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	<title>Diván el Terrible &#187; El duelo duele</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>Despedidas</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2011 12:04:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pepa de la Viña</dc:creator>
				<category><![CDATA[El duelo duele]]></category>

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		<description><![CDATA[No es lo mismo despedida que pérdida, separación que suponga la ilusión de volver a verse –hasta luego– que adiós definitivo, aunque el mecanismo psíquico que nos permite afrontar ambas sea el mismo: el duelo. Se puede objetar que debe haber una diferencia grande entre una pérdida real e irreversible del objeto de amor y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2011/10/adios.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-435" title="imagen" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2011/10/adios.jpg" alt="" width="450" height="150" /></a></p>
<p>No es lo mismo despedida que pérdida, separación que suponga la ilusión de volver a verse –hasta luego– que adiós definitivo, aunque el mecanismo psíquico que nos permite afrontar ambas sea el mismo: el duelo. Se puede objetar que debe haber una diferencia grande entre una pérdida real e irreversible del objeto de amor y una separación temporal y, sin embargo, el lenguaje corriente se sirve, en ambos casos, de la misma palabra: adiós, a la que luego hay que añadir alguna precisión más: adiós, hasta la vista&#8230; adiós, hasta siempre&#8230; adiós para siempre.<span id="more-434"></span></p>
<p>Cuando se ha depositado sobre un objeto el interés, el afán, el amor&#8230; no resulta fácil desprenderse de él. Aunque la condición de la vida es la pérdida, como señala Freud en Duelo y Melancolía, la libido ligada a un objeto tiende a permanecer ligada a él sin atender a razones. Hace falta un largo proceso, con dolorosas y sucesivas pruebas de realidad, para que la economía psíquica se reorganice con relación al objeto y que esa nueva situación permita al sujeto “libidinizar” otros objetos.</p>
<p>Sin embargo ¿podemos decir que ese sujeto es el mismo de antes? ¿No ha perdido acaso él también una parte de sí mismo, aquella imagen en que se complacía viéndose ligado al objeto?</p>
<p>Por lo tanto hay diferentes formas de despedidas y diferentes formas de dolerse.</p>
<p>Un adiós puede implicar la esperanza del retorno, la ilusión de que la pérdida no es tal, de que podría haber otro momento de restitución en el que aquellos que éramos, y ya no somos, volvieran a encontrarse con el objeto que nunca terminó de ser el que anhelábamos.</p>
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		<title>Huérmano</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Feb 2010 01:26:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Colina</dc:creator>
				<category><![CDATA[El duelo duele]]></category>

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		<description><![CDATA[De nuevo la llamada de Dios, del Tiempo o de la Nada, siempre inoportuna, nos obliga a buscar la palabra. Pero de nuevo está ausente y la lengua se resiste a encontrarla. Existe para la pérdida de los padres, y llamamos huérfanos a los que pierden a sus progenitores, como también se encuentra fácilmente cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2010/02/florestumbas.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>De nuevo la llamada de Dios, del Tiempo o de la Nada, siempre inoportuna, nos obliga a buscar la palabra. Pero de nuevo está ausente y la lengua se resiste a encontrarla. Existe para la pérdida de los padres, y llamamos huérfanos a los que pierden a sus progenitores, como también se encuentra fácilmente cuando se extravía al cónyuge, y decimos viuda o viudo según venga al caso. Pero no tenemos ningún término a nuestro alcance cuando se pierde a un hijo o a un hermano. Aún quedan muchos hechos sin el sustantivo adecuado.<span id="more-264"></span></p>
<p>Quizá la ausencia se deba a la dependencia de ciertas palabras a los usos del Derecho. Es legítimo pensar que cuando la desgracia genera unos posibles beneficios hereditarios o una simple pensión, el discurso jurídico haya troquelado el vocablo necesario para perfilar el concepto y facilitar la discusión. En cambio, en estos otros acontecimientos donde no hay ningún beneficiario potencial ni bases para promover un pleito, sino simple y crudo dolor, podemos interpretar que si falta el nombre es porque no tiene consecuencias en el patrimonio ni en los presupuestos. La pérdida entonces es abrupta y alcanza a la identidad, pues si lo que se pierde no acierta a trasladarse pronto y en sus propios términos a la lengua, siempre escasa e insurgente, entontes te amputan la pérdida y te la cobran a cuenta del cuerpo.</p>
<p>Ahora bien, también podemos ser más positivos y ver las cosas al gusto contemporáneo. Dicen que lo postmoderno consiste en aligerar las tristezas, negarlas, alegrarse ante las contingencias y adaptarse de modo parasitario a cuanto haga falta. Convendría, si esto es así, buscar las ventajas de la nueva situación y dar gracias al cielo porque el mal sea innombrable, pues todo parece indicar que gracias a su obligado silencio controlamos mejor los malos recuerdos. Faltos de la palabra parece que las tragedias duelen menos.</p>
<p>Tampoco es inútil pensar que las palabras son escasas sin más, y que debemos acostumbrarnos, sin vanas pretensiones, a vivir con las que hay. Aunque la incomodidad crezca y nos asfixie la soledad, no hay ninguna obligación de lanzar una palabra nueva al aire, ya sea para uso privado o para tratar ambiciosamente de que se introduzca en el idioma general. A fin de cuentas, vivir es pasar junto a muchos cadáveres sin turbarse ni perder el paso, y la muerte de un hermano no deja de ser una cuestión por muchos motivos bastante familiar, así que es lógico que no haya palabra que valga ni debemos echarla de menos. Sólo es el orgullo propio del superviviente el que nos impulsa a ser ingenioso o a refugiarnos, como hacen con razón los locos, en una ocurrencia verbal.</p>
<p>Pero el fastidio de la muerte consiste precisamente en ligarnos en exceso al tiempo. El tiempo no se mide en años sino en muertos. Y los muertos en realidad se cuentan con números, sin necesidad de verbos. La muerte es un cálculo, un simple problema aritmético. Por eso es lógico que en tan aciagas circunstancias pequemos de vanidad y que, una vez despedidos los restos, alcemos la cabeza, hagamos un rápido recuento y volvamos rápidamente al lirismo del lenguaje para protegernos y dar vida lo antes posible a cualquier invento.</p>
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		<title>Nada reemplazará a mi hija</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Feb 2010 18:52:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Graciela Strada</dc:creator>
				<category><![CDATA[El duelo duele]]></category>

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		<description><![CDATA[Teresa se sorprende a sí misma garabateando un nombre, Ana. La resonancia con otro nombre, Lara, el de su hija muerta hacía dos años es inmediata. Angustiada, se pregunta: “¿Tengo derecho a reemplazar a Lara aunque sea en mis pensamientos? ¿Ha transcurrido suficiente tiempo, me encuentro preparada para tener otro hijo?” Muchos pensamientos y sentimientos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2010/02/estatuanina.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Teresa se sorprende a sí misma garabateando un nombre, Ana. La resonancia con otro nombre, Lara, el de su hija muerta hacía dos años es inmediata. Angustiada, se pregunta: “¿Tengo derecho a reemplazar a Lara aunque sea en mis pensamientos? ¿Ha transcurrido suficiente tiempo, me encuentro preparada para tener otro hijo?”<span id="more-262"></span></p>
<p>Muchos pensamientos y sentimientos presentes en un proceso de duelo contienen la idea de que la garantía de un verdadero amor debe pasar por un sufrimiento sin fin, pues lo contrario es el olvido. Pero el aferrarse a cada recuerdo, tratando de mantener la existencia de esa hija muerta a través de la cronificación del dolor puede, en algunos casos, comenzar a coexistir con la tentación de dejarse poseer por el deseo de un nuevo nombre, una nueva vida. Un pensamiento la atenazaba, “Me han quitado a mi hija, me han arrancado una parte de mi cuerpo”. Esa muerte fue para ella una amputación, un vacío insoportable en su cuerpo, en ese mismo cuerpo que la había abrigado y alimentado.</p>
<p>“Nunca más cantaremos aquella canción…” dice, denunciando el dolor de una renuncia definitiva a los intercambios amorosos y sensuales, a ese modo de estar juntas riendo, cantando, diciendo tonterías. Las conversaciones con su madre sobre su infancia se van convirtiendo en un hilo conductor que permite recobrar el movimiento de la vida y como recreación generacional se opone al tiempo petrificado por la muerte.</p>
<p>¿Qué significaba esta hija y qué se llevó de ella? Es una interrogación que apela a la verdad del lazo profundo e inconsciente con esa hija y el lugar otorgado por los padres en sus deseos, ideales, proyectos.</p>
<p>“Una tarde creí verla en la calle, con su pelo rubio desordenado”. Reaccionó con perplejidad y un llanto incontenible. Al tiempo le dijo a su marido: “¡Qué ganas de volver a nuestro sitio de vacaciones en familia!”.</p>
<p>El deseo de un nuevo hijo, de recrear algo nuevo que integre la laguna de una ausencia para siempre pone a prueba la posibilidad de cada padre y de cada madre de conjugar lo real de la muerte con un mundo imaginario a fin de dar cuerpo a pensamientos, a fantasías. Una persona en duelo construye puentes sobre el abismo por medio de su capacidad de simbolizar la realidad de una muerte. Este tipo de elaboración subjetiva que conmueve los cimientos de todo ser humano remite a aquella pérdida originaria que, en el acto de nacimiento y separación de la madre, nos marca a cada uno como seres mortales.</p>
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