Josep María Flotats
Publicado en Entrevistas
El milagro de la interpretación
Diván: Tú que hablas perfectamente tres idiomas, ¿podrías decirnos lo que representa para ti cada uno de ellos?
Josep María Flotats: Bueno, soy de la generación de los hijos de la guerra, los que nacimos al terminar la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Soy hijo de un hombre que le tocó ir a la guerra. Es un soldado republicano que combate el golpe de estado fascista y que permanece fiel a unos ideales democráticos y republicanos. Soy hijo de un hombre que vuelve a casa vestido de civil con un traje que le habían dado unos payeses a cambio del uniforme que llevaba. Son historias privadas, que se cuentan en la familia.
D: Historias privadas que se cruzan con la historia con H mayúscula.
JMF: Lo cuenta mi madre, mi padre nunca ha querido decirlo. Mi padre llegó con fiebres de Malta, cubierto de piojos, llamando a la puerta como un pordiosero. Mi madre apenas si reconoció a su marido. Él le dijo: “Hemos perdido”. Esa es la frase para mí, algo que me emociona profundamente y que me marca.
D: ¿Recuerdas el momento en que te enteraste?
JMF : Fue ya mayor, pasada la adolescencia. Durante una comida mi hermana y yo nos pusimos a hacer preguntas: ¿… y que paso en Argeles?… ¿Cómo volviste a casa? Él nos contó cómo había ocurrido pero no repitió lo que había dicho al volver a casa. Nunca lo dijo. Eso lo contó mi madre. Entonces, soy hijo de un republicano que ha perdido la guerra. La rebelión de ese padre le lleva a no querer que su hijo vaya a un colegio donde tenga que cantar el himno franquista. “La religión, que diga el Padre Nuestro, éso lo puedo superar decía ni lo impido ni voy a favor, pero el Cara al sol, ¡ni hablar!”. Por entonces, el Colegio Francés era el único en Barcelona donde no se cantaba el Cara al sol, así que fui a estudiar allí, y mi primer idioma en el colegio fue el francés. El catalán es la lengua materna y el castellano es la lengua del ocupante. Por aquel entonces no se podían separar esas cosas. El hecho de hablar catalán por la calle era un acto de resistencia. En casa nunca se habló castellano, ni media palabra, pero no por acto de resistencia. Mis padres eran de lengua materna catalana. Lo he entendido de mayor, el rechazo que yo viví de joven en mi familia al “hecho español”, más que a la lengua, es que significaba el fascismo. Mirar hacia España era mirar hacia el lado franquista. Mi educación consistió en mirar hacía Europa. Los ejemplos de realización y de libertad venían de Europa. Nunca había una referencia de calidad de la España franquista, las referencias de calidad de futuro y de esperanza venían de Europa.
D : ¿De dónde te sale la vocación por el teatro?
JMF : Nunca he sabido porqué. Siempre he querido hacer teatro, es la única cosa que me atrae realmente. Cuando estaba todavía en el Liceo vi unos anuncios para unos encuentros internacionales de teatro para jóvenes en Avignon. Me puse a trabajar para ganar un dinero y poder ir al festival y lo conseguí, cosa que no era tan fácil. Me encontré por primera vez en mi vida fuera de España, sin ningún trauma de comunicación, pues hablaba perfectamente el francés, en un sitio fantástico, enorme, grande, con todo el mundo feliz y contento, con jóvenes franceses, holandeses, alemanes, suecos, ¡y hasta yugoslavos!, ¡de detrás del telón de acero, de lo prohibido, de lo que te decían que era peor que el infierno!
Tal vez lo que me fascinó en Avignon fue lo que me fascina en el teatro: una apertura al mundo, a eso que es como algo vetado, una comunicación con Europa y lo que representa de libertad, de futuro y de esperanza. Se me abrieron las puertas a gentes de culturas distintas, con lenguas distintas, y encima vi el teatro con T mayúscula. La creación artística resultaba asequible. Nos dejaban asistir a los ensayos, conferencias, etc. Vi la creación de Les Caprices de Marianne con María Casares. Mi emoción fue tan grande que me puse a temblar y a llorar de placer. Era una cosa que me superaba, tan increíble que pensaba que no podía existir. ¡Transmitir un sentimiento tan fuerte, belleza y poesía a tan alto nivel, reflexión, comunicación y comunión! ¡Era el oficio más bonito del mundo!
Siempre digo de broma que lo mismo que Claudel se convirtió al catolicismo apoyado en uno de los pilares de Notre Dame, asistiendo una noche de Navidad a una misa del Gallo, a mí me poseyó el espíritu del teatro esa noche en Avignon. Me convertí al teatro en Avignon. A partir de ese momento, todo lo que yo he hecho, actuado o pensado, ha sido para acercarme a este estado de gracia, al teatro.
De vuelta a Barcelona, asedié a diario, lo que se dice a diario, al director del Instituto Francés, para obtener una beca e ir a Francia a estudiar el teatro. No sé cómo no me echaron a patadas. Al cabo de siete meses me dijeron que no había beca pero que la habían creado para mí. Entonces fui a estudiar al Centro Dramático de Estrasburgo. Me quedé estudiando allí tres años, aunque la beca inicial era de un año. Luego me contrataron en la compañía durante año y medio, y más tarde Georges Wilson, que había sucedido a Jean Vilar, me contrató para hacer el papel principal de Early morning de Ezra Pound, en el Teatro Nacional de París, que es un ideal de teatro, de servicio público teatral, de cultura. Y así me encuentro compartiendo el papel principal con María Casares, diez años después de Avignon…, en la Cour d´Honneur y luego en el escenario del T.N.P…. Son como citas (con el destino), ¡Es como coger un cohete e ir a Marte!
D: Pero con mucho empeño, con un don, claro está, y también con un deseo fuerte que te arrastra hacia el éxito.
J.M.F.: Todas mis fuerzas las he canalizado en ese sentido. Pero no me he sacrificado. Eso que dicen: tanto sudor y tantas lágrimas. Todo es sudor, ¿no? Desde que te levantas hasta que te acuestas. Pero es un sudor que se paga con mucho gusto, no sé como decirlo, que no cuesta. Una pasión, un enamoramiento, eso tiene que ver con lo que dicen los creyentes: la fe mueve montañas.
D.: Un enamoramiento, ¿en qué sentido? ¿Hacia el público, por el texto, por lo que te das?
J.M.F.: Por el texto, es obvio. Pero el texto es una noción abstracta, porque cada vez se trata de un texto distinto. En ocasiones un poeta te apasiona por determinadas cosas, y otro por otras que resultan contradictorias con las primeras. Llevamos la contradicción dentro de nosotros, pero hay que intentar hacerla cuajar igualmente, porque la contradicción es nosotros. Somos contradictorios de arriba abajo. Esa es la riqueza, la ambigüedad del teatro… Todo es relativo, pero esa relatividad no quiere decir que la cosa del teatro sea nebulosa, incomprensible. Lo que me atrae de verdad creo que es el placer de interpretar. Los textos de los poetas, por una parte, son siempre nuevos, pero también están inscritos en una tradición, son escritos de otros escritos, de otros escritos, que se remontan a los primeros escritos, a la Biblia o a las pinturas de los hombres prehistóricos en las cuevas. No vienen de la nada. Y yo me considero el intérprete de esa cosa que se transmite desde que existe la humanidad. Diría que es un poco como un sacerdocio. Transmites el sentimiento, algo que te supera, que te desborda. El teatro es una apertura a esa parte de sombra, de contradicción, de alteridad que existe en cada uno de nosotros. Contribuyes a tocar un poco la verdad, un poco…, lo humano; me parece que ayuda a que seamos un poco mejores. Y creo que la emoción que provoca sentir que lo has transmitido, que ha sido recibido por el público, es un placer inconmensurable. Cuando alguien se me cruza por la calle y me dice “gracias por tal actuación”, de verdad, me siento contento y gratificado. No es por falta de modestia, sino porque considero que he cumplido con mi oficio. Aspiro a esto, aunque no digo que siempre resulte así.
Claro, que la respiración, la voz, el movimiento, todo esto se tiene que trabajar y es muy importante. Hace falta una maestría de la técnica, que ya es mucho, y eso te ayuda. No siempre estás en estado de gracia. Pero te diré que hay veces que me desestabilizo cuando estoy en escena, me provoco agujeros, me pongo sobre el filo de la navaja, en esa situación que da lugar a lo imprevisible, lo sorprendente, lo que puede resultar genial; o te puedes morir. Eso ya no depende de ti, de tu voluntad. Necesito ponerme en esta situación para transmitir eso que siempre me ha atraído, algo humano, como decíamos. Porque “actuar bien”, lo haces una noche, dos noches, pero luego te aburres. No es lo que llamo teatro. Me contaron que una diva muy conocida, una noche, después de una actuación impresionante, rompió a llorar en el camerino. ¿Por qué lloras?, le preguntaron, ¿con lo bien que te ha salido esta noche? Por eso mismo lloro, contestó.
D : ¿A lo mejor por haber dado paso a ese quebranto interior que cada cual lleva en sí…, lo que los gitanos llaman el “quejío”?
JMF : Cuando hablo de teatro, hablo de mi ideal de teatro, no digo que sea lo que logro todas las veces. Pero es a lo que aspiro: esa posición en la que alcanzas un desequilibrio. Claro que para mí, aunque el peligro sea relativo, aunque el riesgo no se pueda comparar al del trapecista con el salto mortal o al del torero delante del toro, creo que tiene el mismo impacto interior, es un desafío a mí mismo, tener que subir el listón. Ir a la búsqueda de la inspiración es en sí el acto mágico y el resultado es el milagro.
Marie-Ange Lebas-Royer
Psicoanalista