La muerte entre manos

Publicado en ¿Sabes qué es el psicoanálisis?

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Al final de su vida Freud tuvo muy claro en su teoría que coexisten en el alma humana dos clases de pulsiones: una que tiende hacia la unidad o pulsión erótica, Eros, y otra que tiende siempre a volver hacia lo inanimado o pulsión de muerte, Tánatos.

Pero no vayamos demasiado deprisa para la evaluación del bien y del mal, afirma Freud, ambos impulsos son indispensables y de su acción conjugada o antagonista proceden los fenómenos de vida. La pulsión de muerte se convierte en pulsión de destrucción al volcarse hacia afuera, sobre los objetos, pero una parte queda activa en el interior del yo y de ella derivan muchos fenómenos normales y patológicos.

“Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende” dijo Manuel Torre, “El duende hiere, y en la curación de esta herida que no se cierra nunca está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre” añade Lorca.

El grito del recién nacido parte el silencio, crea el vacío. Con sus sonidos negros inaugura el imposible regreso a un espacio soñado y para siempre inasequible, que algunos relacionan con el retorno a la madre, o retorno a los orígenes, y que se confundirá con la muerte.

La herida abierta al abismo y que no se cierra nunca, que el poeta evoca con tanto acierto, alude sin duda a la sustancia de la palabra por la que somos arrancados del barro de la indiferenciación e introducidos en el mundo del deseo y de la muerte.

Esa ronda infernal que una y otra vez confina al hombre en la repetición, esa fuerza muda que siempre vuelve a lo idéntico, se dispara con cada acto de habla, tropezando con el desajuste, con la imposibilidad de retornar a lo mismo, dando origen al deseo, al hecho de la vida.

En estos tiempos, donde la pulsión de muerte se manifiesta de manera tan intensa en actos terroristas o en guerras declaradas de manera tradicional, nos ha parecido oportuno efectuar un recorrido por las regiones del alma donde podemos vislumbrar esta fuerza demoníaca, que es el tejido de nuestra condición y constituye un factor de desorden del mundo.

Marie-Ange Lebas-Royer
Psicoanalista

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