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	<title>Diván el Terrible &#187; Manina Peiró</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>Desparejas</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 17:25:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manina Peiró</dc:creator>
				<category><![CDATA[En clave de sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Ella había cobrado una sustanciosa cantidad por un trabajo atrasado. Alegre y dándose importancia, se lo comunicó a él. Entusiasmado, él contestó: “¡Te compro un coche!” Sorprendida, ella respondió: “¡Qué cara!, ¿cómo que me compras? -dando énfasis al “me”-. Con lo mío. Así también te hago yo regalos, con lo tuyo”. “Desde luego, los hombres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-494" title="calcetines" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2012/05/calcetines.jpg" alt="" width="450" height="150" /></p>
<p>Ella había cobrado una sustanciosa cantidad por un trabajo atrasado. Alegre y dándose importancia, se lo comunicó a él.</p>
<p>Entusiasmado, él contestó: “¡Te compro un coche!” Sorprendida, ella respondió: “¡Qué cara!, ¿cómo que me compras? -dando énfasis al “me”-. Con lo mío. Así también te hago yo regalos, con lo tuyo”.<span id="more-490"></span></p>
<p>“Desde luego, los hombres no entienden nada”, se dijo mientras se daba cuenta de que sus palabras a él no le hacían ninguna gracia y que, en todo caso, la ofendida tendría que ser ella. Sin entender muy bien por qué algo que podía haber sido motivo de alegría empezaba a enredarles desde por la mañana, decidió salir pronto de casa para no continuar por un camino inútil, pues intuía a dónde les iba a llevar.</p>
<p>En el trabajo se sintió inquieta; no se quitaba de encima ese desencuentro tan tonto de la mañana.</p>
<p>Reconocía que no era para tanto, pero le parecía que él no valoraba del todo lo de ella. “Seguro que él ni se ha enterado”, le comentó a una compañera, y las dos se rieron de la “generosidad” de los hombres, que siempre creen que dos son Uno. Y que ese Uno nunca es el otro.</p>
<p>Se dio cuenta entonces de que le molestaba casi más ese pensamiento tan tópico sobre ellos. Nunca había participado de esos comentarios como: “todos los hombres son” o “ya se sabe cómo son las mujeres”, aunque en esos momentos pareciera servirle de alivio. Y, la verdad, empezaba a pensar que eran diferentes. ¿Tendría también que llegar a creer que hombre y mujer no están hechos para entenderse?</p>
<p>Ese día, él se tumbó en el diván y le dijo a su psicoanalista: “Definitivamente, renuncio a saber lo que quieren las mujeres. Ella siempre se queja de que me quede yo con el coche, dice que le hace falta uno y, cuando quiero que ella tenga el suyo, parece que no le ha gustado nada. Ahora que podemos, con lo que me gusta a mí dar gusto&#8230;”</p>
<p>La psicoanalista no dijo nada y él pensó si tampoco ella le entendería o si le habría molestado su comentario genérico sobre las mujeres, pero, ¡ni una palabra! “No hay forma de saber lo que sienten.”</p>
<p>Cuando finalizó la sesión sin respuesta se dijo que quizás hubiese sido mejor analizarse con un hombre. “Por lo menos nos creemos que sabemos lo que queremos.”</p>
<p>Inquietos por volverse a encontrar ese día, la joven pareja llegó a casa antes de lo habitual. Al llegar la hora de la cena, él dijo: “Desconecta el teléfono, llamará tu madre, como siempre”. “Y tus padres”, añadió ella con sorna. Desconectados de todos los otros, cenaron, intercambiaron sus respectivas crónicas cotidianas y, con la ignorancia del que sabe que sólo se puede vivir una relación sin pensar en ella, evitaron explicaciones sobre su diferente modo de entender lo tuyo y lo mío.</p>
<p>Ella y él llegaron inseguros a la cama; algo pendiente se les quedaba perdido en el día. Bajo las sábanas buscaron con ardor sus diferencias como queriendo encontrar en ellas la clave del malentendido y, en el camino, tropezaron con el placer de sus cuerpos ya sabidos. Él quiso acompañar con palabras ese momento; le dijo algo con pasión al oído, minutos antes de tomar nuevamente lo de ella como suyo. Ella, irremediablemente confundida con lo de él, no pudo contenerse y contestó:</p>
<p>“¡Dame un hijo tuyo!”</p>
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		<title>Soñar los sueños</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2009 23:57:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manina Peiró</dc:creator>
				<category><![CDATA[Seguimos soñando]]></category>

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		<description><![CDATA[Soñar no es sólo una actividad que nos procuramos a través de los sueños, de la producción onírica que realizamos cuando dormimos. Fantasear, imaginar, recrear son funciones todas de ese soñar despiertos en que se puede, como define María Moliner, “imaginar como real algo que no existe, o pensar cosas que no existen o que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2009/10/barcas.jpg" alt="Imagen" /></p>
<p>Soñar no es sólo una actividad que nos procuramos a través de los sueños, de la producción onírica que realizamos cuando dormimos. Fantasear, imaginar, recrear son funciones todas de ese soñar despiertos en que se puede, como define María Moliner, “imaginar como real algo que no existe, o pensar cosas que no existen o que tienen pocas posibilidades de existir, o recrear como posibles o reales cosas que no lo son”.<span id="more-238"></span></p>
<p>Sin embargo, los sueños del dormir en su representación onírica, toman del acontecer diario su disculpa para enlazar en él los elementos de su ficción. Puntos de anclaje donde el soñante ata en ellos sus deseos más íntimos, más infantiles, más locos. Deseos fuertes que juegan anudándose en redes camufladas, de apariencia deformada por capricho, en partes inquietantes sin sentido, evitando la conciencia y rodeando la razón para poder ser satisfechos. ¿Qué hacer con ellos?.</p>
<p>Escribir sobre los sueños, hablar de los sueños, pero&#8230; ¿existen los sueños antes de soñarse? Al igual que la escritura para convertirse en lenguaje debe ser leída, pues antes de leerse lo escrito no es, no existe, los sueños, para ser soñados, deben ponerse en palabras, como la lengua le pone palabras al tiempo para que permanezca cuando quiere que algo trascienda; y si no, ¿dónde apoyar la memoria? Así, al soñar los sueños, podemos decir que los sueños son, que existen.</p>
<p>Pero ¿dónde se puede soñar los sueños? El diván, símbolo de “vía regia” a lo no conocido, nos acerca al camino de lo posible por lo imposible, de lo real por lo irreal. Los sueños en sustantivo se hacen verbo al soñar en este lugar privilegiado: diván, espacio para soñar en esa escucha silenciosa del que hace decir sin<br />
tener que decir.</p>
<p>Escucha silenciosa del psicoanalista, que rescata el habla de la palabrería, pues las palabras solas pueden adormecernos o hacernos caer complacidos en sugestivas mentiras, pero el hecho del habla, si apunta a la verdad, si no se sostiene en palabras vacías, lleva siempre el signo de interrogación: pregunta sobre la muerte que la vida arrastra y que el sujeto (el soñador) se hace sobre su ser.</p>
<p>¿Hace falta una causa? Sueños para soñar, soñar para hablar y hablar para despertar, para entrar en el mundo, para marcar la historia siendo sujetos de nuestros propios deseos.</p>
<p>No es el paso del tiempo el que aliena nuestros deseos de personas, es la imposibilidad de soñar nuestros sueños lo que nos deja mudos deshistorizados. ¡Soñar los sueños!</p>
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