Maldito ámbar
Publicado en Soy joven... ¿y ahora qué?Mónica había sido, desde siempre, una niña modelo. Seria y responsable, había cumplido todas las expectativas familiares. El padre, ingeniero, responsable de la señalización del tráfico ferroviario, era meticuloso y concienzudo en su trabajo y afable y cariñoso en la vida familiar, que solía organizar con precisión no exenta de diversión y estímulos. Todo iba bien, salvo cuando surgía algún imprevisto. Las señales eran inequívocas y los protocolos de actuación también. La cosa rodaba.
Sin embargo, unas crisis de angustia cada vez más frecuentes junto con un fracaso académico habían llevado a Mónica a la consulta. Para ella se había convertido en imposible concluir sus estudios universitarios, por cierto que ligados a la previsión de riesgos. Tras unos resultados impresionantes en toda la carrera, la angustia ante los exámenes finales le impedía siquiera presentarse.
Al cabo de unas cuantas entrevistas, Mónica trae un sueño. El ámbar, sólo el ámbar. Enseguida lo relaciona con los semáforos, el rojo ordena parar, el verde pasar, pero el ámbar… El ámbar significa alerta, atención y frenar, eso dice el código, aunque nadie hace caso.
El analista, señalizador suplente, cumplía su función y sostenía la pregunta, en tanto que Mónica hacía su trabajo y encontraba la relación entre su angustia, su sueño y el final de la carrera. Se acababa el camino trillado y prescrito. Sin embargo, ante la demanda angustiosa y angustiante de un saber cierto, provocada por la incertidumbre de un determinado examen, el psicoanalista cede y se convierte en pedagogo, proporcionando algunas instrucciones y trucos para solventar la situación, con notable éxito. Mónica concluye sus estudios universitarios e interrumpe el análisis.
Sólo que este fulgurante éxito se vio seriamente empañado por los acontecimientos posteriores. Al cabo de un tiempo, Mónica vuelve a la consulta acosada por intensas y frecuentes crisis de angustia, así como por una acusada incapacidad para tomar cualquier decisión sobre su vida sentimental y profesional.
Cuando el síntoma irrumpe y alguien se acerca a un psicoanalista, es que algo se ha roto, se ha perdido la continuidad de la existencia y le demanda que restaure el sentido de la vida, atribuyéndole un saber sobre el síntoma. Pero es precisamente porque el analista no responde a dicha demanda y no actúa como sujeto del saber por lo que el análisis es posible y permite al analizante hacer el recorrido por las palabras que le han marcado y el deseo que le atraviesa.
Cuando el analista ejerce ese saber atribuido y responde a las demandas que se le dirigen, bloquea ese recorrido y produce una cristalización del síntoma. Pero el deseo en Mónica se ha dado una segunda oportunidad.
José Llanos
Psicoanalista, Madrid