
Ella había cobrado una sustanciosa cantidad por un trabajo atrasado. Alegre y dándose importancia, se lo comunicó a él.
Entusiasmado, él contestó: “¡Te compro un coche!” Sorprendida, ella respondió: “¡Qué cara!, ¿cómo que me compras? -dando énfasis al “me”-. Con lo mío. Así también te hago yo regalos, con lo tuyo”.
“Desde luego, los hombres no entienden nada”, se dijo mientras se daba cuenta de que sus palabras a él no le hacían ninguna gracia y que, en todo caso, la ofendida tendría que ser ella. Sin entender muy bien por qué algo que podía haber sido motivo de alegría empezaba a enredarles desde por la mañana, decidió salir pronto de casa para no continuar por un camino inútil, pues intuía a dónde les iba a llevar.
En el trabajo se sintió inquieta; no se quitaba de encima ese desencuentro tan tonto de la mañana.
Reconocía que no era para tanto, pero le parecía que él no valoraba del todo lo de ella. “Seguro que él ni se ha enterado”, le comentó a una compañera, y las dos se rieron de la “generosidad” de los hombres, que siempre creen que dos son Uno. Y que ese Uno nunca es el otro.
Se dio cuenta entonces de que le molestaba casi más ese pensamiento tan tópico sobre ellos. Nunca había participado de esos comentarios como: “todos los hombres son” o “ya se sabe cómo son las mujeres”, aunque en esos momentos pareciera servirle de alivio. Y, la verdad, empezaba a pensar que eran diferentes. ¿Tendría también que llegar a creer que hombre y mujer no están hechos para entenderse?
Ese día, él se tumbó en el diván y le dijo a su psicoanalista: “Definitivamente, renuncio a saber lo que quieren las mujeres. Ella siempre se queja de que me quede yo con el coche, dice que le hace falta uno y, cuando quiero que ella tenga el suyo, parece que no le ha gustado nada. Ahora que podemos, con lo que me gusta a mí dar gusto…”
La psicoanalista no dijo nada y él pensó si tampoco ella le entendería o si le habría molestado su comentario genérico sobre las mujeres, pero, ¡ni una palabra! “No hay forma de saber lo que sienten.”
Cuando finalizó la sesión sin respuesta se dijo que quizás hubiese sido mejor analizarse con un hombre. “Por lo menos nos creemos que sabemos lo que queremos.”
Inquietos por volverse a encontrar ese día, la joven pareja llegó a casa antes de lo habitual. Al llegar la hora de la cena, él dijo: “Desconecta el teléfono, llamará tu madre, como siempre”. “Y tus padres”, añadió ella con sorna. Desconectados de todos los otros, cenaron, intercambiaron sus respectivas crónicas cotidianas y, con la ignorancia del que sabe que sólo se puede vivir una relación sin pensar en ella, evitaron explicaciones sobre su diferente modo de entender lo tuyo y lo mío.
Ella y él llegaron inseguros a la cama; algo pendiente se les quedaba perdido en el día. Bajo las sábanas buscaron con ardor sus diferencias como queriendo encontrar en ellas la clave del malentendido y, en el camino, tropezaron con el placer de sus cuerpos ya sabidos. Él quiso acompañar con palabras ese momento; le dijo algo con pasión al oído, minutos antes de tomar nuevamente lo de ella como suyo. Ella, irremediablemente confundida con lo de él, no pudo contenerse y contestó:
“¡Dame un hijo tuyo!”
Manina Peiró
Psicoanalista, Madrid