Entre la copa y los labios

Publicado en Ansiedad

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“Apresúrate despacio”, reza un proverbio latino. Este aparente contrasentido apunta al corazón del problema que plantea la prisa: el anhelo imposible, pero imperioso, de ignorar o anular el curso del tiempo, de atravesarlo como si se tratara de un obstáculo, del mismo modo que se construyen túneles a través de las montañas o puentes sobre los ríos -y no es casual la asociación de la prisa con la tecnología, cuya velocidad se sobrepone al tiempo y la distancia.

Los diccionarios nos informan de que la palabra “prisa” deriva del término latino “pressam”, que quiere decir “aprieto”. Aunque actualmente se refiere a la prontitud y rapidez con que sucede o se hace una cosa y a la necesidad o deseo de ejecutar algo con urgencia, en castellano antiguo significaba aprieto, conflicto, consternación, ahogo. Este apunte etimológico nos sitúa de lleno en la problemática psicológica subyacente a la prisa: imprimir la velocidad a los actos responde a la urgencia por salir de un aprieto, a la consternación que generan nuestros deseos en tanto que no son satisfechos. La prisa supone una lucha contra reloj para liberarnos de una evidencia interna que nos oprime.

El psicoanálisis y el tiempo

Desde el punto de vista psicológico, el tiempo es devenir o duración (Bergson); el curso del tiempo es la distinción entre lo deseado y lo alcanzado, el intervalo entre la necesidad y su satisfacción, “entre la copa y los labios” (Guyau).

Esta distinción sólo podrá establecerse, dice Freud, a partir de las “amargas experiencias de la vida”. En efecto, nuestro funcionamiento psíquico incluye dos tipos de procesos. En primer lugar, la tendencia inconsciente, dominante en la primera infancia, a evacuar en el acto, fundamentalmente mediante la descarga motora, los estímulos que nos afectan, y a satisfacer el deseo mediante la alucinación del objeto necesario, imaginándolo presente cuando carecemos de él. Ninguna de estas “soluciones” apresuradas conduce a la satisfacción. El fracaso de estos procedimientos da lugar al desarrollo de otro tipo de actividad psíquica. Esta se basa en la inhibición de la primera y consiste en la sustitución de la búsqueda del camino más corto (descarga inmediata mediante actos o satisfacción alucinatoria del deseo) por un rodeo: la satisfacción queda en suspenso, se abre un intervalo que hace posible el pensamiento, la elaboración psíquica de soluciones más adecuadas, la diferenciación entre el objeto real y su mera imagen. Si el inconsciente carece de toda representación del tiempo, ignora las leyes de la lógica y se encuentra librado al principio del placer, las funciones preconscientes, como el razonamiento y el juicio, habrán de tener en cuenta el principio de realidad y las exigencias de la temporalidad.

En el tratamiento psicoanalítico, destinado a suprimir las lagunas del recuerdo, se procura mantener en el terreno psíquico los deseos que tienden a realizarse en actos, para sustituir la repetición actuada de los fantasmas del pasado por su rememoración. Ésta sólo puede desarrollarse en el intervalo establecido entre la emergencia del deseo y la posibilidad de su satisfacción (entre la copa y los labios); se funda en el reconocimiento del curso del tiempo, en la sustitución del camino más corto por el rodeo. Esto plantea la necesidad de una duración que ha obstaculizado la aceptación social del psicoanálisis como método terapéutico.

El Prozac y otros medio mágicos

Este rechazo se basa en la intolerancia al intervalo requerido para bucear en nuestra historia, para reconstruir o construir nuestra subjetividad. Y esta intolerancia, a su vez, responde a una doble presión: por un lado, la exigencia inconsciente de recurrir a la vía más corta, de pasar al acto sin pérdida de tiempo y, por otro, los reclamos de una sociedad centrada en el consumo que, a través de la publicidad, nos promete la satisfacción inmediata y total de todo deseo. La alianza entre la ideología, el mercado y el principio del placer puede llevarnos a buscar soluciones inmediatas para el sufrimiento y el malestar psíquicos. De tanto en tanto, se publicitan medio mágicos, de dudosos resultados, como el Prozac: ¿es que podemos creer, en el umbral del siglo XXI, que un producto químico disolverá la angustia de un sujeto, que hunde sus raíces no en un organismo biológico, sino en un ser humano que ha llegado a serlo tras una compleja historia de relaciones con otros sujetos, en el marco de unas instituciones sociales que transmiten una tradición cultural? Sí, si vivimos en una civilización medicalizada que promete la eliminación total y definitiva del dolor, de la carencia, ¿de la muerte?

El problema es que pagamos un elevado precio por estas ilusiones: nada menos que nuestra condición de sujetos. Los fármacos (del griego “pharmakon”: remedio pero también veneno), las terapias breves, las sesiones cada vez más cortas, nos colocan en la posición de objetos manipulados (ya sea químicamente, ya mediante una ortopedia psíquica), y nos arrollan tecnológicamente al privarnos de buscar, o de construir, el sentido de nuestro sufrimiento, lo que nos define como seres humanos.

Silvia Tubert
Psicoanalista

1 comentario sobre “Entre la copa y los labios”

  1. Jacobo Garcia-Nieto dijo:

    Muy interesante

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