Padres separados
Publicado en FamilialíoSábado por la mañana, periódico, café y un par de churros con los que iniciar el fin de semana que se avecina. En la mesa de al lado tres hombres, rondando los cuarenta, que conversaban con gesto adusto de algo que llamó mi atención y despertó mi curiosidad. Cual cotilla de libro, agucé mi oído para no perder palabra, y tras escuchar una frase familiar, les pedí que me permitieran compartir la reunión.
Eran padres separados.
Los tres se esforzaban por dar con la frase adecuada, que trasmitida a sus “ex”, no hiciera destapar la caja de los truenos, y les permitieran, ese fin de semana, disfrutar de unas horas más, fuera del acuerdo, de sus hijos.
El plan era sencillo: zoo como primer objetivo, en el que caminando bajo el sol disfrutarían de sus risas mientras tiraban palomitas a los gansos. Hamburguesa en ese nuevo sitio del que le hablaron a Javier y donde regalan un muñeco al pedir el “minichus de pollo”, y después la última película de dibujos, antes de que les lleve su madre y pierdan la ilusión por verla…
Toda una carrera por estar en un primer puesto en el corazón del niño, e intentar paliar en un fin de semana lo que va faltando en nosotros al no poder vivir el día a día de esa vida que se desarrolla sin nuestra presencia.
Y ¿qué dirá? Sería bueno que dijera sí, así juntos, los chavales lo pasarán mejor y nosotros podremos hablar de nuestras cosas…
Tan poco tiempo al lado de ellos nos hace perder la capacidad para comunicarnos, olvidamos que su vida es tan sencilla, a nuestro lado, como sencillamente vivirla y , tal vez, eso nos despierte el miedo al fracaso en la forma de expresarles nuestro cariño. No hay nada de lo que ellas puedan darles que no esté en la misma proporción en nuestra esencia. Amamos, sentimos y soñamos como la mejor de las madres abnegadas. Abrir el corazón, y olvidaros de rellenar su tiempo, ese tiempo que, a veces, os aterra. Disfrutar de cada mueca del muñeco que es hoy; mañana, su corazón, estará relleno de todas las buenas vibraciones que hallamos sido capaces de trasmitirles.
Contemplé su mirada atónita, que reflejaba la incredulidad que debía suponer encontrarse un colega, sufridor, que padecía las mismas inquietudes del día a día amoroso hacia los hijos que no pueden disfrutarse.
No había más tiempo, los móviles tenían que tomar protagonismo e intentar llegar a un acuerdo con las madres y darle forma al día que se venia encima sin, aún, solución aparente.
Recogí mi periódico y tras la despedida (“hemos de vernos, quizá fuera bueno tener alguna de estas conversaciones más… otro día…”) volvieron a enfrascarse en su charla del principio. Busqué las llaves del coche y me encaminé a recoger a mi hijo. Este fin de semana también era mío. Como cada día, estaba loco por verle, pasear por el parque hablando de “su semana”, abrazarle con fuerza y esperar que, como cuando era pequeño, se confunda, y al llamarme se le escape… MAMÁ.
José María Prado
Ingeniero de caminos, Madrid