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	<title>Diván el Terrible &#187; Pilar Gómez</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>El llanto de los bebés</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Apr 2010 22:40:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pilar Gómez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Padres]]></category>

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		<description><![CDATA[Si se habla del llanto de los bebés a la hora de ir a dormir solos, la opinión general se divide entre dos grupos: la de los partidarios acérrimos de levantarlos en brazos y la de aquellos otros -también fanáticos- seguidores de la creencia de que no hay que mecerlos jamás porque “se envician”*. Si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2010/04/bebe.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Si se habla del llanto de los bebés a la hora de ir a dormir solos, la opinión general se divide entre dos grupos: la de los partidarios acérrimos de levantarlos en brazos y la de aquellos otros -también fanáticos- seguidores de la creencia de que no hay que mecerlos jamás porque “se envician”*.<span id="more-275"></span></p>
<p>Si nos preguntamos el por qué del apasionamiento en las posiciones, es fácil contestarse que las manifestaciones del bebé en el momento de quedarse solo en su cuna, solo en su habitación, resuenan en las emociones y en los pensamientos de cualquier ser humano –mujer u hombre– cuando intenta descifrarlas. La significación que les atribuya y la manera en que considere que haya que tratarlas están enraizadas, en buena medida, en las experiencias inconscientes y se apoyan para su justificación en recuerdos conscientes provenientes de su infancia.</p>
<p>Nadie ha escapado al sentimiento de desamparo radical del lactante y, la vivencia de tan desestabilizadora experiencia, puede que contribuya a tanto apasionamiento en las posiciones.</p>
<p>Son conocidos los esfuerzos del Dr. Estivill en la divulgación de una técnica para enseñar a dormir a los bebés que empieza a ser practicable a partir de los seis meses de edad. Éste -que vendría a ser un adalid de la teoría “hay que dejarlos llorar”- propone una serie de pasos que deben seguirse a rajatabla. Básicamente se trata de instaurar una secuencia en el orden de las acciones para llevar a los bebés a dormir. Seguida esta secuencia, una vez dejado el bebé en su cuna, se le deja llorar el tiempo que sea sin acudir a ver qué pasa.</p>
<p>La mayoría de las madres y de los padres saben que su bebé es distinto de cualquier otro y, en cambio, admiten sin vacilar una técnica que se sustenta en la idea de que el momento de ir a dormir debe ser igual para todo el mundo. Vale igual para el hijo propio que para el del vecino. Siempre se procede de la misma manera, ¿no es asombroso que de igual que el bebé esté cansado, un poco enfermo, fuera de casa, hambriento, sobrexcitado…?</p>
<p>No es sólo que cada bebé es particular y único, sino de que cada uno pasa a lo largo de los días por situaciones -internas y externas- que pueden resultar muy intensas y cuya consecuencia se manifiestan en las variaciones en el humor. En eso no se distingue de cualquier otro ser humano. Sí se distingue, en cambio, en que dispone de muchísimos menos medios de los que dispone un adulto para manejar esas situaciones –el dolor, el hambre, la extrañeza, el cansancio, el miedo… – porque son vividas sin palabras para poder reconocerlas y, sin experiencia previa que ayude a relativizarlas.</p>
<p>“Siempre hay que dejarlo llorar”, “nunca hay que dejarlo llorar” son recomendaciones vanas. El bebé es un ser cambiante que aprende a toda velocidad y también lo son sus padres. Como en cualquier relación que empieza, sus participantes se van a ir conociendo y –afectados por ese conocimiento- experimentarán cambios. Los padres ponen palabras al llanto del bebé, aprenden a descifrar de qué llanto se trata y, a veces lo dejarán llorar y otras no. Desde luego que el entendimiento no será perfecto pero, tampoco en eso, diferirá del de cualquier otra relación entre seres humanos.</p>
<p><small>* No hay que temer enviciar a los bebés al acunarlos cuando lloran: arropados por el contacto de otro cuerpo que les sostiene, el ritmo del vaivén al mecerlos, la salmodia melodiosa de una canción les ayudarán a salir del malestar que el llanto expresa y a encontrar la paz perdida a causa de infinitud de avatares… internos y externos.</small></p>
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		<title>Insomnio</title>
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		<pubDate>Thu, 11 May 2006 07:01:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pilar Gómez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Seguimos soñando]]></category>

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		<description><![CDATA[Sucedía a finales de julio: habíamos acordado empezar en septiembre un tratamiento para su hija y aquellos señores ya se estaban despidiendo cuando me encontré preguntándoles si había algo más que quisieran decirme. – “Laura, en casa, se masturba constantemente”– dijo su madre mientras el padre asentía. Volvimos a sentarnos. Habían consultado porque Laura no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sucedía a finales de julio: habíamos acordado empezar en septiembre un tratamiento para su hija y aquellos señores ya se estaban despidiendo cuando me encontré preguntándoles si había algo más que quisieran decirme. – “Laura, en casa, se masturba constantemente”– dijo su madre mientras el padre asentía.<span id="more-13"></span></p>
<p>Volvimos a sentarnos.</p>
<p>Habían consultado porque Laura no podía dormir. Tenía doce años y un hermano de seis, siempre pegado a ella. Detestaba el colegio: no encontraba su sitio entre las niñas y temía la violencia de los niños. Quería cambiar a otro distinto del de Borja –nunca puedo volver del colegio en autobús con las otras niñas– porque “si vas por uno ya recoges todo el paquete”– decía el papá.</p>
<p>No había cumplido un año cuando se desvaneció en un taxi sin que lo advirtieran; tenía dos cuando se cayó desde un segundo piso –se precipitó al vacío mientras sus padres salían al jardín para recibir a los abuelos– quizá –pensaban– porque quiso unirse al recibimiento. Años después desapareció varias horas con su hermano en otro jardín –no entendían aún cómo no los vieron ya que estaban en una caseta que registraron varias veces– y fue la guardia urbana quien los encontró. Lo del insomnio había empezado dos años atrás, en vacaciones.</p>
<p>Los horarios de la familia eran peculiares: la madre empezaba a trabajar muy temprano y se iba a dormir sobre las siete, los niños a las ocho y por último se acostaba el padre. Laura no podía dormir pero tampoco quería leer, escuchar la radio ni nada. Se tumbaba pegada a la pared, prácticamente inmóvil, y no se dormía: pensaba en el colegio y escuchaba si oía hablar a sus padres –“es fácil, nunca cerramos las puertas”–.</p>
<p>Ése era el escenario donde se desplegaba el síntoma, de eso habíamos hablado. La irrupción de la escena de la masturbación planteaba una pregunta nueva: los padres de Laura no sabían qué hacer ante ello –lo hacía desde pequeña, jamás fuera del círculo familiar– y no decían nada aunque les resultaba perturbador.</p>
<p>Les dije que se solía entender la masturbación compulsiva como una expresión de soledad, y asintieron. Podrían, quizá, decirle que eso se hacía en privado, y volvimos sobre las puertas abiertas: les aparecían ahora congruentes con la masturbación en público puesto que en esa casa no existían los espacios privados.</p>
<p>Decidieron cerrar las puertas. Un mes más tarde volvieron aliviados, Laura había dormido todo agosto perfectamente. También ella me contó que había dormido muy bien todos los días. Estaba contenta porque le permitirían volver en autobús y contentísima porque había tenido su primera regla lo que le daba puntos en el imaginario femenino de la clase: – “es que soy la segunda niña que la tiene&#8230; ¿sabes?” Así que no hubo necesidad de mayores tratamientos.</p>
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