
Es terror liso y llano. Pánico a secas, espanto, un agujero que se instala en el estómago, sudor de manos, la certeza de que esta vez es la definitiva. Un terror, y esto es lo grave, con fundamento, porque los aviones se caen, estamos hartos de verlos despanzurrados, hechos trizas, requemados y sembrando muerte. Incluso explotan en pleno vuelo, se dan de bruces con montañas inadvertidas, y arrasan, en un aterrizaje suicida, bosques y barrios periféricos.
Todos los años, cada uno de los meses, alguna de esas máquinas voladoras salta por los aires por motivos que nunca descubren sus siniestras cajas negras. Ya sé que otros no, que muchos vencen felizmente todas las dificultades impuestas por el atroz vacío en que se mueven, atraviesan kilómetros por caminos invisibles y alcanzan por fin su deseado destino en tierra firme. De milagro, me digo, de puritito milagro, que es locura desafiar así la evidencia de que el aire es aire, pura nada, y no hay manera de sostenerse en ella. Las cosas son lo que son y esas toneladas de metal colocadas allí en lo altísimo, sin sujeción alguna, no pueden hacer otra cosa que lo que hacen: ser víctimas de su propio peso y caer como plomo. De allí el horror, el espanto, la certidumbre del desastre inminente. Porque lo sé, estoy segura, basta un ruido de más o de menos, un ligero temblor del ala, un pájaro loco que se cuela donde no debe, un piloto depresivo y el milagro ése del que hablaba, el milagro que sostiene con pinzas el avión en el que me encuentro, se va directamente a freír espárragos. Y así, el trayecto entero se convierte en una vigilancia extrema sobre los más sutiles cambios de sonido, las pisadas excesivas de los pasajeros más inconscientes, las vibraciones del temible cascarón metálico, la llegada de nubes impenetrables y oscuras. Una tortura horrorizada.
La solución, me digo, sería enormemente simple: no subir nunca a un avión. Así de sencillo, que nadie me obliga a hacerlo. Ni necesidad, me digo y repito, tengo ninguna. Habiendo tanta tierra bien firme por medio, tanta agua por la que flotar, no hay motivo para desafiar ley natural ascendiendo a los cielos. Ese, sin duda sería el comportamiento más razonable. Y ésa es invariablemente la conclusión a la que llego cada vez que vuelo. Porque vuelo. Y aquí está el auténtico problema. No se trata de una decisión masoquista ni de ninguna promesa. La dura realidad es que padezco de una bárbara pasión por conocer lugares lejanos, y carezco del tiempo necesario para llegar a ellos por medios lógicos y naturales. Así pues, con ese irrefrenable deseo viajero viene el billete de avión y con el billete el espanto, los sudores fríos, la trepanación estomacal, el terror llano y liso. Y subo al avión atrapada por una estúpida compulsión de contemplar paisajes distantes. Prometiendo a todos los dioses que nunca jamás, que ésta es la última, tratando de convencerles de que quizás, al menos hoy, el milagro de las pinzas invisibles se mantenga hasta alcanzar tierra firme. Abandonada a la angustia y a mi suerte.
Ana Puértolas
Escritora
Excelente descripción. Y excelente solución. Comparto tu ansiedad, tampoco disfruto volar pero me encanta viajar y no solo por placer.
Por otra parte, si empezamos por dejar de volar, un día descubriremos que tampoco son seguros los trenes y los autos y que cruzar las calles es una actividad de riesgo. Luego descubriremos que los ascensores pueden caerse y que las escaleras son más seguras… siempre que no resbales, y que quizás en casa estemos mejor… si no encendemos el gas o la luz o ponemos a andar la lavadora que ya se sabe, mezcla agua y electricidad…
Es el momento en que nos damos cuenta de que hemos puesto afuera algo que es nuestro, nos pertenece, en forma de incertidumbre y que nuestros mecanismos de defensa nos están traicionando para que el goce se instale en forma de limitación allí en donde debía privar el placer.
Siento que lo he vivido de identica manera. Me gusta la forma en que lo has descrito. Tambien siento este tipo de ansiedad.