Despedidas

No es lo mismo despedida que pérdida, separación que suponga la ilusión de volver a verse –hasta luego– que adiós definitivo, aunque el mecanismo psíquico que nos permite afrontar ambas sea el mismo: el duelo. Se puede objetar que debe haber una diferencia grande entre una pérdida real e irreversible del objeto de amor y una separación temporal y, sin embargo, el lenguaje corriente se sirve, en ambos casos, de la misma palabra: adiós, a la que luego hay que añadir alguna precisión más: adiós, hasta la vista… adiós, hasta siempre… adiós para siempre.

Cuando se ha depositado sobre un objeto el interés, el afán, el amor… no resulta fácil desprenderse de él. Aunque la condición de la vida es la pérdida, como señala Freud en Duelo y Melancolía, la libido ligada a un objeto tiende a permanecer ligada a él sin atender a razones. Hace falta un largo proceso, con dolorosas y sucesivas pruebas de realidad, para que la economía psíquica se reorganice con relación al objeto y que esa nueva situación permita al sujeto “libidinizar” otros objetos.

Sin embargo ¿podemos decir que ese sujeto es el mismo de antes? ¿No ha perdido acaso él también una parte de sí mismo, aquella imagen en que se complacía viéndose ligado al objeto?

Por lo tanto hay diferentes formas de despedidas y diferentes formas de dolerse.

Un adiós puede implicar la esperanza del retorno, la ilusión de que la pérdida no es tal, de que podría haber otro momento de restitución en el que aquellos que éramos, y ya no somos, volvieran a encontrarse con el objeto que nunca terminó de ser el que anhelábamos.


Psicoanalista, Madrid