El quehacer como impostura

El quehacer del analista en tanto acción para con el Deseo se encuentra siempre marcado por la impostura, sin duda es un impostor no por su definición de falsedad sino en su relación con la suplencia.

Por ello es necesario comprender cabalmente la palabra, a saber, rastrearle etimológicamente, y poder de ello extraer las consecuencias que para con nuestra causa se desprenden.

Nos encontramos inicialmente con el prefijo im, indicativo de dos condiciones relativas a su estado, por una parte en medida de ser un verbo designa una acción y un desde donde; resulta de ello un en o hacia adentro, y en al ser tomado como adjetivo resulta relativo a un sin o a privado.

Al revisar su otro componente la postura, encontramos su antecedente en la palabra positura la que denomina una acción, una figura, una situación y ello aunado al modo en que está puesta una persona.

Esta des-composición de la palabra nos permite acceder a la referencias geográficas o incluso topológicas del sitio desde donde el analista se ocupa del campo de lo inconsciente, el im se ubica en relación directa con el lugar del que se parte y hacia el cual se dirige, el inconsciente, podríamos también decir de la sesión y a un a posteriori. Señala un tiempo constante, lógico diría Lacan marcado por los vericuetos del aparato psíquico y no por el cronos social.

Su otro aspecto engarzado a el sin o el privado nos reduce -e induce- a la posición requerida como objeto causa de deseo, objeto a, es decir, al ser privado o encontrarse sin postura puede efectivamente ser colocado como objeto del otro.

Este ultimo punto nos lanza directamente a la postura, no la libremente escogida por analista y analizando, sino a la impuesta al analista, premisa indispensable para la construcción del dispositivo y el consecuente avance del tratamiento, no es un colocarse relativo a la acción del analista, este último no tiene injerencia en esa ubicación y justamente por ello es que puede ser aprehendido por la transferencia como un otro e incluso como un Otro, a condición que su lugar -siempre vació- siempre este ocupado diríamos por una ausencia, donde el analista figurara sin ser y aun así o por ello , cual impostor, podrá sostenerse frente al analizando con carácter de verdad y en un momento dado el paciente re-elabore la verdad que le habita.

Tras lo anterior el ubicarle en función de suplencia resulta fácil, pero merece se le precise. Para el sujeto o paciente, el analista resulta no ser lo que falta, lo que no se tiene o de lo que se carece, él solamente esta en un momento y tiempo determinado para posibilitar que el sujeto encuentre un algo más que le permita soportarse a si mismo durante la vida.

Situamos con lo anterior a la impostura no como desesperanza -aunque algo tenga de ello- o como vaciamiento -aunque también tome ese tinte- sino considerarle, presencia del embate de lo real, efecto de la praxis, cuestión inherente al lugar, efecto que el saber impone al analista y por tanto también vector con el que se orienta en el dispositivo.


Psicoanalista, México

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