consuma con un compañero ideal, incestuoso. He aquí el falo con el que nos comparan y con el que queremos identificarnos. Andaba, pues, yo en estas cavilaciones, cuando una noticia de periódico hizo la luz en mi mente.</p>
<p>Descubrí un arreglo con el que engañarnos y evitar la depresión. Resulta que la Luna se ve mucho más grande cuando aparece sobre el horizonte que cuando está alta en el cielo. Dos científicos americanos, Lloyd y James Kaufman, acaban de descubrir que no es una ilusión óptica, sino un engaño de los sentidos. Al parecer, este cambio aparente de tamaño se debe a cómo percibimos lo que nos rodea. La Luna se percibe de mayor tamaño sobre el horizonte porque las referencias que nos proporciona este mismo horizonte nos hacen interpretar que se encuentra muy lejos y que debe de ser muy grande. Cuando no hay estas referencias, como cuando está aislada en lo alto de un cielo oscuro, el cerebro decide que está más cerca y que, por tanto, es más pequeña. Debo reconocer que una teoría similar, aunque aplicada al tamaño del pene, ya la conocía y divulgó hace tiempo un amigo mío. Decía que el pene visto desde arriba, como ve cada uno el propio, parece muy pequeño, pero que de frente sale más favorecido. Esa es la razón por la que, cuando practicábamos deportes de equipo, en los vestuarios siempre descubríamos avergonzados que todos los demás lo tenían más grande. Este descubrimiento le impulsó, en adelante, a contemplar su pene sólo ante un espejo, con lo que logró reconciliarse con su tamaño.</p>
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		<title>Los psicoanalistas y la homosexualidad</title>
		<link>http://divanelterrible.com/255/los-psicoanalistas-y-la-homosexualidad/</link>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2009 00:29:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Berenstein</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Freud hizo del dios Eros un pilar fundamental para sostener el peso de su edificio teórico. Sería impensable el psicoanálisis sin la presencia de este soporte en las teorías sexuales infantiles, en el nudo del drama edípico, en el armazón de la construcción narcisista o en el conjunto de la vida erótica humana. Si el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/11/bailando.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Freud hizo del dios Eros un pilar fundamental para sostener el peso de su edificio teórico. Sería impensable el psicoanálisis sin la presencia de este soporte en las teorías sexuales infantiles, en el nudo del drama edípico, en el armazón de la construcción narcisista o en el conjunto de la vida erótica humana.<span id="more-255"></span></p>
<p>Si el amor fue para Platón un tema central en el diálogo del Banquete o en el Fedro, no lo es menos para Freud a lo largo de su obra. Esta voluntad persistente del vienés de hablar sobre la sexualidad trajo consigo el rechazo inicial de sus teorías. Los prejuicios sociales y las resistencias a las nuevas ideas son un denominador común en todas las épocas, y hoy como ayer, estas barreras vuelven aparecer cuando se cuestionan ciertas ideas arraigadas en los cenáculos de la cultura.</p>
<p>Si antes era inaceptable la vida erótica del infans ahora resulta inadmisible para muchos la homosexualidad fuera del campo de la perversión. En la teoría psicoanalítica se dio, en su momento, un paso decisivo al separar la sexualidad de la genitalidad y al extender el barniz erótico sobre toda la superficie corporal. La sexualidad dejó de ser así un patrimonio exclusivo de los órganos genitales para convertirse también en una actividad gozosa centrada en otras zonas erógenas, Apartar la actividad sexual de los genitales abrió la investigación a la vida sexual infantil, orgánicamente imposibilitada de cumplir con el fin de la procreación al servicio de la conservación de la especie. Dejar de lado la función teleológica de la sexualidad y ponerla bajo la primacía de otras zonas erógenas fue calificado desde siempre como una perversidad. Un doble desvío se hacía así presente en el campo de la homosexualidad, por un lado, respecto al fin, y por el otro, respecto a la elección del objeto.</p>
<p>Si bien los psicoanalistas aprueban teóricamente la idea freudiana que define a la pulsión sexual sin un objeto prefigurado, no deja de vislumbrarse en su práctica un cierto desliz al considerar a priori a la homosexualidad como una forma sintomática de la perversión. Y no lo hacen porque piensen como los primeros psicoanalistas en una desviación sexual siguiendo los dictados de la teoría de esa época, sino por el peso que adquieren las nuevas concepciones que han innovado la mirada sobre la homosexualidad. Reconocer ahora la homosexualidad puede provocar en el psicoanalista una cascada de ideas que enturbian su función y alteran el dispositivo de la escucha. Una cadena de conceptos lo oprime y lo ata a una sordera funcional. Es entonces cuando la homosexualidad se anuda a un diagnóstico de perversión a través del desmentido de la castración, la torsión de la función paterna, el crecimiento narcisista o la posición de objeto privilegiado para el deseo de la madre. No se pone en cuestión que esto pueda ser así en numerosos casos, pero no siempre lo es de este modo. Dicho de otra manera, la homosexualidad no pertenece sin más a la perversión, pero aunque lo fuera, son tantos los matices de la vida que casi nunca veremos cumplirse al pie de la letra los designios teóricos enunciados. La teoría está allí, en ausencia, como marco de referencia, pero no como dogma. Sin embargo, en muchas ocasiones, la inercia del pensamiento vence sobre la observación clínica y aplasta la posibilidad de la escucha pausada de la historia individual. Por otra parte, algunos psicoanalistas ven en el diagnóstico un refugio ilusorio de comprensión y un antídoto eficaz ante la ignorancia, cuando lo único necesario que se debe saber es que la verdad brilla con más esplendor en el verde árbol de la vida que en el libro gris de la teoría.</p>
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		<title>La erección de Adán</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 15:20:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Lasaga Medina</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Kundera, el escritor checo -o bohemio, como él prefiere decir-, evoca en su novela “La insoportable levedad del ser” una vieja tesis teológica que adjudica a San Agustín. Según este Padre de la Iglesia, Adán, en su época anterior al pecado original, habría vivido tan identificado con su cuerpo que éste le habría obedecido siempre. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/10/estatuas.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Kundera, el escritor checo -o bohemio, como él prefiere decir-, evoca en su novela “La insoportable levedad del ser” una vieja tesis teológica que adjudica a San Agustín. Según este Padre de la Iglesia, Adán, en su época anterior al pecado original, habría vivido tan identificado con su cuerpo que éste le habría obedecido siempre. En consecuencia, sus erecciones no habrían sido espontáneas, esto es, incontroladas, sino a voluntad propia.<span id="more-244"></span></p>
<p>Lo que me llevó a recordar esta especulación fue la píldora de la erección inmediata, a la que sus creadores bautizaron con el nada equívoco nombre de VIAGRA, contracción de Vigor y Niágara.</p>
<p>No se me ocurrirá poner en duda los valores curativos -y de utilidad social- de semejante fármaco, padeciendo como padecemos los males de la vida moderna: su tensión (estrés) y agobio, su falta de tiempo y hasta de intimidad, la agresividad generada por la densidad urbana, la complejidad civilizatoria con sus efectos inhibidores sobre la espontaneidad de nuestros deseos corporales, la competitividad instalada en el centro de la vida social, la ansiedad ubicua. Todos estos factores -y otros muchos que no es imprescindible añadir- pueden tener efectos desastrosos sobre la sexualidad masculina. Gracias a este descubrimiento se podrá evitar esa incómoda y absurda situación vivida por casi todo varón adulto: cuando se la necesita no está y cuando está no se la necesita. Además, creo que contribuirá a mejorar la maltrecha comunicación -en el sentido más amplio de la expresión- entre hombres y mujeres, tan necesaria.</p>
<p>Sin embargo, el descubrimiento de la píldora de la erección inmediata, como tantas otras de las actuales investigaciones biomédicas, invita a formular algunas preguntas.</p>
<p>En cierto modo, la píldora en cuestión devuelve al hombre de las sociedades industriales avanzadas a una situación análoga a la de nuestro progenitor Adán. No idéntica, claro, pero lo bastante afín como para que pueda decirse que de nuevo el hombre recupera el privilegio de tener erecciones a voluntad. (Entre paréntesis: ¿no podría describirse gran parte del programa de investigación de las ciencias biomédicas como un intento de anular la maldición bíblica? ¿No es la eliminación del dolor y de la enfermedad, y la superación de la muerte aquello que conforma el núcleo de esas investigaciones?)</p>
<p>¿Pero es un privilegio neto, esto es, sin contrapartidas, en esta época nuestra acuciada y obsesionada por fantasías eróticas de toda laya? Repararemos en que Adán no tuvo un sentimiento -el de vergüenza: primera revelación de la carne- hasta que hubo pecado y que no pudo conocer el deseo hasta ser expulsado del paraíso. Así pues, no todo fue malo. Junto con la maldición del trabajo y del dolor se deslizó en la ávida vida humana el ocio, el placer y la promesa de la felicidad, aunque sea las más de las veces un imposible, un estado fugaz en el mejor de los casos. El pecado original transformó nuestro cuerpo en carne, ese espesor irracional que nos resiste, nos abruma, nos ordena, nos invade como una fiebre, nos desbarata las noches, nos culpabiliza, nos hace víctimas de nuestros fluidos y, por encima de todo, se niega a dejarse conocer. Dice como Luzbel, su compañero de maldición: non serviam. Pero cabe sospechar que esa resistencia de la carne es la moneda a pagar por la posibilidad del placer -y no sólo la de los más obvios, lo que está detrás del jovial sí a la vida.</p>
<p>¿Supondrá el uso de la píldora que podremos prescindir de la carne, de su “inspiración” para decirlo con una imagen, de tal modo que entre el fin querido y su ejecución no se interponga ese elemento caprichoso y falible que es nuestro propio cuerpo? ¿No supone esta mediación química una especie de “trampa” en el juego que nuestro yo y nuestro cuerpo vienen jugando desde que el mundo es mundo, desde que se nos extrañó del paraíso y nos convertimos en seres encarnados? ¿Acaso no es la erección -en el hombre- la respuesta fisiológica a un deseo que ni solicitamos ni dominamos fácilmente? Y si la sometemos o determinamos biomecánicamente, ¿no supondrá la alteración del pacto pulsional entre la carne y la psique?, ¿seguirá siendo posible, entre otras cosas, la transfiguración del deseo en amor?, ¿tendrá razón Quevedo y se enamorará la carne?</p>
<p>No seamos innecesariamente pesimistas. Sí creo, no obstante, que perderíamos algo con este “progreso”: resultarían improbables los “amores de cinco minutos”, tan bellamente descritos por José Ortega Spottorno en su librito de igual título, esos fugaces y fulgurantes encuentros entre el objeto del deseo, el deseo propio y su consumación espontánea. La píldora garantiza el “sexo en cinco minutos”, sin fallo, incluso en aquellos casos en que Cupido, despistado en otros menesteres, no terminaba de herir al varón con su dardo alado. Ahora podrá consumarse siempre el sacrificio en el altar de Venus. Pero le faltará la gracia.</p>
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		<title>¿Hacen una buena pareja la frigidez y la eyaculación precoz?</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jul 2009 09:45:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Farrés</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Es relativamente frecuente encontrar en revistas especializadas y en artículos de prensa no tan especializados, la idea de simetría o de equivalencia entre la frigidez y la eyaculación precoz. Como si a la una le correspondiera la otra, haciendo valer la igualdad de los sexos también en el territorio sintomático. Es cierto que los síntomas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/07/boda.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Es relativamente frecuente encontrar en revistas especializadas y en artículos de prensa no tan especializados, la idea de simetría o de equivalencia entre la frigidez y la eyaculación precoz. Como si a la una le correspondiera la otra, haciendo valer la igualdad de los sexos también en el territorio sintomático. Es cierto que los síntomas sexuales joroban, pero no lo hacen por igual a unas y a otros. Por ejemplo, la frigidez se caracteriza por la falta de orgasmo, mientras que la eyaculación precoz se caracteriza por su presencia demasiado rápida (aunque es cierto que no siempre la eyaculación va acompañada de orgasmo; dejémoslo en un casi siempre).<span id="more-235"></span></p>
<p>Aquellas pacientes que hablan en las sesiones analíticas de su frigidez se pueden referir a ella de múltiples formas, pero ninguna de ellas hace referencia a una puesta en cuestión de su feminidad.</p>
<p>La feminidad no suele medirse por el número de orgasmos alcanzados. Eso es un placer, un divertimento, pero no un certificado de feminidad. Una mujer se puede sentir muy femenina y anorgásmica a la vez, mientras que en el varón la cosa es un poco más delicada, paradójicamente. La eyaculación precoz, con la pérdida de la erección consiguiente, suele atentar contra la idea de virilidad que muchos varones tienen. Por tanto, es un síntoma que atenta contra su identificación sexual como hombre.</p>
<p>Hay más diferencias, pero las nombradas son suficientes para poner en cuestión la igualdad o la simetría en este terreno. No hay proporción, no hay correspondencia, no hay complementariedad de los sexos. En palabras de Lacan “no hay relación sexual”, siempre tan escandaloso él.</p>
<p>Presentado el problema en uno u otro sexo, los sujetos suelen preferir afrontar el problema mediante una vía medico-biológica-mecánica, antes que plantearse la posibilidad de que semejante problema tenga que ver con alguna interferencia inconsciente de su propio deseo. ¿Cómo puede ser que el deseo interfiera en la práctica de su pretensión máxima, que, según el psicoanálisis, es sexual? Pues puede ser porque el deseo inconsciente no es equivalente al anhelo consciente. El deseo inconsciente puede ser contrario al anhelo, al “quiero”, al “tengo ganas de&#8230;”.</p>
<p>Si dejamos de lado, por no ser objeto de nuestra práctica, los problemas orgánicos que pueden generar disfunciones sexuales, tanto la frigidez como la eyaculación precoz suelen ser síntomas que se presentan dentro de la estructura neurótica.</p>
<p>¿Qué quiere decir todo esto? Pues algo así como que tiene que darse un proceso de recorte, de limitación en nuestras aspiraciones de obtener el placer absoluto, total e inmediatamente, para que la vida en comunidad sea posible. A este recorte o limitación, el psicoanálisis lo llama castración, a la pretensión de placer absoluto la llamamos goce (que muchas veces se trasforma en sufrimiento), y al agente que pretende limitar el goce ejerciendo la castración lo llamamos función paterna.</p>
<p>Pues bien, desde nuestro punto de vista, tanto la frigidez como la eyaculación precoz lo único que tienen en común es la presencia de la función paterna, de tal manera que interfiere el desarrollo satisfactorio de la relación sexual.</p>
<p>Si el padre está demasiado presente (en la fantasía inconsciente, en el fantasma) en las actividades sexuales de una mujer, esta puede defenderse de su propio deseo incestuoso no entregándose al placer. Pasarlo bien en esas circunstancias generaría demasiada culpa.</p>
<p>Por otra parte, si el padre está demasiado presente (de forma imaginaria, en el fantasma) en las actividades sexuales de un hombre, este puede “preferir” acabar cuanto antes para poner fin a la amenaza homosexual que la presencia del padre supone.</p>
<p>En definitiva, es la presencia fantasmática del padre la que organiza o, en este caso, desorganiza la vida sexual de hombres y mujeres en los temas de eyaculación precoz y frigidez, aunque, por los últimos estudios especializados aparecidos sobre temas de sintomatología sexual, parece que no hay que preocuparse mucho por esto, puesto que, actualmente, el principal problema sexual entre la población adulta de los países desarrollados es la falta de deseo. Un paso atrás que arrasa con los problemillas que hemos abordado aquí. No hay mal que por bien no venga (o algo así).</p>
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