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	<title>Diván el Terrible &#187; Máximo Teszkiewicz</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>¿Quién eres yo y qué tienes contra mí?</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2009 17:41:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Máximo Teszkiewicz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Padres]]></category>

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		<description><![CDATA[Creo que esto de “no ser quien uno es” no es exclusivamente un problema mio: ocurre en las mejores familias. Salvador Dalí, sin ir más lejos, nos cuenta en su Vida Secreta que él no es Salvador Dalí, que Salvador era un hermano suyo, que murió poco antes de que él naciera, a los dos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/11/quequieres.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Creo que esto de “no ser quien uno es” no es exclusivamente un problema mio: ocurre en las mejores familias. Salvador Dalí, sin ir más lejos, nos cuenta en su Vida Secreta que él no es Salvador Dalí, que Salvador era un hermano suyo, que murió poco antes de que él naciera, a los dos años de edad.<span id="more-253"></span></p>
<p>El pintor no era, por tanto, Salvador Dalí, sino una segunda edición, un tanto en rústica, del Salvador original. Sus padres comparaban en todo momento el Salvador vivo con el muerto, y tenían en su alcoba una fotografía de éste último junto a una reproducción del Cristo de Velázquez. Para el pintor, la existencia de ese otro que le había precedido en el vientre de su madre, en el afecto de su padre e incluso en el nombre, supuso un tremendo desafío. Así nos lo explica en su Vida Secreta:</p>
<p>“Yo nací doble, con un hermano de más, que tuve que matar para ocupar mi propio lugar, para obtener mi propio derecho a mi propia muerte”. “Todas las excentricidades que he cometido, todas las incoherentes exhibiciones proceden de la trágica obsesión de mi vida. Siempre quise probarme que yo existía y no era mi hermano muerto. Como en el mito de Cástor y Pólux, matando a mi hermano, he ganado mi propia inmortalidad.”</p>
<p>Lo más complejo de todo este asunto es que probablemente esta autobiografía haya sido inventada, hasta tal punto estaba este caballero confundido acerca de su propia identidad (por no hablar de la confusión que produce en nosotros). Quién ha sabido expresar más claramente todo este embrollo de la angustia existencial no ha sido ni Platón ni Freud ni Jesucristo, ni siquiera Sartre, sino más bien Manolito. Mafalda le cuenta su último descubrimiento: “Más que personas, somos una decisión de nuestros padres, Manolito. ¿Te das cuenta? ¡Si ellos no hubieran querido tener hijos –¡chau!– no nacíamos nunca!”. Es entonces cuando Manolito entra en erupción: “¡¿Cómo nunca?! ¡¿Cómo nunca?! ¡A mí, cuando se me pone una idea no hay quién me la saque! ¿Me oís? ¡Y si mis padres no hubieran querido tener hijos&#8230;! ¡Peor para ellos! ¡¡Porque hoy yo tendría otros padres, otro nombre y otra cara!! ¡¡Pero que nacía, nacía!!”</p>
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		<title>Down the top</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Dec 2006 00:38:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Máximo Teszkiewicz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Soy joven... ¿y ahora qué?]]></category>

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		<description><![CDATA[Me sugieren, como tema de este artículo, la expresión “(diversión) a tope”, palabras presupuestas en una juventud que ya no las utiliza. No por eso dejará de gustar la fórmula a estos psicoanalistas, que de sobra saben ya que para el exceso no hay más tope que la muerte. El alcohol, que fuera en mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2006/12/vodka.jpg" alt="Imagen" id="image50" /></p>
<p>Me sugieren, como tema de este artículo, la expresión “(diversión) a tope”, palabras presupuestas en una juventud que ya no las utiliza. No por eso dejará de gustar la fórmula a estos psicoanalistas, que de sobra saben ya que para el exceso no hay más tope que la muerte.<span id="more-44"></span></p>
<p>El alcohol, que fuera en mi (cercana) adolescencia exceso favorito, nos proporciona ese hermoso simulacro de este tope que es el coma etílico. Nunca llegué yo tan lejos, detenido en el camino por topes menores: el estómago, que se hartaba de veneno y me sacudía en violentas vomitonas, en un magnífico ejercicio de “bulimia alcohólica”, y a la larga, la misma saciedad. Porque estoy saciado: ya no lo necesito, y si aún, de vez en cuando, consumo otro poco, confesaré que, por fin, es puro vicio.</p>
<p>Cabe despreciar a quienes beben (y se matan) lentamente, y reivindicar a la juventud botellonera que intuyó desde el principio lo que se traía entre las manos y fue directamente a por el premio gordo. Porque la adolescencia es ese proceso por el que la sociedad somete definitivamente a un cuerpo declarado en hormonal rebeldía, y la droga el azucarillo mortal que nos permite tragarnos vuestros sapos. Teníamos que matarnos un poco, pero rápidamente, porque teníamos demasiada vida, y sólo soltando así parte de este lastre pudimos ingresar, mal que bien, en el cosmos tributable, allí donde la muerte nos persigue con horrorosa parsimonia.</p>
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		<title>El niño que sabía demasiado</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jun 2006 18:09:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Máximo Teszkiewicz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Soy joven... ¿y ahora qué?]]></category>

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		<description><![CDATA[Buscó un cigarro en el bolsillo; se complacía en los gestos que transportaban, depositaban el tabaco en sus labios, lo encendían, le arrancaban el humo que luego él sembraba en el aire. ¿Qué era, después de todo, esta cosa, madurar? Descubrir que los padres nunca llegaron a hacerlo, ¡Eureka!, como si alguna vez hubiera podido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2006/06/lego.jpg" alt="Imagen" id="image27" /></p>
<p>Buscó un cigarro en el bolsillo; se complacía en los gestos que transportaban, depositaban el tabaco en sus labios, lo encendían, le arrancaban el humo que luego él sembraba en el aire.</p>
<p>¿Qué era, después de todo, esta cosa, madurar?<span id="more-26"></span></p>
<p>Descubrir que los padres nunca llegaron a hacerlo, ¡Eureka!, como si alguna vez hubiera podido tomar en serio a los suyos. Madurar es también abandonar las desgarradas ambiciones del adolescente, pero, ¿acaso había creído él, realmente, en las suyas alguna vez? Las había padecido como un incordio hormonal, al mismo tiempo que las eyaculaciones nocturnas. Enfrentarse a las propias limitaciones, asumir que el mundo no gira a nuestro alrededor&#8230; como si alguna vez el mundo le hubiera dado la oportunidad de engañarse así, de creerse esa solemne, esa maravillosa tontería.</p>
<p>Madurar es asumir responsabilidades y, en fin, si no le quedaba más remedio, no era tan difícil verse a sí mismo cargando con una hipoteca, rindiéndose ante el impulso procreador de alguna mujer. Se casaría por la iglesia; puesto a ceder, no tenía ningún sentido ponerse quisquilloso con las naderías. Cuando él y sus amigos –contaban en aquel entonces con quince primaveras– habían brindado con calimotxo en promesa solemne de no hacer jamás nada semejante, sabían ya que iban todos de farol, se les notaba en los ojos.</p>
<p>Por eso no dejarían nunca de comportarse como críos, porque de veras les sería difícil tomarse en serio el espejo que reproduce un rostro afeitado, un traje y una corbata. Sabían demasiado, y si bien lo que sabían no los ayudaría en nada a enfrentarse con lo que les esperaba, eso era algo que también ya se sabía. ¿Le restaba esto alguna oportunidad de ser feliz? Más bien al contrario, lo consolaba con la cínica satisfacción de verse a sí mismo tan igual a todo y a todos. Hacer parodia de ciertas cosas no requiere exagerar, basta con reproducir, y él se veía como el esperpento atemperado de sus padres, de sus profesores y del mundo. Descubrir gestos gastados en los suyos le hacía sonreír torcido.</p>
<p>De no haberle parecido exasperado, y por lo tanto ridículo, se habría dicho a sí mismo que vivir es en general un gran insulto, una blasfemia bien gorda, una grosería. Apagó el cigarrillo. El tabaco iba matarlo. No necesitaba leer el mensaje de la cajetilla, que profería esta amenaza. De sobra, desde siempre, desde mucho antes de la primerísima calada, ya lo sabía.</p>
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