Juan Manuel Serrat
Publicado en Entrevistas
De la palabra a la poesía
“Tengo un amigo con el que me dedico a escribir cartas a otros artistas que no conocemos de nada, pero para divertirnos. Una vez escribimos: “Querido señor Dylan, somos unos músicos españoles a los cuales nos gustan mucho sus canciones, sobre todo las primeras”. Esto es lo que me dicen a mí toda la vida. Si sólo hay eso, entonces considérate un cadáver, eres un cadáver.”
Diván: Se puede ser ingeniero u otras muchas cosas, pero ¿cómo se elige ser cantante? ¿Tiene que ver con un background especial, una necesidad de algo?
Serrat: No tengo la menor idea, yo hice las dos cosas: hice una carrera de ingeniero, y luego me dediqué a esto. Fui premio nacional en mis estudios de Agronomía y, en cambio, me dedico a esto.
D: ¿Sientes haber dejado lo otro?
S: Yo siento todo lo que he dejado en el camino, hasta las cosas más pequeñas, absolutamente. Lo siento todo, lo cual debe querer decir que seguramente no me importa nada. Necesidades fundamentales, yo, las que siento, son las animales. Después, como individuo, pues sí, tengo otras que seguramente vienen motivadas por todo eso increíble que le ocurre a uno. Pero, en cuanto escribir, por ejemplo, a mí me viene más dado por una necesidad de expresarme, que en mí toma el camino de la canción. Supongo que si yo no tuviera ése, me buscaría cualquier otro, que a lo mejor podría ser, quizá, el de la simple conversación.
D: Dices: “trabajamos con la palabra”, pero la palabra ¿qué es para ti?
S: Bueno, la palabra es tan importante que uno de los cabreos más grandes que yo tengo con el mundo que me toca vivir es el mal uso de la palabra, ¿no? Es decir, ha habido una historia larga de gentes que empezaron a comunicarse, a descubrir la importancia de la palabra, a definir con palabras objetos, acciones, sentimientos incluso, para que en los albores del siglo XXI la palabra sea una cosa que se utiliza pésimamente. Se utilizan unas palabras para querer decir otras cosas. Incluso va más allá la gente, defiende esta ignorancia con una fuerza que te dicen “tú ya sabes lo que te quiero decir”.
D: Son sobreentendidos para no enterarse quizás de que, cuando hablamos, aparecen las diferencias y los malentendidos entre nosotros.
S: Pues no, yo no lo entiendo: la P con la A, PA, la M con la I, MI. ¿De qué coño voy a hablar con alguien que no me habla? Cuando esto ocurre en la calle, pues duele, pero encima cuando lo oyes en los medios de comunicación, en gente que figura que se gana la vida con la palabra, que se autotitulan periodistas, cuando no intelectuales, y son gentes cuyo manejo de la palabra es tan deficiente, tan pobre, y tan empobrecedor sobre todo, pues a uno le da una cierta sensación de tristeza; y que en lugar de haber en los periódicos veinticinco páginas dedicadas a economía que no entendemos nadie, o prácticamente nadie, no haya algunas que nos acerquen un poco más de vuelta al Catón. Aprender a hablar no es sencillamente aprender a balbucear cuatro cosas para que te den la teta o para que te limpien el culo, que ya es importante; sino que todo lo importante en la evolución humana ha ocurrido en la medida de la evolución de la palabra. Quizá podemos encontrar muchos culpables de esto ¿no?, nosotros mismos los primeros: El vivir en un tiempo en el que el tiempo, que es algo tan caro, lo utilizamos de una manera tan barata, un tiempo en el que la conversación ha desaparecido, en el que cada uno anda en la suya dedicándole un tiempo que evidentemente es excesivo para los resultados que da… Seguramente responsables encontraríamos muchos, pero empecemos por nosotros.
D: El cantante a su manera es un poeta. ¿Qué lugar ocupa la poesía en tu vida?
S: Yo soy poeta a mi manera, como todos los poetas son poetas a su manera, es difícil ser poeta a la manera de otro (risas). El lugar de la poesía… Bien, juzgar a la poesía por el lugar que ocupa en mi vida no es juzgar a la poesía, es juzgarme a mí de alguna forma. Yo creo en la poesía probablemente como una forma no sólo literaria sino como la forma de expresión, de comunicación, de intercomunicación más importante que existe. Quiero decir que no hay una buena comida sin poesía, como es imposible que exista una buena película que no esté llena de poesía, como es imposible que haya un cuadro hermoso que no esté lleno de poesía. La poesía está absolutamente en todo. Seguramente lo que no está es valorada en la medida en que debería estar valorada, quizá porque ya forma parte de nosotros mismos y, como tantas cosas que forman parte de nosotros mismos, acaban por mezclarse tanto con todo que pierden su importancia como tales, ¿no? Entonces, el lugar de la poesía en el mundo está reducido a los estantes de las librerías, está reducido a ediciones miserables y a lecturas escasas; ya la lectura, por ella misma, es escasa. Es espantoso ver el bajo porcentaje de ciudadanos españoles que leen algún periódico alguna vez en su vida, espantoso. Cuando salen estas cifras uno se aterra y se entiende por qué gobierna quien gobierna, y no me refiero sólo al Estado, me refiero a cualquier ámbito de la sociedad, ¿no? La poesía, realmente, más que un arma cargada de futuro como soñaba Celaya, la poesía, realmente, es una escoba, ¡pobrecita mía!, que anda tratando de conectar con alguien que pueda de alguna manera darle cobijo. Y los poetas son auténticos héroes que tienen evidentemente que sobrevivir a partir de ejercer otro trabajo, diferente al de la literatura, normalmente.
D: ¿Qué supone para ti el bilingüismo, catalán, castellano, a la hora de escribir y cantar? ¿Se canta igual en una lengua que en otra?
S: Evidentemente hay diferencias, un idioma está cargado de monosílabos y de palabras agudas, como el catalán; y el castellano prácticamente carece de monosílabos y de terminaciones agudas, es un idioma llano, grave, dijéramos. Son dos idiomas muy distintos, sobre todo para escribir: cuando tienes que escribir condicionado por un ritmo, con una rima… A mí lo único que hace que tenga una tendencia mayor a hacerlo en uno o en otro idioma es la dificultad que los demás me pongan en ello; es decir, cuando alguien me impide cantar en catalán, no hago más que cantar en catalán; igual que cuando alguien me impide cantar en castellano no hago otra cosa que cantar en castellano. Por lo demás no tengo ningún otro problema. Es decir, cuando me preguntan ¿en qué idioma piensas? No tengo ni idea de en qué idioma pienso. Depende de en qué esté pensando, depende de con quién esté hablando. Supongo que sí utilizo un idioma, si es que realmente hay algún idioma, si es que alguien piensa en algún idioma. Porque también puede ser que, realmente, el pensar vaya un poco más allá del idioma.
D: Tus canciones son un punto de referencia para mucha gente de distintas generaciones, porque cantas cosas que llegan a su sensibilidad. ¿En qué piensas cuando compones?
S: Es imposible no pensar en los demás. Pero no tanto en los demás diciendo: “ahora voy a hacer una canción de éxito”, porque si eso fuera posible todos éstos de las compañías discográficas o del submundo de la música, todos éstos que negocian con las almas y los cuerpos ajenos, entonces esto lo harían ellos, ¿para qué coño necesitarían al artista? El artista normalmente lo que hace es aquello que en un momento determinado tiene necesidad de escribir y, eso sí, ha de pelear con las palabras para ordenarlas. No sabe si aquello será un éxito o no, ni si lo compartirá mucha gente. Pero sí sabe qué acto compartirá y sabe que es imposible, tú lo has dicho antes, que aquello que estás sintiendo tú, no lo sienta algún otro. Hay cosas que las haces mejor y otras peor y a veces el vehículo es una mierda, hay cosas con las que aciertas y cosas que no te salen tan bien. Si yo no pensara en los demás para hacer mi trabajo, yo no me rompería la cabeza con las palabras, agarraría las ideas, me iría a lo alto de una montaña, pegaría cuatro gritos y quedaría más descansado que dios evitándome todo el trabajo intermedio, que es el doloroso: el de tener que parir, el de escribir, el de juntar las letras, el de organizar todo, esta cabronada que se llama trabajar. Me evitaría todo esto y me quedaría tranquilísimo.
D: Hay un primer Serrat, el de los Cantares, Mediterráneo y el de ahora, en cierto modo diferente. ¿Cómo ha sido ese recorrido? ¿Qué cosas han ido quedando?
S: No sabría explicarlo. Supongo que hay un tiempo muy importante de formación de un individuo y que este tiempo es un tiempo muy joven, donde somos más maleables, estás más abierto a todo, muy receptivo a todo. Yo he tratado de moverme con las tres patas del taburete, éste con que uno se va haciendo, que son: la calle, la familia y los maestros, ésa es la escuela en general. Pues creo que son bastante sólidos los tres, muy sólidos. Y yo siento que cuando tengo que buscar referencias me voy bastante atrás a buscar estas referencias. Referencias de dónde estoy, de qué estoy haciendo, de qué es lo que tengo que hacer. Por tanto, quiero decir que debe haber un background que me sostiene bastante. He podido caminar, he podido andar con salud, con buena compañía, en general sintiéndome querido y queriendo. Esto ha sido lo más importante de mi vida: el sentirme querido y el ser capaz de querer. Yo creo que si alguna vez estas dos cosas me fallaran la vida no tendría el más mínimo sentido para mí. No encuentro que exista nada más interesante por lo que uno esté aquí que la necesidad de amar y la de ser amado; esta necesidad de hacer y de sentirse necesario, ¿no? Pero, ¿qué queda de aquél, entonces? Queda, supongo, menos de lo que me gustaría y más de lo que realmente a veces creo que queda.
D: Y queda la música… “Vivir sin música es carecer de refugio el día en que dejas de ser feliz”
Cristina Fontana, psicoanalista, y Christine Pepin, periodista