Juan Tamariz
Publicado en Entrevistas
Diván del Tamariz
Juan Tamariz, nuestro mago más famoso, preparó el terreno citándonos en el café Viena y nos despidió con otro guiño al preguntarnos: “¿Habéis pillado de dónde viene la relación de mi nombre con el psicoanálisis?” Y nos recordó la obra de García Lorca, Diván del Tamarit. No podía darse mejor el encuentro.
Diván el Terrible: ¿Cuál es el poder de la magia?
Juan Tamariz: Así como el teatro es poner un espejo ante la realidad para verla, el cine yo lo entiendo como poner un espejo ante los sueños. La magia es también poner un espejo ante los sueños y los deseos, pero con las personas reales, como en el teatro. Para nosotros, los magos, el juego es imitar a los dioses, a los superpoderes… Va de poder, sí, pero de un poder como sobrenatural, especial, no terrenal.
D.: ¿Es esa la fascinación que produce en el espectador?
J. T.: No sé, creo… Yo, para inventar un juego de magia, tengo que soñar primero. En el momento de la ensoñación, me despierto y me digo, por ejemplo: “A mí me gustaría que esto pasase, que cinco personas al mismo tiempo dijeran el mismo color… y yo mismo y mis amigos se dijesen ¿cómo se puede hacer eso?” Y entonces estoy un año o dos pensando en cómo hacerlo, cómo hacerlo en la mentira del arte.
D.: Ese poder parece tan enorme e ilimitado que, a veces, ante la magia, tenemos que recordarnos: “¡Pero tiene truco!”, como para devolvernos a la realidad, porque, por un instante, ese truco era verdad.
J. T.: Sí, hay algo de eso. Es una manera de calmar el conflicto interior que has creado en los demás, al hacerles sentir algo así como que su lógica es válida, pero, de repente, no es tan válida, es un efecto que no tiene causa. Los magos en general somos muy malos. Porque los artistas, en el teatro o en una película, presentan un conflicto en el que hay planteamiento, nudo y desenlace, y uno se va a casa tranquilo. Nosotros somos malos. Decimos: conflicto…“mira, esto se ha movido solo”. Y el espectador se plantea: ¿cómo ha sido? ¿El desenlace?… pues no tiene. Dejas el conflicto sin resolver. Yo entiendo que el que está allí viéndolo, por un momento, aunque sea por un segundo, tenga que decirse: “bueno, tiene truco, hay una razón lógica”. Y tiene que ser así. Yo soy un adorador de la razón. Creo que es muy bonito, cuando empezamos los juegos de magia, en una sesión, ir al espectador y citarle como el torero –fíjate que se llama engaño en los toros a la capa–, citarle a su parte lógica y decirle: “Ven, ven, mira…, te toreo.” “No, no puede ser”, das un ‘estoconazo’ al toro de la lógica. “Muévete ahí, quédate ahí temporalmente”. Y, ahora, vamos a jugar con el resto, con nuestra parte imaginativa, la lúdica, afectiva. Te montas en el caballo alado de la imaginación y juegas. Sale la ternura, sale mi niño, ¡CHANTATACHÁN!. Y juega. Y luego le dices: “Bueno, señor toro, véngase conmigo que podemos seguir”. Obviamente, tiene truco. Yo creo que el público se va enriquecido. El espectador ha roto cáscaras que no le dejaban gritar, jugar como un niño.
D.: ¿Cuáles son las condiciones para ser mago?
J. T.: Similares a las de cualquier otro arte. Quizá un sentido mágico. Ser capaz, como decía antes, de soltar al niño interior, jugar y disfrutar con ello… no cortarse: “me van a ver, qué van a decir…” Pero lo que es genérico con toda otra actividad es amar lo que haces. ¡Hay que tener pasión! Como un fuego interior que te quema,“yo tengo que hacer esto, no se por qué, ni idea…” Creo que con eso bastaría. Si uno quiere ser mago y no tiene la capacidad de quitarse tantas capas coriáceas, entonces sí que le va a resultar difícil pedírselo a los demás. Irá por otro camino, probablemente, que a mí, particularmente, no me gusta, que es el de “admírame, mira lo que hago, qué poder el mío, qué poderoso soy, aunque sea en la ficción…”
D.: ¿Habría, entonces, dos formas de poder: el de encarnarlo en busca de veneración y prestigio y el que resulta de trasmitir a otros lo que uno sabe? Tu decías: “no hay que temer enseñar a otros un truco de uno”, y al final de tu representación dejas que se te acerque la gente, les preguntas qué es lo que más les ha interesado…
J. T.: Me dedico más a la transmisión de la magia entre los propios magos, aficionados y profesionales. Mi hija tiene una escuela. Pero hay un ambiente muy guapo entre los magos…, quizás esa capacidad de sacar al niño de dentro. Tenemos muy a flor de piel la parte infantil, el jugar con el otro por encima de todo. Los enfados son incluso de niños: “no te ajuntes”, y, a los tres minutos, tomamos esa cañita. Es mejor que en otros ambientes. Lo digo porque yo empecé en el cine: es más rígido, allí los enfados eran otra cosa. Intento transmitir conocimientos míos y otros que he recibido de mis maestros, de los libros. He tenido maestros muy queridos…
D.: En tu espectáculo había varios magos…
J. T.: Sí, nos encontramos, vienen a mi espectáculo, comparto con ellos. La magia es una forma de vivir la vida. Es muy hermoso. Uno de mis maestros de noventa y ocho años, que murió hace diez, venía a Madrid y yo iba a verle a él; teníamos una relación muy cercana. Me enseñó mucho, y un truco en especial… Y yo intenté ir más allá, y un día fui a verlo a Canadá y se lo enseñé. Para mí está clarísimo. Si me regalan un boli, ¿qué hago? pues voy a escribir. La transmisión también pasa mucho por los libros. Es otra vertiente de la transmisión muy importante. Yo he escrito libros de magia –pero es como redundante, todos los libros son mágicos–, y otros magos tienen así acceso a esta parcela del conocimiento que, o bien yo la desarrollo, o me ha sido transmitida, y la paso por mi tamiz y con ello hacen lo que quieran.
D.: ¿Cuál es tu magia? Algo más particular tuyo…
J. T.: Poco a poco he ido convergiendo hacia un punto en que son juegos en que se mezcla una alegría. Es como decir:“el mundo es muy duro, sí, muy difícil todo, pero hay una parte que no es así y, hay por lo menos una persona, que soy yo, que soy alegre. Irresponsablemente alegre.” Es como si propusiera: “podemos jugar a algo que tiene que romper las leyes de la lógica, vamos a hacer algo que parece imposible, yo puedo. Pero quiero hacerlo a la vez con alegría, quiero transmitiros que es divertido, y combinar al mismo tiempo esa alegría y el asombro.” Eso es muy difícil, fíjate, si quieres reírte y asombrarte al mismo tiempo… Inténtalo, haced gestos… Eso, hacerlo al mismo tiempo es imposible. ¡Ah! ¡Oh!…. (entrevistadoras y entrevistado intentan con gestos trasmitir risa y asombro al mismo tiempo). No hay nadie que lo haya conseguido. Jugar con ese equilibrio es muy difícil: es lo que cuento en seminarios, cómo los magos pueden combinar el no es posible, algo de la vivencia de lo milagroso, de lo fascinante, pero, al mismo tiempo, te distiendes, te relajas y liberas todas esas cosas que tienes por ahí. Al mismo tiempo es ¡AHH! y ¡JA, JA, JA! Es una cosa gozosa. Esto, hasta ahora, los magos no lo habían tratado, y eso es lo que intento transmitir. Además, es que yo quiero a la gente, actúo como si fuera un día de celebración familiar.
D.: Hay algo muy especial en tu show, tus palabras van acompañando los trucos y eso provoca risa. Y también cuentas cosas de tu historia. ¿Cómo te interesaste por la magia?
J. T.: Trato de expresarme y contarme. Otros lo han hecho, Woody Allen también se cuenta a sí mismo, y otros. Sí, hablo también en el show de un tío abuelo; fue mago, pero lo supe mucho después de interesarme por la magia porque en mi familia de eso no se hablaba. A la abuela no le pareció muy bien que, en 1900, mi tío abuelo fuese mago, pero un buen día me dijo “tu tío abuelo lo fue.”
D.: ¿Eso es magia o transmisión inconsciente?
J. T.: No lo sé… Yo empecé de chiquitín, con seis o siete años… No sé, quizá vi algún mago también. Hasta los treinta y dos años no me dediqué profesionalmente, era una gran afición. Estudié otras cosas. Estudié Físicas porque no quería estudiar Físicas. Yo quería hacer cine, era mi ilusión, porque entonces no existía profesión de mago en España, habría ocho o diez magos. Vivían casi todos fuera y trabajaban en lugares malísimos, en salas de fiestas. El cine me gustaba mucho, es un juego de magos. Toda la historia del cine, desde los aparatos, la linterna mágica… Auguste Lumière era mago. Entonces llegó el mago francés G. Méliés y dijo: “Esto puede ser un arte, un espectáculo, tiene todos los ingredientes.” Pidió los derechos a los Lumière y empezó a crear sueños e ilusiones con su aparato. Todos los pioneros del cine eran magos, no había locales para proyectar películas. Entonces, los magos ponían una cosa que se llamaba “vistas animadas” y lo llevaban de lugar en lugar. Y así los propios magos se iban convirtiendo en cineastas. Orson Wells, a propósito de la película Question mark, cuenta, para explicar lo que es la ficción, el arte, la mentira, que él era mago también. El cine es magia, y es lo más mentiroso que hay: crees que hay personas, pero no las hay; crees que llora la heroína, y tiene más dinero que nadie; crees que se mueven, pues no, son imágenes, es la ilusión en la retina…
D.: La magia en directo impacta mucho, estás creyendo algo que ves y que, a la vez, sabes que no es así… Hay un engaño pero es un engaño consentido, cómplice contigo mismo.
J. T.: En el arte en general y en la magia en particular está la mentira y el engaño. Eso lo explica muy bien Miguel Narros en la entrevista del número anterior de Diván, pero, a la vez, la magia es el único sitio donde no lo hay, ya que partes de decir: lo que viene a partir de ahora no es verdad. La entrada de la ficción en la realidad…, me gusta trabajar en los cafés y cercano a la gente, la gente con sus propias manos, tocando los objetos… De repente dicen: “¡UH!, ¡no es posible!
D.: Ficción y realidad se superponen…
J. T.: Los que están como espectadores más bien son ‘espectactores’ porque modifican el desarrollo. Según lo que me digan, tengo que ir por otro lado, no tengo el final previsto… gracias a su intervención. Son copartícipes, intento que el espectador sienta que él hace algo, que le pasa algo, porque él lo ha producido sabiendo que no es verdad. Es un guiño, pero se produce gracias al ritual, al conjuro… Más que con palabras, os haré un juego. (Y realiza, inesperadamente, ante nuestros propios ojos, un juego de magia.)
D.: ¡Ohhh ¡ ¡Es impresionante…! ¡qué fuerte…! Hay que recordar “tiene truco”. Aunque no tendría ningún interés en saber por qué se ha producido.
J. T.: En esto te pareces a Séneca, cuando escribió en una de sus Cartas Morales: “…Por cierto, he visto a un artista callejero que con unos tazones hacía pasar objetos de un sitio a otro, me quedé maravillado, sentí una emoción especial, pero, sabiendo que era por esos medios, nunca querría saber el verdadero secreto porque perdería el encanto.”
D.: Lo emocionante es que es algo que escapa totalmente a la razón.
J. T.: Sin embargo, a mí sí me gustaría saber cómo lo habéis hecho vosotras (risas). ¿Lo repetimos? (Hace otro juego). Yo no quiero tocar. Mi especialidad entre los magos –ya que me preguntabais sobre ello– es que son juegos donde el mago no toca la baraja, no me acerco ni toco…
D.: (Mientras, sólo se oyen risas, suspiros, sorpresa…) ¡Es increíble! ¿Cómo nos las arreglaremos para contar esto?, ¿no te sorprendes a ti mismo? (Otro juego)… Es un privilegio… (sigue con otro pase). Es muy fuerte… (otro más: risas, más risas y… asombro).
J. T.: Hay un poema de Jean Cocteau, que se llama Hombres de las mil manos, donde plantea que está en nuestras manos el mantener viva la llama de la infancia en el mejor sentido. Una vez hice una broma en una revista. Me pidieron mi definición de la magia y copié todas las definiciones del surrealismo que encontré, y entonces puse magia donde decía surrealismo: resulta que era lo mismo. Decía por ejemplo: buscar el punto donde lo posible y lo imposible se confunden, jugar en la frontera de la realidad y la irrealidad.
D.: Gracias, Juan, ha sido un regalo.
Cristina Fontana, psicoanalista, y Graciela Strada, psicoanalista