
La fuerza de la fragilidad
Gustavo Martín Garzo (1948) Premio Nadal 1999 con su bellísima andanza de enamorados, Marta y Fernando cuenta sobre el hecho de escribir una de las anécdotas más emocionantes que se hayan oído en los últimos tiempos.
Yo estudiaba entonces tercero o cuarto curso en el Colegio San José de los Jesuitas en Valladolid, cuando recibimos la presentación de una clase muy diferenciada de la literatura, que se llamaba tradicionalmente Redacción. En la exposición el Profesor nos subrayó su importancia, haciéndonos ver lo necesario que resultaba escribir bien para valerse en la vida, y culminó con la tarea de una redacción sobre el otoño que debíamos entregarle la siguiente semana.
Pasados los días y cuando tuve que enfrentarme al trabajo, me vi preso de una impotencia que rayaba en la angustia, de tal modo que mi madre me lo notó al pasar por la habitación y claro, pues me preguntó, que qué me sucedía. Yo le expliqué mis problemas y le hablé de mi incapacidad, a lo que ella, haciéndose cargo, me dijo que guardase tranquilidad porque ella me la iba a hacer para salvación de mi tropiezo. Cual no será mi sorpresa cuando veo que en ese mismo momento, mi madre toma el cuaderno y tras unos minutos de reflexión comienza a escribir y llena una hoja por las dos caras que me entrega sin la más mínima tachadura ni corrección.
Toma, ya está hecha, me dice. Yo al leerla me doy cuenta de su belleza en un tema tan inabarcable como es el de una estación del ciclo de la vida. Fue algo realmente emocionante.
Llegado el día, vamos todos con nuestras redacciones y el Profesor las recoge y al terminar de leerlas se dirige a nosotros y nos dice que francamente están muy bien pero que hay una en concreto, que revela la existencia de un escritor dentro del grupo y que corresponde a … y dice mi nombre al tiempo que me invita a subir a la tarima para proceder en alta voz a su lectura.
Desde ese momento, yo me convierto en el escritor de la clase, al tiempo que se abre en mi un miedo a ser descubierto, a que se conozca mi impostura.
Debo decir que como escritor siempre me he sentido así, alguien que espera delante del folio a que otro se ponga en su lugar. Lo apasionante de escribir me ha llegado en los pocos instantes, donde uno es habitado por otro, por el espíritu de otro, por algo en suma que no le pertenece y de este modo comienza a poner sobre el papel la historia que le dictan.
Diván.- En tu novela, cada uno de los capítulos gira en torno a alguno de los elementos a los que Freud se refirió como equivalencias simbólicas del falo. Heces, dinero, regalo, niño y pene. ¿Existe un saber sobre lo que tú escribes?, ¿Hay que olvidar el saber para escribir?
Gustavo Martín Garzo.- El escritor no tiene conciencia de que toda su escritura está descarnadamente cuajada de las ideas centrales del psicoanálisis. Yo soy consciente de la gran carga simbólica que tiene mi novela, pero trato de que sea intuitiva, como sin darme cuenta, y creo que lo logro. Yo si hice psicología fue porque me encontré con Freud y me sedujo. Siempre he tenido una fascinación y un enorme respeto por la obra de Freud. Pero en un momento, me di cuenta, a medida que asumía mi decisión de escribir, que yo con el psicoanálisis no quería saber nada. Y no he vuelto a leer ni un solo texto nunca, por el temor a que me contaminara, que me colonizara y me hiciera consciente de las cosas que yo no quiero ser consciente.
D.- También en el libro se dice que “el novio ladrón” es el que regala lo que no sirve para nada, lo que no tiene valor. ¿Inventa realidades el escritor?, ¿Un escritor es como el novio ladrón que regala lo que no sirve para nada?
G. M. G.- Seguramente. El escritor pone en relación cosas que en principio no guardan hilazón. Es como tender puentes entre realidades que parecen desconectadas, haciendo surgir algo casi inventado. Pero él no lo está inventando, simplemente coge algo y lo lleva de un lugar a otro, modificando, claro está, ese lugar del que lo toma y ese otro al que lo lleva. El ladrón es una figura fascinante. Lo que más secretamente he deseado ser siempre es un ladrón apacible, que no trastorna los lugares a los que entra, que no es portador de daño. El escritor no está inventado un lugar, sino encontrando un acceso a un lugar preexistente. No inventa, encuentra accesos, resortes, se abre a espacios que antes estaban cerrados, pero que existían allí, aguardando ese gesto de fortuna, de acierto…
D.- ¿Se trata de algo nuevo, o es un elemento del que no se tiene conciencia aun estando previamente?
G. M. G.- Es nuevo en tanto que se ofrece por primera vez, de manera inesperada, sorprendiendo la mirada de los que están allí. Ese elemento que está ahí latente, resulta poco menos que intocable. No sabemos que hacer con él. Lo valioso no es aquello que nosotros podamos manejar, con lo valioso no sabemos que papel va a cumplir, nos enfrenta literalmente a un no saber, a un desconocimiento y eso es lo que le confiere ese carácter de valioso, por el contrario en la medida que comienza a resultarnos familiar algo que pudiéramos darle una función en nuestras vidas, empieza a apagarse, empieza a perder ese poder que tenía antes.
D.- ¿Eso tiene que ver con el acto analítico, en el sentido de sacar a la luz elementos inconscientes?
G. M. G.- Claro, claro. Al introducir un elemento nuevo por medio de la creación se modifica lo que hay, porque ese elemento nuevo introduce también nuevas expectativas, nuevas relaciones, abriendo campos…
D.- En tu novela se dice: “a lo mejor sólo somos alucinaciones de los deseos de otros”, “la materialización de sus deseos”. Ese que tú dices que conduce tu mano cuando escribes, algo que a mi me parece como situarse en la prolongación del deseo del otro, ¿del deseo de quién? Ya que hemos visto que no parece tratarse ni de los personajes ni de los lectores.
G. M. G.- Esto es lo que pasa normalmente, así es como vemos la realidad. ¿Existe algo al margen de nuestra mirada y de nuestra percepción de nuestros deseos? No. Son nuestros deseos y nuestra mirada la que hace que las cosas aparezcan ante nosotros proyectando todo lo que somos y lo que queremos, transfigurando el mundo de acuerdo a esos deseos. Pero ahí se produce un movimiento que es el que a mí me interesa. En la novela se dice “¿y si el amor fuera esa segunda vida que encontramos cuando visitamos los sueños de los otros?”. Visitar el deseo de otro. No tanto estar pendiente de mi propio deseo, como sentir esa especie de llamada o de atracción del deseo del otro. Incorporar el deseo del otro como una segunda vida.
Esa idea tan repetida de que en el amor lo que importa es el amante, es decir que la amada o el amado no importa, porque siempre la fuerza está en el que ama y no importa que la amada no haya existido jamás. Y estoy radicalmente en contra de esto.
Tal vez sea lo que pase normalmente, pero a mí, justo me interesa el amor desde el momento en que no es esto lo que pasa. La pregunta por la verdadera naturaleza del amor, es abrirnos al otro como misterio, ese otro que llega del exterior y que no tiene por qué coincidir exactamente con nuestros deseos y lo que no hace es preguntarme acerca de lo que estoy sintiendo, como acerca de quién es ese que aparece. Y el modo de saberlo en fin, es entrar en su juego, entrar en sus sueños, entrar en su deseo y ver que sucede ahí. A mi lo que me resulta profundamente excitante es esa visita, no tanto lo que yo quiera hacer con ese que está ahí, sino qué haría él o ella conmigo.
D.- Seguimos moviéndonos en el terreno del otro. Y a este respecto, de dejar que el otro haga conmigo lo que quiera. ¿Quién es ese otro que goza de ti?, ¿El personaje, el lector o ninguno de los dos?
G. M. G.- Yo siento el tirón de los personajes, siento los personajes, me dejo llevar por ellos. A mi no me parece ficticio. No tanto viendo que quieren hacer conmigo, como agazapado viendo qué es lo que hacen, a donde van, a donde me quieren llevar, de que son portadores. Cuando alguien nos interesa, es porque lo sentimos portador de algo que no sabemos lo que es. Algo que incluso puedes recibir con desazón o desgana, pero que una vez que lo recibes no te puedes desentender de ello. Por lo tanto, para mi el lugar de la literatura es también el lugar de la responsabilidad plena, y el lugar de lo irreparable, porque es donde sucede algo que no tiene vuelta de hoja, donde ya no puedes retroceder y de lo que tienes que hacerte cargo. El personaje literario siempre es alguien que carga algo (el jorobado es el personaje literario por excelencia) y que a veces le abruma, y por eso está muy cerca de la desfiguración porque cargar algo es sentir la amenaza de una desfiguración que comporta siempre la promesa de un cambio, de una metamorfosis.
D.- ¿Señala esto la existencia de una ética del escritor con sus personajes?
G. M G. -Sí. Los libros se transforman y además me gusta sentirlo. Yo realizo el movimiento pero luego se me van por otro lado. A mi me gusta dejarme llevar por el acto mismo que escribir convoca. Es el lenguaje el que va marcando todo eso. Son las palabras las que arrastran todo eso detrás, pero… no son las palabras. No sabría definirlo. Son las palabras las que lo hacen aparecer, pero eso que aparece a la vez está en las palabras, y a la vez no está enteramente en ellas, no cabe en las palabras.
D.- Y en ese transcurrir, ¿Qué papel juega el lector?
G. M. G.- El momento más misterioso del hecho de escribir es cuando la novela ya escrita, va a parar a un lector. Porque no hay cosa más perturbadora y deslumbrante que ver como un sueño tuyo se hace real. Un libro es como un sueño y está hecho de su misma sustancia. Porque las palabras tienen una existencia que cobra valor, cuando el lector a través de ellas asiste a lo mismo que tu has asistido cuando estabas soñando. Te deja totalmente perplejo. Tanto, que cuando alguien me habla de alguno de los libros que he escrito, me veo obligado a cambiar de conversación, es algo que literalmente roza lo insoportable, como pudor, como vergüenza, como un exceso que no sé como disimular.
D.- Y en ese mismo sentido, ¿puede modificar la vida de un lector, la lectura de un libro?
G. M. G.- Existe un proceso de transformación de la novela en la realidad, y de la realidad en la novela. A partir de unos hechos, tu inventas algo sobre la realidad sin que sepas si lo que te inventas coincide con la realidad o si modifica el recuerdo que las personas tienen sobre la realidad. Lo importante es que te has situado en ese núcleo donde ha surgido todo, hasta el punto de que lo que tú cuentas parezca real, e incluso que a lo mejor hasta lo sea o que lo haya sido.
D.- Parece un excelente discurso proviniendo de un lector casi ideal. Más de un lector que de un escritor, si me permites.
G. M. G.- Yo soy un buen lector, pero un lector sin memoria. Y eso mismo me pasa con mi vida… yo casi no tengo recuerdos de mi infancia. No me acuerdo de lo que he leído y entonces lo que hago es hablar, de tal forma que el saber olvidado lo encuentro sin saber lo que es. No sé si quiero transformarme únicamente en un escritor. Me agota. Estoy harto y deseo callarme. No hablar como autor. Como responsable de lo que hago. La condición de escritor profesional no la he querido nunca. Me he encontrado siendo escritor a partir de un momento…, pero creo que esta historia ya os la he contado alguna vez.
Julio Martínez, periodista, y Manuel Espina, psicoanalista