Hablar por hablar

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Si se tratara sólo de saber lo que nos pasa, obtener consejo, o comprensión no haría falta analizarse, bastaría tener un encuentro con un buen amigo y compartir algunas de las actividades habituales: charlar, comer, tomar una copa en un bar, ver cine, escuchar música…

Pero toda palabra dirigida a alguien encierra un anhelo inconsciente, que presiona y es constante: recobrar ese paraíso mítico perdido donde todo se decía sin frases. Este imposible intentamos paliarlo a través del amor y del placer que obtenemos en todas las actividades que compartimos con nuestros semejantes.

El cuerpo, la presencia, la mirada, la voz, son apoyos de una satisfacción pulsional, no hay otra forma de acceder a la relación con los otros que a través de esos agujeros-bordes de nuestro cuerpo: boca, ano, ojos, oídos. Estos han sido erotizados no sólo porque han constituido la base de una actividad placentera, sino porque en nuestros intercambios, desde nuestros primeros días, nos hemos ofrecido y hemos sido tomados como completamiento de lo que el otro quiere. Así el niño come, controla sus esfínteres, etc. porque satisface y completa a la madre que lo ama y lo cuida.

Es difícil captar en un diálogo entre amigos que la forma de “soportar” dicha relación es, precisamente, introduciendo esos elementos de satisfacción pulsional que se ponen en juego en nuestros encuentros y los convierte en placenteros y amistosos.

Pero, aquello de “a mí me pasa lo mismo que a Ud.”, semilla del lazo social y solidario, forma recíproca de comprender pareciéndose, se convierte en un obstáculo para quien necesita ayuda y quiere ser escuchado en su particularidad.

No se trata de hablar por hablar, de una descarga ni de un placer intelectual. El que concurre a una consulta no va a cubrir su necesidad de hablar motivada por una gran soledad ni tampoco desea que la otra persona se identifique con él creando un espejismo. Por supuesto que, como en su vida cotidiana, quiere que el analista lo comprenda, le ofrezca respuestas, le demuestre su cariño. Un psicoanalista no satisface dichas aspiraciones: ¿por un ejercicio de poder, porque ”no siente ni padece”, porque le gusta frustrar? A diferencia de un encuentro con un amigo, un analizante necesita alguien que no busque lo mismo que él: es decir, que no se satisfaga oyendo, viendo, hablando y por ello el analista sustrae la voz y la mirada de un intercambio recíproco. En la medida que su persona no se sitúe como un semejante, permitirá que el analizante ponga en juego, en el proceso de un psicoanálisis, los intercambios primeros con sus figuras materna y paterna. De esta manera podrá desplegarse esa matriz acuñada en sus primeros gozos que han marcado sus síntomas y sus desórdenes amorosos.


Psicoanalista, Madrid

Un comentario a “Hablar por hablar”

  1. Jacobo Garcia-Nieto dice:

    Muy clarificador.
    Gracias