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	<title>Diván el Terrible &#187; Ildefonso Rodríguez</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>Un testimonio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 May 2008 15:09:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ildefonso Rodríguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Seguimos soñando]]></category>

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		<description><![CDATA[En su ensayo “Un capítulo sobre los sueños”, nos cuenta Robert Louis Stevenson: “Puedo dar un ejemplo de lo hecho en sueños y despierto&#8230; y voy a referirme a Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Llevaba tiempo tratando de escribir una historia con ese tema&#8230; Dos días estuve estrujándome el cerebro, buscando un argumento; en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En su ensayo “Un capítulo sobre los sueños”, nos cuenta Robert Louis Stevenson:</p>
<blockquote><p>“Puedo dar un ejemplo de lo hecho en sueños y despierto&#8230; y voy a referirme a Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Llevaba tiempo tratando de escribir una historia con ese tema&#8230; Dos días estuve estrujándome el cerebro, buscando un argumento; en la segunda noche soñé la escena de la ventana, y una escena se escindió en otra, en la cual Hyde, perseguido por un crimen, tomaba el polvo y comenzaba su transformación en presencia de sus perseguidores. El resto se hizo despierto, y consciente”.<span id="more-155"></span></p></blockquote>
<p>En ese gran relato, que funda uno de los centros de la  escena soñada se titula “Incidente en la ventana”; es el capítulo más breve y ocupa el centro medular de la narración; por sí mismo revela su carácter soñado: una atmósfera, un ligero desvío de lo cotidiano&#8230; y todo gira en el vértice de la pesadilla, la peor de todas, la que siempre se inicia desde la normalidad. El sueño devana su madeja, abre laberintos. Una noche de hace muchos años, se me presentó intacta la escena que soñó Stevenson (no hay lector de su novela a quien no espere alguna noche la misma pesadilla). El fragmento, titulado “La visión del neutro”, contenía la siguiente comparación: “como si unas manos muy grandes estuviesen tirando de mí”.</p>
<p>Todas las manos que me tocan en la literatura vienen del sueño: Lezama Lima nos habla de unas manos en la oscuridad, y Rilke cuenta lo mismo, y Lowry hace de la película Las manos de Orlac (con Peter Lorre) un leitmotiv de su gran novela.</p>
<p>Cortázar vio la transformación de la mano propia en garra de una fiera desconocida; y está Buñuel y las manos amputadas. Me han agobiado muchas veces: “Uno que al entrar en la habitación a oscuras vuelve a preguntarse: ¿de quién es la mano?”</p>
<p>“¿Qué va a encender la luz?”, escribí en mi libro Coplas del amo. “¿Son las manos de la partera cruel que nos arrancó del útero?”, Wilhelm Stekel escribió un libro imprescindible, “Los sueños de los poetas”; allí se demuestra que la creación y el sueño están asociados por la visión de un mundo preternatural, valles y montes, delicias del lugar recogido; es decir, el deseo infatigable de volver al hueco materno.</p>
<p>El símbolo masturbatorio, está claro. Pero, ¿y si fueran las manos mismas del Ello que obsesionó, como un sueño recurrente, al doctor Groddeck?</p>
<p>Desde hace días tengo en la cabeza un baile circular, un ritmo al que me entrego en un juego peligroso; no va, por ahora (hasta que encuentre su acomodo) ni para adelante ni para atrás. Se atrancó esta frase, le doy vueltas, pruebo con ella pulsos verbales:</p>
<blockquote><p>Que no apaguen la luz en la escalera<br />
que en la escalera no apaguen la luz.</p></blockquote>
<p>Me he dejado encandilar por los sueños que despiertan con un grito; pero también por aquellos que polucionan sentido a lo largo del día. Pues, tal como oí en el mensaje telefónico que me dejó una amiga (y eso era todo, aquella frase imantada; me pareció que entraba, al oírla, en el vientre de un sueño a la luz del día): “No soñamos sin hablar, nuestros sueños están entre los dientes”. La frase es de René Nelli y lo dice todo: “el sueño se derrama en la escritura”. Desperté gritando: No quiero que me apaguen la luz en la escalera. Y ese grito tiene su acomodo, su historia. Sólo puedo contarla ahora así (la microexperiencia improvisada, la conjetura diurna lateral, como llama a los sueños el escritor mexicano Hugo Iriart):</p>
<blockquote><p>Estoy paralizado, clavado en la escalera, porque se ha ido la luz (la luz aquella que venía del molino, lo veíamos lucir en la distancia, desde la ventana, más allá de las eras); ni para arriba, ni para abajo, y ahí rompe el grito; pego el grito porque oigo y siento una resonancia hueca, suena una voz en la caverna que, de pronto, es la casa entera a mis espaldas, mientras iba bajando la escalera tan sabida, una oquedad, un hueco inmenso, la casa es caverna, no, es mastaba, casa de los muertos es: todo lo que en la oscuridad me rodea (se apagó la luz) es soledad, me he quedado solo y no quiero pensar en esa mano que tendrá que pulsar el interruptor. Mano sobre mano del que se ha quedado solo, ciego en la oscuridad. Ay cabeza adornada con plumas, tienes que soñarlo todo.</p></blockquote>
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