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	<title>Diván el Terrible &#187; Daniel Bordigoni</title>
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	<description>Psicoanálisis y sociedad, publicación digital</description>
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		<title>¿Hizo Freud un psicoanálisis? Una controversia que jamás tuvo lugar</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Aug 2010 19:30:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Bordigoni</dc:creator>
				<category><![CDATA[¿Sabes qué es el psicoanálisis?]]></category>

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		<description><![CDATA[En los años sesenta en París, dos antiguos analizantes de Lacan publicaron dos series de trabajos destinados a esclarecer los comienzos del psicoanálisis, una con más de mil páginas y dos volúmenes, la otra con dos artículos y unas cincuenta páginas. Vistas sus similitudes, sus diferencias, la oposición de sus tesis, se encontraban reunidos todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-304" src="http://divanelterrible.com/wp-content/uploads/2010/08/cartaff.jpg" alt="Imagen" width="450" height="150" /></p>
<p>En los años sesenta en París, dos antiguos analizantes de Lacan publicaron dos series de trabajos destinados a esclarecer los comienzos del psicoanálisis, una con más de mil páginas y dos volúmenes, la otra con dos artículos y unas cincuenta páginas. Vistas sus similitudes, sus diferencias, la oposición de sus tesis, se encontraban reunidos todos los ingredientes para una bella controversia. Pero (¿efecto del auge del lacanismo de la época?), parece que cada uno de los héroes se hubiera retirado para no intercambiar más que algunas indirectas a través de lacayos interpuestos. Y que, como lo preveía Octave Mannoni, hizo falta una cierta distancia y la desaparición de los autores para que la cuestión pudiera ser reactivada.<span id="more-302"></span></p>
<p>¿De qué se trata? ¡Ni más ni menos que de la invención del psicoanálisis! Ciertamente ha tenido lugar, diremos, en un tiempo y un lugar determinados, para desarrollarse bastante bien desde entonces. Entonces, ¿por qué volver a su principio? Con un siglo de distancia la perspectiva parece cambiar, y es de nuevo posible retomar una pregunta tal como: ¿Por qué el análisis didáctico? ¿y bajo qué forma?  Nadie tendría la ingenuidad de ignorar que el tema fue a menudo tratado en numerosos e importantes trabajos y no pretendo otra cosa que servirme de los escritos de Octave Mannoni para acercarme un poco a ello.</p>
<p>Aún a riesgo de rozar lo anecdótico, interesa situar a los dos protagonistas. Uno fue un catedrático de universidad brillante y fecundo, parisino cultivado, que se interesaba por los procesos de la creación artística, rodeado de alumnos y de colaboradores, adepto al trabajo en equipo. Su trabajo es a menudo calificado de metódico, exhaustivo y riguroso. El otro filósofo de formación, se volvió etnólogo, periodista y se implicó en la descolonización. Después de haber pasado veinte años en Madagascar no tiene alumnos ni discípulos, pero no deja de tener influencia, tiene a sus lectores.</p>
<p>Después de su vuelta a Paris, del 1947 al 1952, Octave Mannoni se encuentra en el diván de Lacan (quien tiene un año menos que el), en la misma época que Anzieu, en 1949 (el cual tiene veinticuatro años menos) el que dejará bastante rápidamente este diván por el de G.Favez. Mientras Mannoni permanecerá como un electrón libre del campo lacaniano sin dejarlo, Anzieu se apartará radicalmente del mismo. Sin embargo en 1954 ambos se reencuentran en un seminario de Lacan, quien logró imponerles colaborar, trabajando juntos la cuestión de la resistencia&#8230;teniendo como efecto (¿buscado?) el separarlos definitivamente. (Contrariamente a otras contribuciones anexas, ésta no aparece en la edición oficial del seminario sobre “Los escritos técnicos de Freud”).</p>
<p>Querría entonces subrayar algunos trazos que me han interesado de los artículos de Mannoni en el marco de la controversia con Anzieu. (¿Controversia imaginaria? Ni E. Roudinesco ni Alain Vanier, con los archivos de Mannoni, han encontrado rastros de un debate real).</p>
<p>Anzieu en su “Autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis” (1959 y 1975) intenta demostrar que entre 1895 y 1900, durante cinco años, es en un esfuerzo metódico del autoanálisis de sus sueños, actos fallidos, recuerdos encubiertos&#8230;. como Freud concibe o esboza los conceptos fundamentales del psicoanálisis; siendo el instrumento esencial de este autoanálisis la auto interpretación de estas formaciones del inconsciente. El establece para esto una recopilación meticulosa de todos los textos freudianos que contienen los elementos biográficos y personales, para restituirlos en su exacto orden cronológico. El retoma, en particular, uno a uno los sueños que traducidos, releídos, discutidos eran reinterpretados en un pequeño grupo de trabajo, no desconocería por tanto la transferencia con Fliess o el trabajo con los pacientes.</p>
<p>Pero no omitirá escribir:”Es difícil afirmar como lo hace Mannoni que un autoanálisis no pudo producirse más que una vez, con Freud, ya que éste, nuevo Adán sin ombligo, no pudiendo recibir el psicoanálisis de nadie, lo inventaba para él mismo, mientras que desde que está inventado no podría trasmitirse más que por la intermediación de otro” (pág. 732). A lo que parece responder Mannoni: ”Ciertos comentadores han inventado un mito según el cual Freud, él mismo, se había desembarazado de sus complejos por un autoanálisis, y haciéndolo él habría descubierto la naturaleza de su enganche a Fliess, y le habría enviado a paseo desde el momento en que ya no lo necesitaba.” («La otra escena: claves de lo imaginario», p. 122).</p>
<p>¿Podemos apelar a Freud? En sus cartas a Fliess, el periodo donde se encuentra verdaderamente evocado el autoanálisis, en octubre-noviembre de 1897, concluye con la frase a menudo citada:</p>
<blockquote><p>“Mi autoanálisis queda interrumpido. Ahora he comprendido la razón. Es porque sólo puedo analizarme con conocimientos objetivamente adquiridos (como si yo fuera un extranjero).El autoanálisis propiamente dicho es imposible, si fuera de otro modo no habría enfermedad.&#8221; (14 de noviembre de 1897)</p></blockquote>
<p>Precisa que las dificultades o los impasses encontrados en su práctica le muestran los limites de su propio análisis. Lacan dirigiéndose a Anzieu y Mannoni añade: “…El mismo señala que su autoanálisis no es un proceso intuitivo, un descubrimiento adivinatorio al interior de sí mismo, que esto no tiene nada que ver con una introspección”. Freud reutilizará el término muy raramente. Para Lapanche y Pontalis:”Las reservas hechas por Freud se refieren al autoanálisis en tanto que pretendiera sustituir a un psicoanálisis. Consideramos generalmente al autoanálisis como una resistencia que halaga el narcisismo y que elimina el resorte esencial de la cura, a saber la transferencia&#8230;”</p>
<p>Entonces para Freud, ¿autoanálisis o psicoanálisis? Mannoni responde claramente: Freud ha hecho una experiencia original y ha descubierto, a posteriori, que podía llamarse un psicoanálisis, el primero. A Freud le gustaba compararse con un descubridor de tierras desconocidas, tal como Cristóbal Colón. Ambos querían hacer un gran descubrimiento. Cada uno se lanza a la aventura, con un saber incompleto, en parte erróneo, por una hipótesis que parecía ser el único en querer defender. Ellos tuvieron, a partir de un cierto momento, que remitirse al azar de vientos y de corrientes, para descubrir que un obstáculo inesperado les cortaba el paso y resultaba, sin embargo, ser su verdadero descubrimiento: para uno América, para el otro el fantasma.</p>
<p>¿Cómo podemos calificar este género de travesía del psicoanálisis? Para Mannoni la experiencia freudiana contiene tres dimensiones: la transferencia, la interpretación, la teorización, y es importante mantener este orden, porque todo comienza con la transferencia que permite la interpretación que encuadrará la teoría. A partir de sus observaciones, querría verificar si podemos precisar cómo Freud hizo un verdadero análisis sin saberlo, con el riesgo de equivocarse mucho y sólo comprenderlo a posteriori y en qué esto puede todavía interesarnos. La importancia concedida a la cuestión de la transferencia marca, de entrada, la diferencia entre el recorrido de Anzieu y el de Mannoni.</p>
<p>Evidentemente Freud no sabía nada de ello y el camino fue duro. Mannoni afirma de entrada los dos datos de partida: la preeminencia de la transferencia y de su enigma (preexiste sin explicación) y la afirmación de la realidad del inconsciente como campo separado o saber extranjero. En realidad la extrema complejidad del trayecto freudiano vuelve sospechosa cualquier simplificación e impone elegir un hilo o dos de la madeja para tratar de seguirlos. ¿Qué sabemos de la transferencia de Freud?</p>
<p>En 1885 Freud tiene sólo 29 años cuando acude al departamento (servicio) de Charcot como joven neurólogo armado de sus cortes anatómicos. Allí, doble choque, las experiencias de Charcot le obligan “a concebir un pensamiento separado de la conciencia” y le hacen presentir que podría identificarse con un histérico delante de este maestro. Explora luego todo lo que es posible en el campo de la hipnosis y de la sugestión hasta el método catártico de Breuer para comprender finalmente que Breuer no sabía nada más que lo que había aprendido de sus pacientes. Después de la hipnosis, en la alternancia vigilia-sueño, el sueño aparece también como un campo donde procesos normales y patológicos podrían compararse o confundirse. Sin embargo, no por eso renuncia a su ideal de ciencia positiva, todavía se ve redactando una vasta introducción a la neurología y concibe un ambicioso atlas del cerebro, para el que incluso tenía ya un editor! Pero al año siguiente debe renunciar al laboratorio porque le hace falta instalarse para poder casarse. Tiene 30 años.</p>
<p>Algunos meses más tarde (noviembre de 1887) se esboza un giro tan imprevisto como decisivo con el encuentro con W. Fliess. Por el consejo de Breuer, Fliess, de paso en Viena, va a asistir a las conferencias del joven encargado del curso de neurología, Freud. ¡Fue un flechazo! ¿Cómo entender esa admiración inmediata y desmesurada de Freud por un oyente desconocido?</p>
<p>Podemos adelantar muchas razones para explicar esta atracción súbita, son todas interesantes, pero no es la cuestión desmenuzar la psicología de Freud en 1887. Parece, en cambio, según el tono de sus escritos ,que Freud fue consciente de lo extraño de la situación: esta relación no se parecía a ninguna otra conocida anteriormente, tal como el lazo con un amigo, un maestro, un protector, un mentor, o un modelo&#8230; Se tranquiliza con argumentos racionales, presintiendo que comienza una aventura que le toca y compromete en lo más secreto de él mismo, algo al margen(a pesar de las apariencias) del resto de su vida afectiva, intelectual, profesional, social&#8230; consciente y actual.</p>
<p>Desde las primeras líneas de sus primeras cartas (supuestas “utilitarias”) poco después del retorno de Fliess a Berlín, Freud reitera su admiración y desea insistentemente que se instaure una correspondencia seguida: “Mi carta tiene seguramente un motivo profesional, pero debo comenzarla con esta confesión de que albergo la esperanza de continuar mis relaciones con Ud. y que Ud. ha dejado en mi una profunda impresión…” Carta Nº 1, del 24 XI 1987. Es la primera demanda de análisis. Aunque tomará claramente este sentido sólo posteriormente, años más tarde. Pero ahí está.</p>
<p>¿Qué es lo que comenzó entonces allí? ¿Un diálogo o un doble monólogo?</p>
<p>Los dos partenaires acuerdan que los intercambios se hagan por cartas, posteriormente por teléfono y a veces en encuentros privados, bautizados humorísticamente como los “congresos” a dos. Así se pone en juego un dispositivo singular, bajo la cobertura de necesidades prácticas. ¡Basado en la elección de un interlocutor único este diálogo secreto durará 13 años!</p>
<p>El lugar de la palabra es evocado en diversas ocasiones. Freud escribe:” te hablo…” pero sobre todo insiste en la necesidad, para él, de poder llegar, periódicamente, a un verdadero intercambio oral. El acuerdo establecido de una libertad de palabra sin control ni tabú debe permitir alcanzar un doble objetivo, un reconocimiento recíproco tan completo como fuera posible y la continuación de un trabajo de investigación inventivo y común. En cambio el ideal de una intimidad que desafía a la censura va a revelar la utilidad de un dispositivo que permite una distancia suficiente para engendrar un espacio protegido, artificial e intemporal.</p>
<p>En esas condiciones, en el acento puesto sin cesar sobre la importancia de la investigación de un nuevo saber, se encuentra ilustrada, constata Mannoni, la fórmula lacaniana: cada uno pone al otro en posición de SsS, aunque se revele una nueva disimetría. Uno está en busca de lo que puede confirmar lo que inventa, el otro plantea la posibilidad de un saber totalmente nuevo siempre por descubrir. ”Para uno el saber devendrá delirio, para el otro será un saber sobre el delirio.”</p>
<p>Sabemos que el documento de base es la colección de cartas de Freud a Fliess (desde 1887 a 1902) dado que ignoramos el contenido de las de su amigo a Freud.”Destruidas o cuidadosamente extraviadas”, dixit este último. Después de la muerte de Fliess en 1928, su mujer Ida conserva las cartas de Freud hasta 1936. Más tarde, por intermedio de su hijo y a través del librero Sthal de Berlín, Marie Bonaparte se propone rescatarlas. (12,000 francos) antes de un eventual envío a América. Conocemos el extraño periplo de ese lote, fragmentado y luego reconstituido, de Berlín a Viena, escapando de la Gestapo, vía diversas cajas de caudales de bancos, el consulado de Dinamarca en Paris, para llegar al fin de la guerra a Londres a la casa de Anna Freud, y terminar en la Biblioteca del Congreso de Washington.</p>
<p>El descontento y la vivacidad de las reacciones de Freud, hostil a este rescate, sorprendieron a algunos, pero ¿quién soportaría fácilmente ver los informes o las estenografías de su análisis puesto a la venta pública? Sobre todo porque la elección de Ida Fliess podría parecerse a una venganza o un ajuste de cuentas: no escondía su hostilidad hacia Freud y toleraba mal esta amistad con su marido. ¡No le habría gustado, a pesar de ciertos desmentidos, hacer pagar a Freud el rescate de sus cartas! No se equivocó para nada ya que éste ofreció a María Bonaparte pagar la mitad…</p>
<p>La actividad epistolar de Freud merece todavía una observación, se le atribuye más de 20.000 cartas, ¡35.000 para algunos! Y su obra manuscrita es cuantitativamente más vasta que la impresa. Un crítico germánico pudo afirmar que ya sólo esta correspondencia constituía una obra mayor de la literatura alemana. Para Freud, además de múltiples y evidentes razones, esta correspondencia se volvió un medio de comunicar un modo de &#8220;conversar&#8221; con diversos interlocutores para escapar del aislamiento, permitiéndose a veces, más bien que confidencias, el ensayo de una suerte de &#8221; asociación libre &#8220;.</p>
<p>Pero Fliess, privilegiado, permanece para nosotros como el testigo mudo. En el lugar de su discurso queda un vacío, un hueco, mientras que la posición donde lo pone Freud se afirma con insistencia: él es el médico y Freud será su paciente en todos los sentidos, incluso en los más concretos del término, es también el sabio genial &#8220;especialista de lo universal&#8221; el Kepler de la biología, pero igualmente un otro donde se confunden el &#8220;alter ego&#8221; y el Otro, más allá, el tercero desconocido, en fin su &#8220;Demonio&#8221;. Las introducciones de las cartas varían de &#8221; Muy honrado colega &#8221; a &#8221; ¡Liebster!” que ningún traductor se atrevió a transcribirlo como &#8221; ¡Amado! &#8221; atenuándolo en &#8220;Muy querido&#8221;.</p>
<p>Para Mannoni: &#8221; Cada uno es la imagen narcisista del otro, y es el caso de aplicar la noción freudiana de elección narcisista del objeto, mientras que Breuer era un objeto &#8221; anaclítico.”. Estas observaciones son necesarias para situar el campo en el cual se desarrolló el análisis original, y el tipo de identificación que lo ha sostenido&#8230; Podríamos dividir en dos partes más o menos iguales los trece años que duró su relación.&#8221;</p>
<p>En efecto, durante los primeros años Freud mezcla en sus cartas quejas y demandas, confidencias y proyectos. Los especialistas describieron cómo lleva al mismo tiempo una doble práctica y una doble actividad de investigación neurológica y psicoterapéutica, que se traduce en las publicaciones sobre la afasia y las parálisis infantiles por una parte, y la histeria o las neurosis y la neurastenia por otra. Una elección entre estas orientaciones se impondrá. En el momento en el que Freud se mueve para publicar los &#8220;Estudios sobre la histeria&#8221; Fliess empieza también a publicar &#8220;las neurosis nasales reflejas&#8221;, persuadido que adquirió un saber en materia de trastornos neuróticos al margen de su competencia en biología.</p>
<p>Entre 1887 y 1893 las cartas abundan en detalles relativos a campos de lo más disparatados, hipótesis teóricas, relatos de casos, malestares somáticos (migrañas, rinitis, sinusitis&#8230;) anécdotas familiares, siguiendo de modo conmovedor las oscilaciones del humor, la alternancia de momentos de euforia o de desconcierto, de confianza o de llamadas de socorro. A los años 1894-95 corresponde un periodo de transición, crítico, esencial, del cual los dos aspectos emblemáticos son la somatización bajo la forma de grandes crisis cardíacas, y el episodio de Emma Ekstein, que concluye con el sueño de la inyección de Irma.</p>
<p>A los trastornos cardíacos se asocia un detalle singular: Freud, persuadido de que Fliess le esconde algo concerniente a su estado, viene a hacerle depositario, no tanto de un saber como de una verdad escondida&#8230; que él imagina, entonces, no ser otra que la fecha de su muerte. En ese mismo momento ambos amigos tienen en común una misma paciente, Emma, tratada por Freud quien le aconseja que se haga operar por Fliess, y resulta un desastre. Freud que no puede autoengañarse, debe recurrir a la renegación (o a la lógica de &#8220;yo sé bien pero a pesar de todo&#8230;&#8221;) para salvar cueste lo que cueste una transferencia en lo sucesivo indiscutiblemente ambivalente y menos incondicional que lo que el hubiera deseado, como lo revelará el sueño de la inyección de Irma.</p>
<p>Una nota cronológica no carece de interés. A fines de febrero de 1895, operación por Fliess, en Viena, de Emma E. (Irma del sueño). Ella va de mal en peor. El 8 de marzo, descubrimiento del pedazo de gasa olvidado, y del fallo profesional de Fliess. El 20 de abril, curación de Emma. El 27 de abril, aliviado, Freud habla de su &#8220;Proyecto&#8221;. En mayo, fin de la redacción de los &#8221; Estudios sobre la histeria.&#8221;. El 24 de julio, sueño de &#8221; la inyección de Irma &#8220;, Freud no dice de ello una palabra, pero interpela a Fliess llamándole &#8220;Demonio&#8221;, (Daimôn, escrito en griego!). En Agosto, &#8220;congreso&#8221; en Berlín. De regreso redacta de un tirón, el &#8220;Proyecto&#8221; (&#8220;Proyecto de una psicología científica &#8220;) que le envía a Fliess, sin guardar borrador, significándole que es para él que hizo todo este trabajo. No volverá a hablar de eso, Fliess no lo leerá.</p>
<p>Durante todo este período el interés por la especulación teórica y por el sueño se superponen. Con la transformación / reajuste transferencial el sueño prevalece y el trabajo de investigación aparecerá en lo sucesivo como una resistencia al esfuerzo de interpretación. Mannoni dirá: &#8220;Es un hecho que cuando más los analistas teorizan más se desinteresan del sueño. Esto es verdad en la evolución del mismo Freud.&#8221;</p>
<p>El sueño de la inyección de Irma no se comprenderá más que resituado en el contexto transferencial del momento, pero Freud no hablará de eso con Fliess hasta años más tarde, antes de publicarlo. Freud debe saber que comienza a desprenderse de Fliess aunque lo necesita todavía, ya no le envía ningún &#8221; borrador de especulación &#8221; teórica, pero lo tiene al corriente minuciosamente de su experiencia &#8220;clínica&#8221;, continúa sosteniendo a Fliess en sus búsquedas casi esotéricas y parece seguir jugando el juego de la manía numerológica de su amigo. Mannoni, como muchos otros, se interroga sobre esta adhesión prolongada de Freud a las tesis de Fliess, para él:&#8221; Freud no sabe que con la aceptación de las ideas de Fliess se abre al mundo de los fantasmas, no lo sabrá sino mucho más tarde” (p.121).</p>
<p>¿No podríamos decir que todavía Freud tenía necesidad de toparse, pero también apoyarse, en el muro de las elucubraciones fliessences como un límite, y un paradójico parapeto?</p>
<p>En 1896 la muerte de su padre lo afecta profundamente, poniendo el acento sobre la ambivalencia y la necesidad de una nueva vuelta a su pasado infantil. En 1897, la puesta en marcha del libro sobre el sueño hizo posiblemente de elemento separador definitivo, parece que Freud no tenía a Fliess al corriente de los progresos de su elaboración, pero lo utilizaba de corrector, y a veces de censor.</p>
<p>Es también el período de la pérdida de toda una serie de certezas y de puntos de referencia (por ejemplo la teoría del trauma) acabando en un &#8220;yo ahora ya no sé nada&#8221;, anunciador de los descubrimientos mayores. Mannoni revela cómo describe, en julio de 1897, el desarrollo transferencial: &#8221; No sé todavía lo que me pasa. Algo&#8230;de mi propia neurosis se me atraviesa y me impide dar un paso más en el conocimiento de las neurosis. Y tú te encuentras allí, no sé cómo, implicado. Mi incapacidad para escribir parece tener por objetivo impedir nuestra relación. No tengo prueba de esto, sino solamente sentimientos de una naturaleza oscura. “Y añade como lo hacen los pacientes en análisis: &#8220;Es seguramente el efecto del calor y del surmenage&#8221;.</p>
<p>En agosto de 1900, algunos meses después de la aparición del libro de los sueños, Freud y Fliess se dieron cita en Achensee, cerca de Innsbruck, una disputa violenta les enfrenta, cada uno parece sólo preocupado por defender sus trabajos. Fue el último encuentro.</p>
<p>Sin embargo &#8220;Escribiendo a Fliess en el curso del verano de 1901, Freud enumera nuevamente con gratitud sus deudas hacia él, pero declara sin rodeos que se han alejado el uno del otro &#8221; (Peter Gay p. 120). Lo divertido es que esta larga carta comienza así: &#8221; El tiempo horrible excluye toda otra ocupación &#8220;&#8230; Luego: &#8220;&#8230; alcanzaste los límites de tu perspicacia, tomas partido contra mí&#8230; &#8220;. Algunas líneas más adelante le aconsejan echar al cesto de los papeles la &#8221; Psicología de la vida cotidiana &#8221; que le estaba prácticamente dedicada a él. No le necesita más para continuar su trabajo.</p>
<p>Ya, el 2 de marzo de 1899, escribía: &#8220;La elucidación de los fantasmas me parece ser el resultado principal del trabajo&#8230;. todo este trabajo hizo mucho bien a mi propio psiquismo, soy manifiestamente mucho más normal que hace cuatro o cinco años.&#8221; La toma en consideración de la autonomía de la &#8220;realidad psíquica&#8221;, y de sus fantasmas, ¡lo autoriza a &#8220;arreglárselas mejor &#8221; con la realidad cotidiana!</p>
<p>Un episodio lo ilustra a su modo, desde hacía más de 15 años, esperaba en vano un nombramiento como profesor, de repente, en 1900, a su vuelta de Roma, admite que su deseo debe traducirse en demanda. Acepta jugar el juego de las relaciones y Protektion, Nothnagel y Krafft-Ebing le aconsejan &#8220;neutralizar&#8221; las oposiciones. Juega todas sus cartas, dominando una cierta repugnancia. Una antigua paciente, bien relacionada, ofrece un cuadro “moderno” de Emil Orlik al ministro, para su museo, Freud ironiza: si ella hubiera encontrado un Böcklin habría ganado tres meses&#8230; El 22 de abril de 1902, se proclama el anuncio, el emperador firmó el decreto. El 11 de marzo en una última carta a Fliess cuenta, no sin una cierta complacencia, los detalles de la operación… ¿Fin de la aventura? No completamente sugiere Mannoni, quien ha querido mostrar en qué las historias de Dora, del Hombre de las ratas y del Hombre de los lobos, pueden leerse como continuación o apéndices, de este análisis.</p>
<p>En sus artículos Mannoni aborda otras dos vertientes del análisis, las cuestiones de la interpretación y de la teoría. La idea de una ciencia” construida sobre la interpretación empírica” no debía dar de sí para el joven Freud, incluso disponiendo del recurso último a la observación. La interpretación como el cambio de significación, emergencia de lo latente, a merced de la polisemia, de los jeroglíficos, de los juegos de significantes y los efectos de eco o de enigma, no podrá jamás prestarse a una demostración o una explicación concluyente, precisa Mannoni, a quien le gusta citar a Freud:” Que no se me pida justificación para esta interpretación”.</p>
<p>Sin embargo cada uno reconoce sin vacilación una seña del tipo: “Es verdad, no lo había pensado jamás !Este tipo de asentimiento: “ha dado lugar a la teoría: si se quiere la teoría está allí para justificar, a posteriori, la posibilidad y la existencia de la interpretación” e intentar responder a la pregunta: ¿Qué es eso que una interpretación justa nos enseña y sobre qué? Imaginemos la amplitud de los desarrollos que suponen estas cuestiones.</p>
<p>Pero nosotros acotados o reducidos al tema de la transferencia, podemos imaginar que para Freud, que utiliza la palabra psicoanálisis desde el 1897, la cuestión era saber si esta experiencia tan difícil, original y fructuosa, era repetible para otros, y en qué condiciones. Es bueno recordar que esta aventura no la vivió sólo frente a Fliess, eran por lo menos cuatro en la arena, con sus pacientes y lo Desconocido.</p>
<p>Breuer le había enseñado que sólo los pacientes sabían, pero Breuer se había excluido del juego. Desde entonces, había comprendido, a sus expensas, que lo que sabían los pacientes, no lo descubrían más que en la transferencia. E identificándose con un neurótico, se impacientaba, y se irritaba de la imposibilidad del autoanálisis, &#8221; de no poder analizarse más que con lo que venía de otro lugar”. ¡Y, es incluso una paciente quien le interpreta su síntoma, u otra quien, sin saberlo, viene, de manera descarada, a aportarle la confirmación de sus hipótesis! Así, son las pacientes quienes le ordenaron callarse para dejarles hablar y escuchar eso que venía, sin comentar. O “ese paciente que va descaradamente bien, por un rodeo sorprendente, ha logrado demostrarme a mí mismo la realidad de mi doctrina y proveyéndome así la explicación, que se me había escapado hasta ahora de mi propia fobia a los trenes”.</p>
<p>Llegado a este punto de su trayecto algunos conocimientos parecen establecidos, si un trabajo que merezca el nombre de psicoanálisis es posible, ciertas condiciones se imponen: el privilegio de la palabra oral, la elección de un único interlocutor, un espacio protegido suficientemente hermético para permitir la libertad de asociación, y el reconocimiento de las resistencias, cuyo abanico puede ir de la idealización a la especulación teórica o la somatización. Son también percibidos los riesgos de la medicalización y de las transferencias laterales…</p>
<p>Es muy emocionante descubrir en las cartas cómo, eso que nos parece hoy evidente se desprende poco a poco de ensayos felices o desgraciados, de tanteos torpes o de intuiciones súbitas, de ajustes provisorios o de rectificaciones tardías para no tomar forma coherente más que a posteriori. ¿Estas conclusiones empíricas extraídas de un recorrido caótico empezado a ciegas, permitirán imaginar un dispositivo más económico que ofrezca algunas garantías a los candidatos a la exploración del inconsciente? ¿Es posible esto evitando lo que se parecería a una “reglamentación”?</p>
<p>Si el trayecto de Freud no es el de un guía que habría abierto una nueva vía, que se podría tomar prestado siguiendo algunas balizas, o una experiencia que se podría repetir, podemos escuchar un “puedes” ir a ver. Allí… sabiendo que cada historia es singular, cada discurso enigmático y el contexto cambiante sin cesar, por lo cual totalmente inseguro&#8230;añadiendo sin embargo: ”pero no solo”. ¿Eso significa que será inevitable encontrarse “con algunos otros”?. A fin de cuentas, ¿habría que saber hacer “sociedad” sin hacer “grupo”?</p>
<p>La historia de los debates así comenzados merecería ciertamente ser retomada. ¡Empresa vasta! ¡Un detalle sin embargo me intrigó, parecería que al final de su análisis &#8220;terapéutico&#8221; ciertos pacientes de Freud, no médicos, se habrían puesto a practicar el análisis (¡más bien “discretamente&#8221;!), mientras que alumnos o discípulos no analizados se encontraban integrados en el movimiento analítico.</p>
<p>¿Cuáles fueron verdaderamente los primeros analistas?</p>
<p>En cuanto a Mannoni, siguiendo el hilo de la transferencia, reconoce no tener una teoría de la transferencia, pero, escribe, se puede seguir su historia. &#8221; Ella se desarrolla entre las primeras experiencias de Freud en París y en Nancy, hasta el momento cuando, en el análisis del Hombre a las Ratas, Freud percibe su verdadera naturaleza y su verdadera &#8221; utilización”. Pero podemos remontarnos más lejos, a las víctimas de la cubeta de Mesmer, a los convulsionarios del cementerio San Médard, a los posesos de la Edad Media, &#8220;&#8230; en todo caso, la transferencia es eso que nos queda de la posesión, y lo obtenemos por una serie de sustracciones. Eliminamos al diablo, quedan los convulsionarios. Eliminamos las reliquias, quedan los &#8221; magnetizados &#8221; de Mesmer. Eliminamos la cubeta, tenemos la hipnosis y la &#8221; relación”.Eliminamos la hipnosis, queda: la transferencia”.</p>
<p>En esta perspectiva se sitúa un bello artículo de Monique Schneider sobre lo extraño del origen del psicoanálisis que comienza con esta carta de Freud a Fliess: «Tu te acuerdas de haberme oído decir que le teoría medieval de la posesión, sostenida por los tribunales eclesiásticos, era idéntica a nuestra teoría del cuerpo extraño y de la división del consciente» (17/01/1897). Freud rehace así, escribe, la analogía entre el método catártico y el ritual exorcizante. En un segundo tiempo, en los Estudios sobre la histeria, a la imagen del cuerpo extraño a expulsar sucede la de « la infiltración « y el esfuerzo por hacer cesar la resistencia para permitir así la libre circulación en una vía impedida hasta entonces. (Freud 1893-95). Se trata en lo sucesivo de instaurar una comunicación. Lo que acarrea un vuelco del movimiento interpretativo….lo extraño ha cambiado de lugar…. no se trata más de rechazar o de dejar circular, el hace de repente cuerpo con el investigador mismo. Ella retoma luego la cuestión de la nominación en la perspectiva del antisemitismo. ¿No es todo origen llamado extranjero?</p>
<p>Más adelante, Antes de la posesión diabólica, añade, teníamos que vérnoslas bastante a menudo… con &#8220;demonios&#8221; el hombre podía muy bien… tener una mitad demoníaca. Pero se impuso en Occidente una doctrina del monismo del Bien, único principio, el Mal es sólo la ausencia del Bien, como la sombra ausencia de la luz. “El diablo entonces hacía el papel de retorno de lo reprimido.&#8221; “Después de todo, el psicoanálisis disipa la concepción monista del alma humana y, por así decirlo, vuelve a poner al « diablo » en su lugar: en el inconsciente… &#8220;.</p>
<p>¿Por qué el psicoanálisis aparece a fines del siglo XIX? ¿Acaso la represión se había vuelto demasiado dura de soportar? ¿O al contrario, acaso lo reprimido inspiraba menos temor? Estos problemas son oscuros… La salida a la luz del psicoanálisis ciertamente está determinada históricamente, aunque no podamos verlo más que en líneas generales; posiblemente estemos demasiado cerca.</p>
<p>Para terminar el Mannoni antropólogo nos dirige hacia una pista que le resulta familiar, que atraviesa sus artículos sobre el fetichismo o la enseñanza, y le hace plantear la cuestión de la formación de los analistas: ¿en qué medida ella incumbe a una tradición iniciática con su parte necesaria de mistificación y de violencia, para sobrepasar la creencia?</p>
<p>¿Ahora hemos vuelto a nuestra primera interrogación o nos encontramos sobre otro punto de partida?  En cuanto al pretexto de este rodeo, a saber, si podemos decir algo de lo que sería el origen de una demanda de análisis, nosotros no hemos, por un instante, hecho más que rozarlo (sin la desfloración) muy metafóricamente con las imágenes de un impasse o de un laberinto. En una situación de impasse, alguien se topa no solamente, a un imposible sino también a una imposibilidad, la de volver sobre sus pasos que justifica de mil maneras.</p>
<p>A la demanda inmediata «de salir de allí» se asocia la imagen del laberinto y de la soledad. Perdido, abandonado, sin indicaciones, desorientado, situación incomprensible, demasiado complicada, indescifrable, son entonces los términos que vienen sin cesar. Y, para Mannoni, el llamado se dirige al analista quien es puesto en el lugar de «la autoridad» (al contrario de un poder, el no usa ningún saber), es decir que se atreve a anunciar «tu puedes» y «si tu consientes en volver sobre tus pasos, yo te acompaño».</p>
<p>El mito del saber supuesto, ¿no sería entonces felizmente ilustrado por las imágenes del hilo de Ariadne o las pequeñas piedras de Pulgarcito?</p>
<p>Y el impaciente que «quiere salir lo mas rápido posible» ¿no tendría por modelo mitológico a Icaro, quien para evadirse rápidamente del laberinto elige la voz de los aires, pero fascinado por el brillo solar acaba al fondo del mar Egeo? ¡Con las terapias breves no hay que buscar volar demasiado alto!</p>
<p>Quizás Freud no hizo análisis puesto que no estaba inventado, pero ha vivido una “experiencia original” en el sentido de que dio origen al psicoanálisis y por falta de clonación, para los siguientes funcionará (igual sin saberlo) como un tipo de escena primitiva, nos sugiere Mannoni, con el riesgo de agregar: “la originalidad del psicoanálisis ya está completamente/enteramente desde las oscuridades de su mismo origen”.</p>
<p>Estas notas no representan más que cosas bien conocidas esperando reanimar, soplando sobre las brasas, reactualizando o intercambiando&#8230;</p>
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		<title>La falsa impostura del psicoanalista</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Feb 2008 22:47:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Bordigoni</dc:creator>
				<category><![CDATA[Posturas e imposturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Aunque sacar a relucir el “sentimiento de impostura” no va a suponer una revolución en el psicoanálisis, ha conseguido despertar nuestro interés. Quería remontarme a un momento concreto, los inicios, las primicias de un trabajo de análisis. La lectura de un artículo de un analista canadiense publicado en la revista Filigrane me pareció que ilustraba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque sacar a relucir el “sentimiento de impostura” no va a suponer una revolución en el psicoanálisis, ha conseguido despertar nuestro interés.</p>
<p>Quería remontarme a un momento concreto, los inicios, las primicias de un trabajo de análisis. La lectura de un artículo de un analista canadiense publicado en la revista Filigrane me pareció que ilustraba tan bien nuestra preocupación que decidí utilizarlo y darle a él la palabra.<span id="more-128"></span></p>
<p>Este artículo de Réal Laperrière es de 2005 y lleva por título: El malestar del impostor. Su autor, psiquiatra y psicoanalista en un servicio de psiquiatría infantil en Montreal, escribe:</p>
<blockquote><p>“La psiquiatría infantil moderna tiende a exigir a sus clínicos que sean unos expertos capaces de liberar a los niños de los síntomas que perjudican su adaptación. Pero, ¿qué experticia puede reivindicar el psicoanalista cuya ética le coloca en una posición, de cara al síntoma, absolutamente diferente de la que propone la ética médica? Para ésta, el objetivo no es comprender el sufrimiento sino suprimir su expresión, como si se tratara de un cuerpo extraño. El síntoma es la enfermedad, suprimir uno es suprimir la otra. Mientras que para el psicoanalista el síntoma no es la enfermedad, sino muy a menudo lo que protege al individuo. En estas condiciones, cuando está solo con su paciente, ¿no tiene a veces la sensación de ser un impostor?”</p></blockquote>
<p>Tras desarrollar esta oposición, el autor expone la psicoterapia de un chico de diez años, con el cual ni la aproximación directa al síntoma, tal como deseaban los padres y los médicos, ni la interpretación psicoanalítica clásica resultaban posibles. Muestra cómo se manifestó en este caso el malestar del “impostor” (el sentimiento de impostura en este caso en el psicoanalista).</p>
<p>Olivier, de diez años, llega acompañado por su padre, un político influyente, un tipo lanzado, exigente y arrogante del que desconfía y del que se protege todo el equipo médico. Las cosas están claras, los psiquiatras han elaborado la lista de los síntomas de los que hay que liberar a su hijo: agresividad permanente, rechazo del ambiente escolar, encopresis persistente, fobias alimentarias, todo lo cual perturba gravemente su vida social, escolar y familiar.</p>
<p>“Me veo, escribe Laperrière, presentado de entrada como el especialista que sabe hacer hablar a los niños y liberarles de sus síntomas”.</p>
<p>Citando únicamente algunos párrafos de su artículo, no me resulta posible evocar el contexto, ni reproducir fielmente el singular tono del relato en el que se mezclan seriedad, perplejidad y humor, pero ustedes podrán adivinarlo.</p>
<p>Escribe: “A raíz de mi primera cita con Olivier, me encontré ante un niño afable, cortés, bien educado y de una inteligencia superior (…) Capaz de un discurso sensato y lógico, trufado de conocimientos y de proezas cognitivas. Sin embargo, no consigue hablar de sí mismo. Parece que habla de otra persona, no está presente en sus palabras y parece desprovisto de vida interior, totalmente movilizado contra las múltiples presiones del exterior”.</p>
<p>El analista se da cuenta enseguida de que cualquier alusión a sus síntomas desencadena un pánico y un abatimiento insoportables; cualquier esbozo de interpretación, o incluso una simple explicación, la vive como una intrusión intolerable.</p>
<p>Desde la primera sesión, Olivier declara: “Nunca he jugado con juguetes, y sólo juego a juegos de sociedad”. A falta de alguno del que echar mano, empieza a inventarse uno y a construirlo en base a razonamientos y adivinanzas matemáticos.</p>
<p>Privado, de entrada, de palabras y sin iniciativa alguna, el analista debe plegarse a la exigencia de ser únicamente el compañero, que a menudo queda en ridículo  de una increíble serie de partidas de juegos de sociedad, que se renuevan sin cesar pues Olivier cuenta con una reserva aparentemente inagotable de ellos. Cada semana se saca de la manga “el juego de la semana”, y el analista debe asimilar inmediatamente sus reglas. En cuanto intenta decir una palabra, viene la orden: “Juega”.</p>
<p>El autor del artículo precisa: “Al principio, Olivier se mostrará afable, educado, respetuoso… después estimulado por la propia situación del juego, se volverá altanero, arrogante y suficiente hacia mí, tratando de forma manifiesta de aplastarme y someterme gracias a su incontestable superioridad en este tipo de juegos (…) Por mi parte, me fui sintiendo cada vez más impotente, incompetente, poseído por una rabia tal que me daban ganas de contraatacar a base de interpretaciones. Pero, ¿qué otro sentido tendría el hacerlo que no fuera el defender y proteger mi integridad?”.</p>
<p>Debía, pues, intentar tolerar la situación creada por Olivier, situación que poco a poco se transformaba en una puesta en acto de su experiencia (…) de niño sometido a presión (…) pero esta vez, por una inversión de papeles, él ocupaba el “puesto bueno”.</p>
<p>Tras el paréntesis de las vacaciones de verano, Olivier curiosamente retoma el juego de la primera sesión, poniéndole un nombre: O. R. Compuesto por las iniciales de los nombres de los jugadores.</p>
<p>Olivier y Réal. ¿Qué representa O. para R.?  ¿Y R. para O.?</p>
<p>El analista percibe en esto el comienzo de un intercambio, y la apertura de un espacio de encuentro desprovisto del miedo a la intromisión. Olivier intenta expresar tímidamente su tristeza, o su rabia, o su culpabilidad. Ya no manifiesta el pánico a la intrusión sino el miedo a provocar un deseo de abandono en el analista. “Con prudencia, escribe Laperrière, puedo empezar a nombrar ciertas cosas durante las sesiones, y se las brindo como otras  tantas piezas de un nuevo juego”.</p>
<p>Al cabo de un año, un traslado de la familia supuso la interrupción de las sesiones. El día de la última cita, el padre vino a expresar (…) su satisfacción, el comportamiento había mejorado considerablemente, todos los síntomas habían desaparecido… Se muestra muy agradecido.</p>
<p>Laperrière precisa: “Cuando me vuelvo a encontrar en la consulta con un niño como Olivier, tratando de convertirme en “disponible para ser utilizado” (en el sentido de Winnicott) (…) dejándome capturar por la manera que Olivier tiene de repetir su historia y yo de intentar construir una, a veces siento el malestar del impostor”.</p>
<p>En su conclusión distingue dos aspectos de este malestar, uno atribuible al contexto, y otro intrínseco al propio trabajo psicoanalítico.</p>
<p>En el primer caso, es decir, en su relación con la institución y su modo de funcionamiento, se puede hablar, con propiedad, de sentimiento de impostura, cuyos principales ingredientes se reconocen sin hacer grandes esfuerzos:</p>
<ul>
<li> El éxito: sus títulos y su competencia son reconocidos y apreciados.</li>
<li> La inadecuación al puesto: es el resultado de la diferencia ética que le coloca en una situación falsa de cara a un proyecto médico con el que no puede identificarse.</li>
<li> El temor a ser desenmascarado que se deriva de esto es tan imaginario y secreto como real es el malestar. El efecto no puede ser otro que un malentendido duradero, más o menos ignorado y sostenido.</li>
</ul>
<p>“Pero, escribe, si este malestar es el fruto del peso que recae sobre la situación analítica desde su exterior, también existe un malestar producto de la situación analítica misma (…) En efecto, me parece que, el hecho de permitir que se establezca la transferencia con la ayuda del dispositivo terapéutico, implica que el terapeuta acepta ocupar el puesto de otro, que se convierte en ese impostor necesario”.</p>
<p>Es lo que yo había llamado en otro lugar la posición del “impostor a su pesar”, el que ve que se le “impone” (en el sentido de la impostura) el ropaje de un personaje que el no ha elegido, y en el que no se reconoce. ¿Se puede, en este caso, hablar del sentimiento de impostura del analista? Difícilmente, me parece.</p>
<p>No es fácil ver lo que podría significar un “éxito” en este estadio de instalación de la transferencia. Mientras, la inadecuación se presenta esencial y necesaria en el trabajo psicoanalítico. En cuanto al miedo a ser desenmascarado ¿qué sentido podría tener, y para quién?</p>
<p>Por el contrario, no se puede dejar de estar atento a un momento particular, que precede a la inauguración de la transferencia imaginaria, el de la demanda y la aceptación de ella. Al responder a una petición de análisis, que es siempre una llamada de auxilio, más o menos acompañada de un pedido de amor, estoy ratificando el reconocimiento, por parte del otro, de mi situación en el puesto que he elegido ocupar.</p>
<p>Pero al mismo tiempo no puedo desconocer mi inadecuación al puesto de terapeuta en el que el otro querría instalarme. Por otra parte, llegados a este punto, la cuestión no pasa por desvelar que mi convicción está fundada sobre dos certidumbres: que es imposible satisfacer la demanda (petición), y que el lugar de la verdad está en el lado de la pregunta, más que en el lado de la respuesta y el saber.</p>
<p>En este momento, previo a la implantación de la figura del “impostor a su pesar”, es cuando se habrían reunido los componentes de un “sentimiento de impostura”. Y, al asumir el malestar que le acarrea, el analista prepararía e aseguraría la implantación de la secuencia transferencial.</p>
<p>¿Puede confundirse este malestar con el que Laperrière atribuye a las exigencias del contexto?  Dejo en suspenso este interrogante.</p>
<p>De momento, la hipótesis sería que la noción de “sentimiento de impostura” nos podría servir para precisar y matizar la descripción de un momento del inicio del análisis. Así dicho, puede parecer un poco restrictivo; no es más que un avance, estoy seguro de que otros serán capaces de ir más allá.</p>
<p>Aún queda la cuestión de si podemos encontrarnos, a lo largo del análisis, con otras formas del “sentimiento de impostura”.</p>
<p>Para acabar, Réal Laperrière nos recuerda que el analista está siempre en confrontación con su propia historia, su análisis y sus implicaciones contratransferenciales, y añade: ¿podría ser este tipo de malestar una fuente de auténtico trabajo analítico?</p>
<p>Por mi parte, me encuentro ahora, enredado en otro interrogante: ¿cuánto hay de “sentimiento de impostura” en el analizante? Pero esta es, por supuesto, otra historia.</p>
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