Martín Casariego Córdoba
Publicado en Entrevistas¡Qué te voy a contar!
Licenciado en Historia del arte y socio fundador de ediciones Zigzag. Guionista de cine y televisión, en la actualidad colabora en diversos medios de la prensa escrita. Diván el Terrible se hace eco de los comentarios que consideran al autor una de las voces más interesantes de la joven narrativa española. Nace en Madrid en 1962.
Diván: Se ha dicho que tus novelas vinieron a rellenar un hueco en el mercado editorial, el de la literatura sobre los jóvenes del momento. ¿Pretendías rellenar ese hueco?
MC: No, pero una cosa sí hay y es que cuando yo leía y pensaba que quería dedicarme a escribir, echaba de menos libros en los que los protagonistas tuvieran la edad que yo tenía en esos momentos, unos dieciséis años, y que les pasaran las cosas que a uno le importan entre los dieciséis y los veinticinco años. Entonces, sí tenía ganas de escribir algo con protagonistas de esas edades y que fueran gente como la gente que conocía yo. Tampoco tenía que ser una historia muy especial sino, pues nada, un chico al que le gusta una chica, unos amigos, algo de eso. Echaba de menos libros de ese tipo. Así escribí Qué te voy a contar y luego, los de años después… obedecen en el fondo a la misma idea, como Decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero.
La primera novela la escribí con veintitrés años. Es una novela que está sin publicar y cuyo título no recuerdo. Pero vamos, cuando pensé que quería dedicarme a escribir fue con dieciséis, diecisiete años. ¿Y por qué? Aparte de lo dicho, yo creo que por dos cosas. Una, porque es una forma de comunicarse. Yo soy una persona… o era (ahora lo soy menos, pero algo lo sigo siendo, supongo), una persona muy tímida, y escribir es una forma de expresar cosas que, a lo mejor, no vas a contar nunca por otro camino, por un camino más natural, por decirlo así. Y, por otra parte, también hay un deseo de emulación, de ver si tú eres capaz de hacer algo… cuando hay algo que a ti te gusta mucho, que te impresiona mucho, –en mi caso, novelas que había leído– quieres hacerlo tú también. Lo que pasa es que no llegas a saber nunca si produces el mismo efecto que otras novelas han producido en ti.
D: Sin embargo, ya con otra edad, tu escritura no puede responder a las mismas motivaciones.
MC: Bueno, es que luego hay otra cosa, y es que cuando empiezas a escribir, escribes de lo que conoces y, además, con cierto retraso, porque escribir lleva su tiempo. Yo imagino que con los años los temas se irán ampliando un poco. Tú vas cambiando y tus libros también y tienes ganas de escribir sobre otras cosas.
D: ¿Y alguna de tus novelas te ha servido como «catarsis», es decir, como forma de arreglar en la literatura lo que no se ha podido arreglar en la vida?
MC: En mis libros siempre hay una manera de arreglar lo que haces. Yo tengo novelas que acaban bien y otras que acaban mal y siempre hay como un consuelo poético o como lo quieras llamar. En Algunas chicas son como todas, el amigo muere pero el que cuenta la historia la cuenta como amigo que está cumpliendo una promesa. En El chico que imitaba a Roberto Carlos, el hermano muere pero el chico se imagina que desde una estrella le saluda su hermano y que está de algún modo vivo y cuidando de él. Y si te refieres a catarsis como forma de echar fuera las cosas que te han pasado para librarte de ellas, no he escrito ninguna sobre una experiencia personal que me llevara a eso, bueno, en todas hay algo… quizás La primavera corta, el largo invierno, sí sea la que más tenga de eso.
D: Sin embargo, algunos temas se repiten de una a otra novela. Por ejemplo, muchos protagonistas pasan la novela entera dando vueltas a un amor perdido. En Qué te voy a contar, en La primavera corta, el largo invierno, como motivo de fondo en Mi precio es ninguno…
MC: Sí, jajaja. Pero eso ya no es lo de la «catarsis», es otra pregunta, ¿no? jajaja. Sí, es un tema que claro que está y además, una novela en la que estoy pensando ahora también es sobre un intento de recuperar algo, pero es un tema muy literario: la felicidad perdida y el deseo de volver a ella y eso lo puedes disfrazar de mil maneras. Siempre o muchas veces hay una nostalgia en la vida… según cómo haya sido tu infancia, pero puede haber una nostalgia por la infancia, si no ha sido de padres maltratadores y cosas de esas. Pero claro, en la infancia estabas protegido, no tenías responsabilidades. Yo he tenido una infancia muy buena; una adolescencia no buena pero la infancia sí. En el viaje de La primavera corta, el largo invierno, puede verse un paralelismo con el Santo Grial y los caballeros que van buscándolo…
D: Tus protagonistas suelen ser masculinos. ¿Te resultaría muy difícil meterte en la piel en un personaje femenino?
MC: Cuando cuentas una historia pretendes reflejar una parte de la vida… me interesan más las mujeres vistas desde los hombres, que es la parte que nos corresponde, que cómo es una mujer o qué piense o qué sienta, que más o menos, te puedes imaginar, yo tampoco creo que seamos tan diferentes. Sí que tenemos cosas distintas pero, básicamente, yo veo que somos muy parecidos. Y, además, hay escritoras que me parece que lo pueden hacer mejor. Yo ni me creo capacitado ni me atrae… ahora: a lo mejor, dentro de quince años, pues resulta que sí. Cuando escribes por supuesto que te planteas retos pero prefiero plantearme unos retos de los que piense que puedo salir lo mejor posible, ¿no? un poquito sí que te metes… Las novelas que he escrito en primera persona realmente están hechas desde el punto de vista masculino y las escritas en tercera persona, claro, es que no es nunca una tercera persona pura y dura y está más bien llevada al terreno masculino. Ya te digo que yo no veo que pueda aportar nada escribiendo como desde una mujer.
D: De cuando en cuando, los personajes de tus novelas citan obras literarias y, además, de un modo que indica una asimilación muy personal de ellas.
MC: Sí, por ejemplo, en Qué te voy a contar, ella le da a él algunos libros para que los lea… pero no salen muchos… Sí, quizás en las novelas juveniles… Orzoway, por ejemplo. Es un libro que cuando lo lees de pequeño está muy bien, pero lo lees ahora y también está muy bien.
D: En ocasiones, usas los clásicos para algún juego verbal o para dibujar a un personaje con una frase. En Decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, el narrador protagonista comenta que «ella leía El príncipe y yo El principito». Y no hace falta más para comprenderlos a los dos.
MC: Es que vas escribiendo a partir de una tradición. La novela está inventada. Escribes después de lo que ha escrito otra gente y ha de notarse la época en la que vives, eres como un ladrillo puesto en una muralla. Hay gente que dice muchas tonterías, como que si un libro tiene un ritmo rápido, imágenes fuertes, entonces es cine y, por lo tanto, bah, fuera. Eso es un disparate. La literatura de siempre se ha basado en imágenes y no digamos la poesía… Lees Tristán e Iseo y parece que estás viendo una película. Que el cine te influye, pues me parece muy bien. Es que si tú vives en el año 2000 y no has visto cine, y no te influye, y no sabes quiénes son los Rolling Stone, pues me parece que te falta algo. No puedes escribir como en el siglo XIX y eso no significa despreciar la palabra.
D: ¿Recuerdas algo que algún crítico haya dicho de ti y que te haya gustado especialmente o bien que te haya parecido un disparate?
MC: Sé que hay críticas que me han gustado, pero no recuerdo una frase o algo así concreto. Nunca sabes hasta qué punto lo que escribes le gusta a alguien de la manera como a ti te gustaría que le gustara, es decir, nunca sabes de qué manera le ha gustado, así que siempre estás un poco desorientado. Yo no doy demasiada credibilidad a los críticos, no por lo que hayan opinado sobre obras mías, sino sobre todo de otros. Me gusta cuando dicen que una novela mía está bien, me enfada cuando dicen que está mal, pero no podría decirte una cosa concreta. De todos modos, tampoco sabría decirte qué me gustaría que dijeran.
Ten en cuenta que los escritores, por un lado nos queremos impermeabilizar frente a las opiniones que dan por ahí y por otra parte somos muy sensibles a las opiniones externas. La primavera corta, el largo invierno ha tenido críticas todas muy buenas, y sólo ha habido una que parecía un insulto. Yo no me siento ni especialmente dolido ni especialmente bien tratado. Por otro lado, yo no quiero transmitir en mis novelas algo concreto, sino una experiencia de vida. Quiero contar una historia, que la historia esté contada de una manera que provoque emociones, pero no una enseñanza sobre algo. Eso escapa de mis posibilidades.
Ana Isabel Ballesteros Dorado
Profesora de Literatura en la Universidad San Pablo-CEU