
“Un piquete ligero, un tanto desagradable, agudo apenas para los torpes. Y, de pronto, se realiza el encanto, una onda le envuelve a uno, un océano de delicias, una sangre más viva y rejuvenecida. Es la luna de miel”
Tailhade Laurent
Freud señala que si bien el trabajo de la intoxicación busca en gran medida la evitación del displacer, la dimensión que queda relegada y la cual en verdad resulta difícil de abordar es la de la producción del placer que conlleva.
Lo anterior resitua el campo del uso de sustancias para provocar una intoxicación, ya no se tratara solamente de la ingesta indiscriminada o particular de sustancias para “escapar de la realidad” sino que será la búsqueda de el placer como plus lo que dirija el consumo.
Dejar el tema en este estado resulta corto, pues no se trata de cualquier placer, sino que es uno que intenta semejarse a aquel desprendido de la satisfacción alucinada de deseo, de la cual solo la subsiste la reconstrucción en el aposteriori de la fantasía de existencia del objeto total, garante de la vida, sabemos que dicha condición lleva a re-elaborar nuestra noción de objeto, y de los objetos.
Fascinados por la existencia fidedigna, por la investigación relativa a la realidad dejamos de lado experiencias y sobre todo lo experimentado confundiendo el aprendizaje con la experiencia misma, en el medio camino se ubican los objetos, la materia de ellos se encuentra en lo externo pero es su sustancia lo que le soporta a uno.
Los objetos formales representaciones de sus dispares externos, son por ese hecho inencontrables y al mismo tiempo anhelables y deseables, lugar desde donde la esperanza de su encuentro nos visita constantemente y a la cual acudimos en cada proceder, sin importar que la realidad y el principio de realidad nos indique otra cosa.
El uso de una sustancia para provocar determinado estado no es la excepción si bien en todo caso constituye la búsqueda menos imaginarizada, con menos vueltas entre lo externo en la vida compulsa del sujeto de intentar lo imposible, volver.
Así es posible entender y redimensionar una serie de practicas religiosas engarzadas al consumo, encontramos que en diversas culturas es un medio de re-encuentro, con Dios, con los dioses, con los ancestros, con los espíritus, con el Otro en todas sus manifestaciones y disfraces, es la búsqueda de la otredad en un mas allá que nos devuelva a ese estado garante, que apacigüe el dolor y sobre todo la incertidumbre de existir, saber de un mas allá posibilita un descanso.
En el consumo diario o constante (la adicción) vemos al sujeto perseguir dicho descanso y la emergencia en ese tiempo mítico del placer como existencia única, como búsqueda de encuentro de uno mismo, del perdido. Es un periodo de trance que lleva al sujeto a pensar que se abre ante él un camino de regreso cuando tan solo es un punto de retorno de lo reprimido, donde se muestra lo que el sujeto sabe, se trata de un bucle, por ello observamos estas condiciones omnipotentes, fragmentarias, y otras, que nos hacen pensar en regresiones o rompimientos y que solo manifiestan la impotencia del sujeto de en verdad iniciar un viaje a tiempo pasado.
Ello implica una locura en si, quizás así podamos entender por que el uso de la palabra toxicomanías para describirle. Locuras toxicas y enloquecer toxicamente, sin duda un algo loco que resulta ese consumo pues apunta a ser un placer hueco de un re-encuentro que nunca se da.
Alberto Sanen
Psicoanalista, México
Profesor Sanen, como siempre un privilegio leer sus textos, espero que la ponencia haya sido un éxito, ya me contara como le fue, saludos y un fuerte abrazo. Omar Ayón