Promesas publicitarias

Publicado en Ansiedad

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Que el psicoanálisis está en crisis es algo que vengo oyendo desde que oí hablar del tema por primera vez, y creo que siempre será así. Y es que el psicoanálisis y el ser humano están en crisis desde que nacen, por su propia naturaleza, como condición propia de su existencia. La vida no es más que la travesía de una crisis y por lo tanto hablar de crisis en la vida no es más que la formulación de una redundante paradoja.

Lo que realmente caracteriza esto que llamamos crisis es la incapacidad circunstancial de un sujeto para encarar ciertos cambios que se producen en la construcción de su subjetividad y que afectan a elementos esenciales de su estructuración emocional.

Así, unos viven con más perentoriedad los fracasos amorosos que los económicos, y otros se tambalean ante las crisis de la edad o de la salud, siempre que les quepan incertidumbres sobre sus posicionamientos sexuales, o dudas sobre si la vida es o no es un bien necesario.

Las crisis más comunes caen del lado del tener, y las más graves del lado del ser, aunque con demasiada frecuencia se confundan las unas y las otras.

La subjetividad no es sino la construcción que cada uno vamos haciendo del mundo y de nuestra relación con él, en un permanente mecanismo de feedback, de retroalimentación que, operando sobre sí mismo, se autoajusta permanentemente como si de una maquinaria cambiante se tratara, permitiendo un funcionamiento continuo y aparentemente homogéneo, y trasmitiéndonos de esa forma una sensación de movimiento que nos hace creer que la vida es algo más que la rotación estática de un punto sobre sí mismo.

La subjetividad es un movimiento de ida y vuelta, circular, entre el individuo y su entorno, en la búsqueda de un equilibrio lo más estable posible, aunque imposible de conservar por demasiado tiempo. Y la crisis es la ruptura de ese precario equilibrio que cada sujeto construye.

En el mundo actual los vertiginosos cambios sociales, económicos, políticos, informativos, familiares, laborales, el declive de la autoridad, las modificaciones en los códigos éticos, etc., hacen que esa supuesta homeostasis esté en continuo entredicho. Por lo que podemos pensar que la crisis vive instalada en nuestras vidas exigiéndonos correcciones inmediatas en nuestros juicios y consecuentes planteamientos.

La existencia de un vacío existencial y la imposibilidad de renunciar a la certeza, con ese juego excitante de la creación continua a la que nos conduce la incertidumbre, hace que cada vez más los individuos busquen factores inmutables, absolutos sin fisuras, puntos fijos de referencia que, permitiendo un anclaje de sólida apariencia, contribuyan a atenuar los vaivenes de la vida.

La crisis es el encuentro inevitable con esa esencia misma de la estructuración humana que tiene su representación en un vacío, un agujero, la ausencia de respuestas ante determinadas cuestiones, o la insatisfacción misma del deseo. Vivir sin crisis, pues, solo es posible a cambio de renunciar a la vida en sí misma. Lo demás son promesas publicitarias.

Manuel Espina
Psicoanalista, Valladolid

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