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	<title>Diván el Terrible &#187; Manuel Baldiz</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>¿Diván o cara-a-cara?</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2007 08:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Baldiz</dc:creator>
				<category><![CDATA[¿Sabes qué es el psicoanálisis?]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las muchas preguntas que Cristina Fontana responde en su libro “Todo lo que usted nunca quiso saber sobre el psicoanálisis”, es la que dice así: “¿Es necesario para analizarse emplear siempre la técnica del diván?”.  La pregunta en cuestión, así como la didáctica respuesta de la autora, me animaron a desempolvar unas viejas reflexiones sobre la utilización del diván en la cura analítica y tratar de reescribirlas. Ese interrogante aparentemente simple puede desplegarse de un modo más plural. ¿Por qué en el análisis suele utilizarse el diván?. ¿Es posible hablar de cara-a-cara analítico?. En caso afirmativo, ¿qué dificultades teórico-prácticas comporta?. Y, por último, ¿cómo interviene la mirada en la conducción de una cura, tanto si se trata de un tratamiento cara-a-cara como en el caso del dispositivo analítico más tradicional?.<span id="more-62"></span></p>
<p>Cuando Freud trataba de justificar la utilización del diván en la cura analítica, recordaba que se trata, en parte, de un resto del tratamiento hipnótico partiendo del cual se desarrolló el psicoanálisis. Pero dicho resto, continuaba diciendo Freud, merece conservarse por razones más profundas. Resumiendo su argumentación, el padre del psicoanálisis considera preferible ubicarse fuera de la mirada del paciente y a su vez no influir con la suya propia en el discurso de la asociación libre. Permanecer fuera del alcance de la vista del analizante favorece la atención flotante del analista y simultáneamente permite aislar mejor la transferencia simbólica del lado del analizante.</p>
<p>Está claro que no podemos equiparar demasiado a la ligera la mirada con lo imaginario, y la palabra con lo simbólico, resolviendo entonces todos nuestros interrogantes a base de afirmar que el campo del cara-a-cara es imaginario y el dispositivo analítico de naturaleza simbólica. Sería un error hacerlo así. Es importante no olvidar que la mirada tiene que ver con los tres registros lacanianos (real, simbólico e imaginario) o incluso, en tanto objeto privilegiado de la pulsión, con el anudamiento de los mismos. Pero, a la vez, la palabra, si evocamos a un primer Lacan, puede ser vacía o plena, y sus efectos no son siempre los que definen el acto analítico. Por todo ello, tanto la palabra como la mirada van a intervenir en ambos casos (diván y cara-a-cara) aunque de una forma distinta que hay que precisar.</p>
<p>En el diván el analizante puede creerse mirado pero no ve la mirada de la que cree ser objeto. A veces el paciente, puede intentar provocar la mirada del analista, diciendo “me duele aquí” o “X me tocó aquí”, al tiempo que señala una parte de su cuerpo. En una situación de esas características es fundamental no dejarse atrapar por el signo implícito en lo señalado, por el gesto dado a ver. Una posible respuesta sería “¿donde es aquí?” o bien “¿cómo llama usted a esa parte de su cuerpo?”. Se puede llevar uno ciertas sorpresas interesantes, dado que la anatomía significante no suele coincidir con la imagen corporal.</p>
<p>Oscar Masota gustaba de insistir en cierta incompatibilidad esencial entre el ojo y la palabra, lo que significa ni más ni menos que ahí donde se pone el ojo se ejerce un obstáculo para el surgimiento de la palabra verdadera y, por el contrario, donde hay palabra que hace acto no es raro que se produzca cierto borramiento de la mirada. En el caso de la joven homosexual relatado por Freud, hallamos a un padre que trata de censurar con su mirada al cruzarse en la calle con su hija y la amante de ésta, pero, sin embargo, no puede intervenir de manera eficaz en el plano de las palabras. Mira, pero no dice nada. Por el contrario, el astuto Dupin, en “La carta robada” de Edgar Allan Poe, nos dice que los asuntos importantes deben examinarse en la oscuridad y, más tarde, cuando acude a casa del ministro a buscar la famosa carta, lo primero que hace es colocarse unos anteojos ahumados que imposibilitan ver su mirada.</p>
<p>Adelantemos una respuesta a la pregunta inicial acerca de si es posible un análisis cara-a-cara. Es posible, sin lugar a dudas, pero implica ciertas dificultades que hay que conocer. El que haya o no análisis dependerá, en última instancia, de la instalación precisa de unos elementos en unos lugares discursivos (el llamado discurso analítico) pero ello no está vinculado, al menos no de una manera absoluta ni radical, a las circunstancias de la escena real. Hay numerosos testimonios clínicos que así lo demuestran. No olvidemos además el psicoanálisis con niños o incluso el psicodrama analítico.</p>
<p>Así pues, está claro que si un analista se pone frente a un paciente ello no garantiza que lo que allí vaya a ocurrir sea del orden de lo analítico, pero tampoco que, por el hecho de mediar la mirada, no lo sea. Y así tampoco, el hecho de estirar a un paciente e invitarle a asociar sobre un diván no garantiza en absoluto que lo que allí se produzca vaya a ser un análisis. Puede haber, en determinadas circunstancias, discurso analítico sin dispositivo tradicional, y, por supuesto, en ocasiones hay dispositivo tradicional sin discurso analítico.</p>
<p>El analista, en la escena analítica clásica, puede mirar al analizante. Otra cuestión distinta es si debe o no debe hacerlo. Poniendo en juego la útil distinción entre el ver y el mirar, y acentuando el voyeurismo del lado del mirar, diremos que el analista ve al analizante pero no lo mira (a veces ni siquiera lo ve), no tiene un interés especial en mirarle, en recorrer con la mirada su cuerpo yaciente. Tampoco tiene que caer en la obsesión contra-fóbica de tratar de no mirarlo a toda costa.</p>
<p>La situación es completamente distinta del lado del analizante. Éste ni ve ni mira al analista y ninguna mirada le sirve de punto de referencia a menos que se mire a sí mismo. El analista queda entonces ubicado en un lugar que, forzando un poco las cosas, puede asemejarse fantasmáticamente al de la mirada de Dios, una mirada que se supone pero que no es visible. La presencia del analista se vehicula en la sesión a través de la voz, pero en la fantasía del analizante puede aparecer como una mirada omnipresente.</p>
<p>Otra cuestión interesante a tener en cuenta es la asimetría posicional que se da en la escena analítica típica. En ella, de algún modo, se plasma en la realidad del encuentro analista-analizante una situación diferencial. El analista está en una posición y el analizante en otra bien distinta. Entiéndase aquí que la palabra “posición” nos sirve de manera excelente para hacer converger la realidad de los sitios ocupados en el consultorio con lo simbólico de los lugares en la estructura discursiva.</p>
<p>El paciente estirado en el diván es una imagen representada hasta la saciedad en chistes y tiras cómicas, y curiosamente en bastantes de esas representaciones aparece dibujado el analista enfrente del diván o justo al lado del mismo, pero no detrás, lo cual nos habla sin duda de algo muy difícil de entender o de soportar en ese sencillo hecho de que en verdad lo preferible es que el analista quede por completo fuera del campo visual del analizante.</p>
<p>Si hacemos un breve paréntesis respecto al objeto-diván, podemos destacar que la horizontalidad que comporta (aunque no sea total, en muchos casos) remite etimológicamente a la raíz misma de la clínica. Lecho, en griego, es “kliné”. Lo clínico viene de “klinicos”, “perteneciente o relativo a la clínica” y también “persona adulta que a causa de su enfermedad era bautizada en su mismo lecho”.</p>
<p>El diván no es un concepto fundamental del psicoanálisis, ni tan siquiera -como ya hemos empezado a aclarar- un elemento imprescindible para la praxis analítica. Cabría entonces preguntarse por la razón de esa gran popularidad que lo ha convertido casi en un equivalente metonímico del análisis o del analista cuando en el lenguaje de la calle se escuchan cosas como “éste debería pasar por el diván” o cuando todos damos por supuesto que una revista que se llama “Diván el terrible” se ocupa de algún modo del psicoanálisis. Su enorme institucionalización debe hacernos pensar en factores que van más allá de una mera repetición de la práctica inventada por Freud.</p>
<p>El diván, en bastantes ocasiones, se parece a una cama, y en tanto sucedáneo de cama remite de manera inexorable a la sexualidad, los sueños, la enfermedad y la muerte. Ya sabemos que se puede fornicar, soñar y morir en otros lugares diferentes a la cama, pero, a la vez, también es cierto que el lecho está indiscutiblemente ligado, en el orden de la cultura y del lenguaje, a esos aconteceres humanos. Por tanto, la múltiple significación de la cama (desde Eros a Tánatos pasando por Morfeo) va a operar de alguna manera en la escena analítica aunque sólo sea como facilitadora de ciertas temáticas a las que hay que llegar por necesidades de estructura.</p>
<p>Pensemos ahora en el cara-a-cara para contrastar sus especificidades con todo lo que hemos dicho hasta aquí. En el cara-a-cara, el analista mira al paciente y éste mira al analista, o quizás sería mejor decir que ambos se ven las caras. Pueden hallar entonces esa plenitud narcisista y especular que vira fácilmente del amor al odio y del gusto al disgusto.</p>
<p>La mirada es algo sustancialmente complejo. Además de mirar al otro, está el ser mirado y también el mirar la mirada del otro hacia uno. Ese juego caleidoscópico de miradas recíprocas determina un “tempo” diferente para la cura, acelerando en ocasiones el momento de concluir, y no siempre de manera conveniente. Por otra parte, surgen interrogantes prácticos no demasiado fáciles de responder, como por ejemplo ¿cómo soportar largos silencios cara-a-cara? ¿por qué mirar en un momento dado y en otros no hacerlo? ¿cómo no condicionar o puntuar determinados aspectos del discurso del paciente con mensajes gestuales del terapeuta o analista?</p>
<p>Parecería, lo que no deja de ser casi paradójico, que para trabajar en el cara-a-cara hay que tener muchas “tablas”, saber borrarse pese a estar presente, estar muy “experimentado” en definitiva, si es que todavía tiene algún sentido apelar a lo inefable de la experiencia en nuestro campo del análisis. Con cierta frecuencia el terapeuta, o el analista novato, empieza justamente su trayectoria clínica asistiendo a pacientes en la modalidad del cara-a-cara (por ejemplo en los contextos institucionales) y cuando está en mejores condiciones para practicarlo es cuando por lo general lo abandona y se concentra en la práctica más tradicional, a menudo en el consultorio privado.</p>
<p>En el cara-a-cara se produce una aparente simetría de posiciones, pero es completamente falso pensarlo así. Los que reivindican el cara-a-cara precisamente por esta cuestión de lo simétrico, como por ejemplo algunos practicantes de la llamada psicología humanista, se olvidan de que dicha simetría se da sólo en el campo de la imagen, pero que la estructura simbólica subyacente la desmiente por completo. De ahí que podamos afirmar que en el cara-a-cara se da un cierto efecto “ilusorio”, a diferencia del dispositivo del diván al que se puede calificar de “ficticio”. Lacan afirmaba a menudo que la verdad tiene estructura de ficción. Lo ficticio va de la mano del significante, mientras que lo ilusorio suele ser engañoso y, a la larga, des-ilusionante.</p>
<p>Si el analista en el dispositivo analítico clásico (con el paciente en el diván) puede aparecer revestido de diversas connotaciones imaginarias pero siempre en un marco de ficción que favorece la asociación libre y le borra como persona, hay que preguntarse qué lugar ocupa el analista que se sitúa (por la razón que sea) frente a frente de su paciente. ¿Cómo tratar de hacer de semblante de objeto (para el analizante) cuando está en juego la mirada real?. Hay un grave riesgo de transformarse en un terapeuta yo-ideal, demasiado presente (en el sentido de Sartre, para el cual la mirada era la presencia del otro como tal), un analista que, a poco que se descuide, precipita y coagula al modo de un ortopeda. Pero todo ello no quiere decir (como hemos tratado de argumentar) que no pueda intentar sustraerse de ese papel por todos los medios, sobre todo si su ética no está alimentada por el “furor curandis” sino por el deseo de analizar.</p>
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