Iñaki Gabilondo
Publicado en Entrevistas
La segunda voz
Yo siempre he querido ser director de orquesta, he tenido mucha conciencia de director de orquesta. Trabajaba mucho buscando un resultado final que no necesitaba interpretar yo. Pero me sentía muy realizado personalmente con aquel sonido final resultante de un violín, una viola, el contrabajo y tu trombón. De pronto, me di cuenta de que también tenía una cierta afición solista, pero sigo siendo muy director, muy director coral.
Diván: Ha defendido, en innumerables ocasiones, la importancia de la ética como única esperanza de salvación para su oficio. ¿Dónde está para usted la frontera entre lo éticamente correcto e incorrecto?
Iñaki Gabilondo: Lo ideal sería que hubiera una manera de responder a eso, con lo cual ya tendríamos la fórmula. Como en casi todas las cuestiones que tienen que ver con la posición de la gente ante la vida, no hay una receta. En cada una de las circunstancias, la situación nos desafía, nos obliga a enfrentarnos con esa pregunta, tratando de darle una respuesta adecuada. Lo que importa, por tanto, no es tener la receta para la respuesta, sino tener muy claro que esta actividad, como todo en la vida, no se desarrolla en una cuesta abajo en la que todo está permitido, en una situación en la que, con el nombre de libertad de expresión por delante, logras ya que todo el mundo se aparte porque tú dispones de la suprema verdad, del supremo valor. Lo que importa es saber que el límite está en la aceptación de que existe un límite.
En los últimos tiempos se ha producido una sacralización de la libertad de expresión, que no quiere decir que se le haya dado más importancia de la que tiene, no, – yo creo que la tiene – sino que se ha consagrado el principio de que esa es la suprema verdad y que no hay posibilidad de atreverse a marcar un solo matiz, oponer el más mínimo reparo, porque quien lo haga será acusado de reo de alta traición periodística. La libertad de expresión se ha paseado sin tener en cuenta consideraciones que rozan con otra serie de realidades de nuestro momento.
Ahora, ¿cómo se administra esto? Una vez que proclamamos el principio, que es capital, pero que tiene que convivir con otros, ¿cómo se resume en una fórmula todo esto? No se resume en ninguna receta. Cada día, cada movimiento, cada paso, cada hecho, te va a obligar… y entonces tienes que verlo. No hay respuesta, no existe una respuesta jurídica, no existe una respuesta de ningún tipo, la respuesta es moral.
D: ¿Cómo podrá sobrevivir una prensa realmente independiente?
G: Pues yo ahí siempre regreso al principio, a la aceptación por parte de toda la profesión de una serie de principios que sean absolutamente básicos. Yo ahí pongo siempre el ejemplo del cirujano, que es para mí un ejemplo muy claro, ¿no? Si un cirujano trabaja en un hospital y tiene que operar, se lava las manos y se pone los guantes. Si ese hospital es público, también. Si es privado, también. Si ese hospital tiene una crisis económica enorme y tiene que hacer un esfuerzo enorme para salir adelante, también. Si se asocia con una red de hospitales internacionales, para convertirse en el centro hospitalario más importante de la tierra, también. Porque se han establecido unos principios de comportamiento que la profesión entera comparte y que la sociedad y esa profesión han aceptado como principios básicos, que les protegen, sea cual sea el formidable poder que llegue a las distintas instituciones para las que trabaja.
Sin embargo, los periodistas, cuando se niegan a aceptar el principio de que hay unos límites, se creen que por ese procedimiento obtienen más poder, pero por ese procedimiento entregan más poder a sus empresarios.
Si tú le dices a un empresario: “yo no acepto ningún límite, en este oficio yo puedo hacer exactamente lo que me dé la gana”, el empresario, el gerente, toma buena nota. Ya sabe que no hay ningún límite. Si tú dices: “mi oficio se desarrolla en este terreno, fuera del cual no se puede desarrollar”, si tú consagras ese principio y te haces fuerte ahí, no sólo proteges a la sociedad de los eventuales abusos, sino que proteges al periodismo de los eventuales abusos de que puede ser objeto por parte de los empresarios.
Se están componiendo grupos de tal envergadura, de tal poder, con ramificaciones en tantas direcciones, que pueden terminar cayendo sobre la acción del periodista desde todos los registros.
Por eso, yo creo que la teoría de los límites, que parece una teoría mojigata, una posición prudente, es, por el contrario, muchísimo más audaz. Es más, los “audaces” están yendo con una candorosa despreocupación al centro del degolladero.
En todo el mundo, en los EEUU, por ejemplo, se está manejando mucho este tipo de debate: la ética, no como principio romántico del franciscanismo periodístico, sino la ética como el fortín en el que ha de defenderse numantinamente la madre del cordero, la almendra de esta actividad.
D: El pensador, Ignacio Ramonet, en la presentación de su libro La Tiranía de la Comunicación, comentó que “un número dominical de The New York Times contiene más información que la que recibió Shakespeare en toda su vida”. ¿Qué influencia puede tener la sobreinformación de esta era de Internet en la que nos adentramos?
G: Yo creo que, justamente, la industria de la comunicación se ha apoderado de la comunicación. La industria de la comunicación necesita, para el manejo de la propia industria de la comunicación, una determinada cantidad, que no es necesariamente la cantidad de información que demanda el consumidor, sino la cantidad que demanda la industria de la comunicación para seguir en marcha.
Entonces, efectivamente, yo muchas veces he pensado, antes de que Ramonet dijera mucho mejor eso, que un pastor burgalés del siglo XIV sabía pocas cosas, pero las que sabía las incorporaba a su instrumental vital. Y, en este momento, nosotros estamos viviendo una sobredosis de información como para preguntarse hasta qué punto, en lugar de movilizar, anestesia.
La televisión, que es probablemente el instrumento donde se están viviendo todas estas cosas que estamos comentando de una manera muchísimo más trepidante, a mí me hace muchas veces pensar algo que nadie ha estudiado todavía, y es el producto que se lleva uno a la cama después de una velada de televisión, tal como ahora se ve la televisión, en zapping. Estaba muy bien estudiado, hasta el momento, el impacto de la televisión y todavía se manejan los viejos códigos, y se dice “esta película produce no sé qué efecto en los niños, la violencia, el sexo, tal pregunta…”, y estamos analizando cada uno de los productos televisivos como una unidad que se recibiera como tal. Pero en este momento el consumidor, cuando se va a la cama, después de haber visto dos horas la televisión de una manera completamente convencional, se lleva un producto nuevo. Es una papilla resultante de dos horas de ver la televisión en zapping, que no ha sido analizada.
Aunque por el momento se observa, como primera aproximación, que empiezan a confundirse las fronteras de la realidad y de la ficción, de manera que una persona que ha visto dos horas de televisión en zapping, de una manera compulsiva, sin dejarle a los contenidos el tiempo narrativo adecuado, pasando de aquí para allá, vive casi de una forma equivalente, equidistante, el drama que acaba de ver aquí, con el concurso que ha visto dos segundos después, con una pregunta interesante, dos segundos de anuncios, un gol repetido tres veces, otro asunto interesante, un tramo de película hasta que se ha producido una caída de la acción y se ha pasado a la siguiente…
D: ¿Qué representa la palabra frente a la imagen?
G: Primero, la palabra, en este caso la radio, es la vida en tiempo real. Esto es un elemento capital. En cambio, tú ves la televisión haciendo una pausa. Estás trabajando y vas a ver la tele, e interrumpes tu actividad vital para conectarte a la televisión.
Para oír la radio no interrumpes nada, la radio te acompaña como el reloj de pulsera, nadie lo nota. Forma parte, es un compañero natural de la vida. Por tanto, trabajar en la radio es una manera de vivir, y está incluida en la vida de una forma mucho más humilde que la tele. No tiene el aspaviento de la tele, ni su puesta en escena es tan colosal.
Pero eso a mí me gusta. Es una cosa completamente natural y por eso se puede vivir en la radio siempre. Los programas de radio no se inventan. Para hacer un programa de televisión tienes que inventártelo.
Si tuviéramos que empezar un programa de radio, sólo tendríamos que abrir la ventana y mirar. Tendríamos que ver qué pasa, tendríamos que tratar de conectar con lo que pasa. Tú no tienes que inventar nada, tienes que convivir con la gente.
D: Entonces el material está ahí y se trata de poder escuchar y hacerlo hablar……
G: Efectivamente. En el programa que yo hago, en ningún momento nos hemos reunido para cambiar nada. El programa va cambiando sin parar. Pero en ningún momento hemos decidido un cambio, va cambiando, como cambia todo en la vida.
D: ¿Por qué hace este tipo de programa, si podría estar haciendo algo, llamémoslo, más sofisticado?
G: Las sofisticaciones me parecen muy bien, pero este programa tiene la suerte de que te permite vivir en contacto con todas las realidades en la dosis en la que más o menos se dan en la sociedad.
Yo lo que no entiendo muy bien es cómo pueden vivir mis compañeros que hacen un informativo de media hora todos los días, tocando todos los días la actualidad política, económica… y luego se van a su casa. Yo creo que me terminaría deformando la cabeza.
Yo me voy a mi casa después de haber entendido lo que pasa en la guerra de los Balcanes, en la negociación con ETA o en la última actualidad económica. Pero también, salgo enterado del último disco que acaba de sacar tal autor, del libro que acaba de publicar Perico de los Palotes, de lo que piensan tres señoras que se van de vacaciones, como ha pasado hoy: ha llamado una señora diciendo: ”Tengo un niño de tres meses y no sé si puedo ir con él a la playa, porque como nunca he tenido un niño, mi marido y yo, no tenemos ni idea de cómo se comporta un bebé de tres meses en la playa”. Entonces, ha llamado un médico y nos ha dado su opinión, después han llamado oyentes… Eso también pasa en la vida.
Tienes la suerte, cuando te marchas de trabajar, de haberte aproximado a la realidad vital y a mí eso me gusta, me gusta muchísimo. Te mantiene en un estado bastante despejado.
D: ¿Qué es la escucha? ¿Esa escucha es lo que le da su razón de ser?
G: Lo primero que hay que tener en cuenta es que el oyente existe, es una de las mayores dificultades que tiene la gente en la radio.
Tú estás tratando con igual naturalidad oyente y escucha, que no tiene nada que ver.
La radio de escuchar se da en algunos momentos del día, muy pocos. Oír es una cualidad física y escuchar es concentrar tu atención en el acto físico y, por tanto, absorber lo que estás oyendo.
Entonces, la radio en la que yo trabajo es radio de oyentes, no radio de escuchas. Por ejemplo, a las once de la noche hay mucha menos audiencia, pero el porcentaje de los que están escuchando es mucho mayor. A las diez de la mañana hay mucha más audiencia pero la mayoría de la gente está oyendo, no escuchando.
Eso hay que tenerlo en cuenta, a mí eso me gusta. Yo me considero la segunda voz, pero no es que me considere. Yo sé perfectamente cómo llega mi voz a esa persona, y sé perfectamente que es un oyente, no un escucha. Yo soy su segunda voz. ¿Cuál es su primera voz? Es la vida que le rodea, es “Pepito” al colegio…, ¿has cogido el babi?”, “¿Dónde están mis zapatos?”. Esa es la primera voz, es la vida. Y la segunda voz, que es la mía, está contando cosas ahí detrás.
Siempre digo que mis rivales no son solamente la voz de Onda Cero o Radio Nacional. Son la Cope, Onda Cero, Radio Nacional, el exprimidor, el motor del coche, la vida, la vida. Pero eso no me parece mal, yo no tengo ninguna pretensión de apoderarme de la vida, yo no quiero ser la primera voz, no aspiro a ser el sustituto de la vida de la gente. La vida de la gente es su vida, yo no pretendo que vivan otra. Yo acepto la segunda voz y soy un fondo sonoro que está ahí.
El oyente está haciendo aproximaciones, se acerca, se aleja y, en un momento determinado, algo le interesa y presta atención; le vuelve a reclamar la vida y se vuelve a ir, y tú estás ahí de fondo y no existes, vuelves a desaparecer. Como es un trabajo diario y que dura muchos años, no te juegas tanto en cada envite, te juegas en la coherencia de tu posición ante la vida. Cuando una persona pase a ser escucha, en los momentos de la mañana en que lo sea, tiene que encontrarse a una persona leal, a una persona honesta, a una persona seria, a una persona que cuando sabe, sabe; y, cuando no sabe, dice que no sabe, a una persona rodeada de gente preparada para intentarle ayudar y que no pretende tener el protagonismo de la vida diaria.
La radio acompaña la vida y eso me encanta, me encanta. Me protege del pánico del sobreprotagonismo en la vida de los demás, porque yo sé que, por mucho que yo sepa del asunto que más sé, siempre sé menos de lo que podría. Y entonces, me gusta mucho que la radio sea así.
Es un compañero al que no se le mide tanto en el metro corto, como en el largo recorrido. Y ahí es donde yo sí creo que, si un oyente nos ha estado oyendo durante ocho años, terminamos resultándole una compañía razonable, una compañía interesante.
D: Bueno, nada más. ¿Qué le ha parecido la entrevista?
G: A mí, bien… ¿qué te ha parecido lo que te he dicho?
(Reímos)
Manuel Salas, guionista, y Cristina Fontana, psicoanalista