A-dicto

En una esquina cualquiera, en un oscuro portal o en medio de un basurero ¿qué importa el paisaje si sólo es un telón de fondo sin matices, sin semejantes, sin palabras? El drogadicto perdió su intimidad y muestra una imagen pública de una terrible soledad, yace solo en sus intentos de auto inocularse una sustancia de cualquier manera y obtenida a cualquier precio. Está sujetado a un objeto de cuya incorporación, cual biberón venenoso portador de mala leche, dependerá en su enésimo intento de reconquistar un instante que borre el dolor, la angustia, el sin sentido de su existencia. O simplemente hace una apuesta al límite que le permita un goce a medida, auto proporcionado como y cuando quiere para su autosatisfacción.

Es un a-dicto, no-dice, hace y se aísla en la repetición de su acto de drogarse, en un gasto que lo consume al tiempo que lo derrite, lo devora, le hace desaparecer en un circuito infernal de consumir-ser consumido-consumirse.

El autoerotismo, dice Lacan. “es una sola boca que se besa a sí misma”.

Hubo una boca primera por donde entró el alimento acompañado de palabras, risas, cantos que salían de otra boca de alguien que lo había deseado y lo estaba esperando. Puede haber nuevas bocas que se transformen en bocas para la muerte, se van cavando en el cuerpo desde una entrada no convenida, como una herida, una lesión que no genera intercambio alguno. Una boca prefabricada directa a las venas, circuito no transitado por nadie más, una trasgresión que abre artificialmente un atajo.

Hubo otros orificios del cuerpo que en su borde combinaron carne y lenguaje, convocaron presencias anheladas, fueron origen de satisfacciones, lugares de encuentro que marcaron un erotismo para cada uno, amasado de goce y palabras. Lo que ha entrado o salido de ese cuerpo enhebrado con frases han podido ser regalos de algo para alguien donados con amor.

¿Qué determina la alternativa de una u otra boca? ¿Qué hace que una persona, en una etapa de su vida, generalmente muy joven, pruebe una sustancia, encuentre en ella “su” droga y pase a nombrarse “soy un drogadicto”? ¿Qué justifica la entrega sacrificial que va reduciendo una vida humana a una fisiología casi animal, empobreciendo un discurso que apela en su jerga a términos tales como mono, caballo, camello? ¿Hay una explicación para este salto? ¿Es que se torna insoportable la vida?

Sólo se podrá responder en cada caso y solamente si el interesado se lo pregunta, pero siempre hay una historia. Hubo una primera vez, circunstancias que lo precipitan, angustia, vacíos que lo preceden. En un momento determinado, se pone la vida entre paréntesis, una vida que quizás duela, demande compromisos, interpele, reclame respuestas, conecte con un desierto. Quizá nada ha funcionado como motor de esa existencia, algo ha impedido hacer la prueba del deseo, apostar algo por alguien, ante alguien. Momentos de encrucijada, de vacío que conducen o a la tentación de precipitarse en él y acabar así la tensión, el cansancio, el dolor, o a la salida de hacer un brocal a ese agujero con palabras que lo vayan contorneando.

El dominio de lo “auto” va empujando a la desvinculación de los semejantes, de las tareas de la vida, del juego de la fantasía en aras de un ”bienestar”. Una pausa que brinde una anestesia pasajera para una existencia que no ha podido pasar por el aro de la palabra, encajar la decepción de una búsqueda que no culmina en un único objeto que satisfaga y para siempre, y que, no colmándonos, nos arroja nuevamente al desencuentro, a la desarmonía. Pero hay instrumentos para paliar la pérdida de ese paraíso mudo donde todo se decía sin frases.

Cuando el vacío estructural de todo ser humano puede inscribirse anudando su goce a la palabra, encuentra formas de representación que permiten construir señuelos, dando origen al nacimiento del deseo. Este sostén evita, no la insatisfacción, sino la alternativa de querer apearse del carro de la vida eludiendo el ensayo de una respuesta propia a la sexualidad y a la muerte.


Psicoanalista, Madrid