
Diván: Las indomables ¿Por qué este título de su libro que trata de las anoréxicas?
Ginette Raimbault: El carácter absoluto, absolutamente indomable e intemporal, resulta de lo mas llamativo para quien entra en contacto con una anoréxica.
Indomables, estas jóvenes tienen algo que decir y no habrá quien las pare. Están tan enfrascadas en lo que representan, en su decir, que rechazan todo tipo de concesión. Con su tozuda obstinación, obligan a quien intenta comprenderlas a penetrar realmente en el fondo de algo así como la esencia del ser humano: un ser que se nutre no sólo de alimento, de otra manera, para satisfacer únicamente sus necesidades fisiológicas.
Los valores que rigen su entorno suelen ser del orden de lo necesario. Cualquier pensamiento o acción están subordinados a la necesidad del trabajo, de las convenciones sociales, de la vida material, y precisamente con su comportamiento, por su rechazo a satisfacer las necesidades fisiológicas más elementales, manifiestan el vacío, la ausencia de esa categoría esencial al ser humano, al ser de palabra, que es el deseo.
D.: ¿Puede decirnos algo de su trayectoria analítica?
G.R.: Siempre quise ser analista. A los catorce años fui a pasar unas vacaciones en casa de una tía en Nueva York, cuando estalló la guerra. Permanecí allí y escapé así de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, alejada de mis padres, de mis seres queridos, y terriblemente preocupada por lo que les pudiera ocurrir. En estas circunstancias, cualquier queja, hablar de mi desgarro, de mis inquietudes, era impensable. Entonces la lectura de Freud, que encontré en la biblioteca de mi tía, especialmente de sus casos clínicos, me descubrió que se podía escuchar de otra manera y que existía otro mundo fuera de las convenciones sociales. Así decidí ser analista.
Estudié Ciencias Sociales y Antropología en Estados Unidos y al volver a Francia después de la guerra, elegí a Lacan como psicoanalista para iniciar mi curso analítico. Él estaba todavía en la Sociedad Psicoanalítica de París. Me aconsejó estudiar Medicina a los pocos meses de empezar. Cuando creó la Sociedad Francesa de Psicoanálisis con Lagache, Aubry, Favez-Boutonnier y Francoise Dolto, invitó a Balint para que hablara de la formación de los psicoanalistas. Fue ahí donde mi marido, Emile, y yo le conocimos y fuimos a Londres a participar en el trabajo que hacía con los médicos. Seguimos a Lacan cuando creó la Escuela Freudiana de París.
D.: ¿Su trabajo con las anoréxicas?
G.R.: Tuve la suerte de que mi encuentro con las anoréxicas se produjera en un contexto privilegiado: un servicio de endocrinología pediátrica en París. Las veía en consulta externa o durante su hospitalización. La actitud de los médicos y enfermeras exhalaba humanidad. Además tenía las mejores condiciones para un analista: la confianza del equipo médico que asumía la parte de cuidados y tratamiento del cuerpo. Animaban a la anoréxica, sin obligarla de ninguna manera, a hacer un «trabajo de palabras» conmigo. En ese lugar, podía desarrollar plenamente mi responsabilidad, en concordancia con el equipo.
D.: ¿Cuál es la posición del psicoanalista en el equipo médico?
G.R.: Hay que reconocer que la anoréxica somete intenta demostrar que, para ella, no comer es la única manera de vivir. Mi trabajo como analista ha consistido en hacer existir en torno a la paciente una red de sujetos de la que ella pueda formar parte. ¿Qué hacemos?, ¿cuál es nuestra función?, ¿cómo lo hacemos? Y ella, ¿qué hace?, ¿qué dice?, ¿qué hace y con quién? Se trata de una red compleja en la que cada uno va reconociendo su participación y es reconocido por el otro. Se introduce idealmente un lugar donde lo incondicional de un «¿qué quieres?, ¿qué quieres de mí?», primera pregunta de todo sujeto, pueda emerger. Frecuentemente, es después de la «crisis», después de la hospitalización, cuando la joven se ha asegurado de que la pregunta de su ser es LA pregunta, cuando, si lo desea, emprende un psicoanálisis.
D.: ¿En qué consiste el psicoanálisis, entonces?
G.R.: La anoréxica pide que se reconozca lo que se dice a través de ella. ¿Cuál es mi sitio? ¿Quién soy? es la pregunta que hace cuando ha tomado conciencia de que su síntoma es algo que de alguna manera se le impone, que ella no domina. En el trabajo con estas chicas me llamó la atención muy pronto que, en numerosos casos, no todos, había uno o varios muertos en los historiales de los padres, de los cuales no se hablaba; o al revés, se hablaba sin parar. En un primer momento, la joven puede, por la producción de sus fantasmas, llegar a identificar la puesta en escena de una muerte siempre a punto de realizarse, identificar los distintos personajes, y en un segundo momento puede dejar de identificarse con estos personajes y con este guión. Brigitte, anoréxica mental, tiene la frase clave siguiente: «en Inglaterra, al secreto de familia se le llama «el esqueleto en el armario». Todo el mundo lo sabe, todos lo ven, pero nadie lo dice. Saber, al cabo de un largo trabajo psicoanalítico, cuál es este secreto es lo que va a permitir a Brigitte deshacerse de los harapos de que se ha revestido, de cesar de poblar el mundo con la imagen de «muerta-viviente» de si misma.
Marie-Ange Lebas-Royer
Psicoanalista, Madrid