
Espinoza: “El deseo es la esencia del hombre” me llevó a una revisión de una cierta autoimagen complaciente y profundamente falsificadora de la propia filosofía ha dado de sí misma: como un saber racionalista e intelectual donde el mundo del deseo quedaba en los subterráneos, en lo oscuro, casi a lo despreciable por lo ambiguo, promiscuo… Lo que me llevó a explorar la línea que por supuesto pasaba por Freud y más tarde por Lacan.
Empezar a leer a Lacan era como descubrir la familiaridad en lo extraño, en lo supuestamente extraño y encontrar que Lacan está impregnado en filosofía y de la mejor. Una de las más importantes aportaciones de Lacan, a parte de los aspectos clínicos y técnicos, que yo no manejo, es que Lacan ha sabido incorporar a un discurso propio, rigurosamente psicoanalítico, con toda la diferencia y lo inasimilable del psicoanálisis a cualquier otro saber, lo mejor de toda la filosofía.
Lacan ha hecho una tarea muy importante: un aporte fundamental ha sido evitar que se cumpliera un pronóstico, ya formulado por el propio Freud, que el psicoanálisis terminara siendo algo así como un capítulo más en los manuales de la psicoterapia. Cuando el psicoanálisis estaba corriendo el riesgo de quedar integrado como una parte menor, más normalizada, asimilada y reducida en su diferencia y en su originalidad, Lacan introdujo de nuevo en el psicoanálisis la fuerza de la diferencia y el carácter inasimilable de éste a los otros discursos, incluso y no menos, a los discursos psicológicos dominantes o de la normalización psicoterapéutica.
En cuanto a la relación entre filosofía y psicoanálisis y se podría generalizar a la relación con la cultura, Lacan y usaré su palabra ex-timidad, es reconocer que en el psicoanálisis hay algo completamente extraño para la cultura del siglo XX, para cualquier cultura convencional, y al mismo tiempo, hay algo radicalmente íntimo, de lo mejor de la cultura del siglo, y al revés, el psicoanálisis no puede integrarse normalizadamente, pero al mismo tiempo no puede jugar al engaño y a la trampa de la marginación, de refugiarse en una especie de lugar secreto, de fortaleza para iniciados. Tiene que estar ahí, expuesto, a que todo el mundo pueda “traficar” con él, apropiárselo, a veces mal apropiárselo, con el riesgo del malentendido, de la fragmentación, pero en todo caso habitar en esa polaridad: tan en el centro y al mismo tiempo estar como algo extraño que tiene que ver con esa cuestión central para el psicoanálisis, el lacaniano en particular y para la filosofía y que tiene que ver con la extraña constitución del sujeto íntimo y extraño al mismo tiempo , lo siniestro profundamente íntimo, que Freud no llegó a desarrollar de forma sistematizada.
Lacan ocupa un lugar no fácilmente reconocible en le mundo de la filosofía, una gran parte de filósofos no se han colocado bajo esos rayos de luz, bajo ese sol. Gran parte de la filosofía española sigue al margen de Freud y de Lacan. Otra parte de la filosofía, de mayor influencia francesa, lo ha mamado de alguna manera.
Existen filósofos lectores de Deleuze y Foucault, que se han quedado en la superficie de su discurso, se quedan más en las críticas, a veces feroces, estratégicas y poco finas, porque lo que le interesaba era un efecto de provocación (anti-Edipo) y esto se ha transmitido a filósofos españoles, pero no reconocido con ese nombre de Lacan, es la denegación.
Se ha dado como una especie de “herencia ilegítima”, natural, pero sin reconocimiento legal o formal de la influencia de Lacan. También su influencia se ha extendido a otros territorios, como la ciencia de la imagen, modos de tratamiento del lenguaje desde la semiótica, en la sociología, etc.
Otra de las aportaciones fundamentales del psicoanálisis, y en particular del lacaniano a la filosofía, está en haber replanteado con una radicalidad y al mismo tiempo con un rigor y lucidez admirables, cuestiones centrales de la filosofía. Lacan plantea a la filosofía la pregunta sobre ella misma, que es lo más pertinente, lo que más obliga a pensar, la pregunta ineludible.
El psicoanálisis ha hecho una interpelación a la filosofía para que mantenga su propia identidad, que desenmascare las trampas del discurso filosófico, que no ceda en traicionarse a sí misma, en aquello que no es fácil de sostener: la propia posición filosófica, posición desamparada.
Tiene que ver con algunos conceptos fundamentales y clásicos de la filosofía, por ejemplo, el problema de la Verdad, la diferencia entre saber y Verdad, conceptos como realidad y real, sujeto, deseo, consciente-inconsciente… La ética del psicoanálisis cuestiona y atraviesa todos estos conceptos. Se trataría de volver a colocar la ética en el centro de la filosofía, y desde la óptica filosófica, encontrar del otro lado al psicoanálisis irreductible, diferente, que no puede sostenerse sin colocar en su propio centro, a su vez, las cuestiones típicamente filosóficas.
Eugenio Fernández
Fue Filósofo y Profesor de la Universidad Complutense de Madrid
Jacques Lacan es el psicoanalista que más impacto ha tenido en los países de habla hispana, después de Freud. ¿Cómo entender su incidencia en España? Sus Escritos fueron traducidos al castellano por Tomás Segovia en 1971. Pero casi nadie entendía gran cosa de esos Escritos, de estilo enrevesado y frases complicadas, plagados de alusiones opacas a un cúmulo de pensadores.
Semejante obscuridad podía haber suscitado simplemente rechazo en quienes se aventuraban a leerlos, como fue el caso de muchos pensadores españoles. Los dichos de Lacan, destacando con fuerza sobre la opacidad del texto, hicieron mella sobre todo en los psi comprometidos con la lucha anti-manicomial, y en aquellos que habiéndose acercado al psicoanálisis difundido por la IPA española no habían encontrado en él más que una versión de Freud empobrecida y plegada al oficialismo de derechas. Encontramos en Lacan a un psicoanalista, a alguien tan mordido por lo real de la clínica y por el deseo de saber como Freud. Con Lacan, en su retorno crítico a Freud, el maestro alemán cobraba vida y no se dejaba reducir al complejo de Edipo, revelándose con agudeza lo que de Freud había sido enterrado por las doxas post-freudianas en la IPA.
A los que trabajábamos en las instituciones de Salud Mental, Lacan abría una vía para, como clínicos, hacer con los psicóticos algo más que denuncia de su segregación manicomial. A las mujeres, Lacan nos sorprendía con sus replanteamientos de la sexualidad femenina, en los que podíamos atisbar las suertes en las que un psicoanálisis ofrece un giro al callejón sin salida de la histeria. A los practicantes del psicoanálisis, Lacan les invitaba a quitarse su corsé de las sesiones standard obligadas por la IPA, para acercarse una ética del acto analítico, a una responsabilidad psicoanalítica, que va más allá de la del funcionario o el psicoterapeuta.
Lo novedoso de la teoría y la clínica lacaniana encontró en España un terreno propicio por el deseo de saber que bullía con la caída del franquismo. Pero poco se hubieran extendido si no hubiera sido por algunos psicoanalistas argentinos y franceses que la difundieron en nuestro país, y más tarde por psicoanalistas españoles producidos por análisis lacanianos. Hoy, veinte años después de la muerte de Lacan, el lacanismo ha tocado ya su crisis. Y nos confronta a los psicoanalistas españoles, de cualquier signo que seamos, a extraer de ella lo que ninguna teoría, ninguna institución, puede cerrar de lo subversivo del saber del inconsciente, el único que nos conduce a la raíz de la condición humana.
Carmen Gallano
Psiquiatra, Psicoanalista, Madrid
Si es cierto que la palabra significa un enunciado en el que se hace sentir la presencia del sujeto en el grado más alto, entonces me quedo con algunas palabras salubres, quizás saludables, de Lacan, que difícilmente podría olvidar.
Estas palabras le hacen a uno detenerse en la pendiente de una ceguera, ya sea en la dirección de una cura o en la de la propia vida; y no le dejan a uno igual que antes. Son palabras que no se oyen todos los días, pero son suficientes para reconocer a un maestro.
En cuanto a la obra de Lacan, forma parte, ya hoy, de una herencia común.
Moustapha Safouan
Psicoanalista, París
Me pareció muy claro y profundo.