El cuerpo no es lo que parece

Desde una perspectiva psicoanalítica, el cuerpo no es algo dado ni evidente. En todo caso, lo dado y evidente es el organismo sobre el cual el ser humano deberá construir un cuerpo.

Para que esa construcción pueda llevarse a cabo, a ese organismo deberá asociársele una imagen y un nombre. Y con la combinación de esos tres conjuntos: lo real del organismo, lo imaginario de la apariencia y lo simbólico del nombre, tendremos constituido un cuerpo en condiciones de ser la sede de nuestro yo, nuestras identificaciones y nuestra identidad. Ser la sede de… pero no ser equivalente a… Nuestro cuerpo no es nuestro yo, ni el yo es equivalente al sujeto, ni el sujeto responde al nombre propio, ni el nombre propio se agota en la fotografía del carné de identidad. El cuerpo está hecho de todos estos trozos, sin que ninguno predomine sobre los demás.

Por otra parte, tenemos la idea común de un cuerpo delimitado por el contorno de la piel. Esa es la frontera para el organismo, pero no para el cuerpo. La voz y la mirada van mucho más allá de la piel y sin embargo son cuerpo. Afectan, tocan, y surgen del cuerpo y van a parar a otros cuerpos. La voz y la mirada son cuerpo y exceden al organismo, lo hacen extensible y lo pueden hacer presente incluso en circunstancias en las que el organismo no está (el teléfono, el video…).

El cuerpo, para existir, requiere necesariamente de la presencia del otro, aunque sea imaginada o a distancia. Esta “necesaria presencia” está en la base de la constante ambivalencia que sentimos con respecto al semejante, pero que también la podemos sentir con respecto al cuerpo propio, que puede ser para nosotros lo más íntimo y lo más extraño a la vez.

Quizás por eso el cuerpo es el campo de batalla preferido para librar los combates de la salud, hoy convertida casi en una tiranía terapéutica que nos obliga a estar sanos aunque no queramos; de la eterna juventud, queriéndonos convertir todos en Peter Pan para así disfrutar eternamente de los placeres del cuerpo y de la vida; de las marcas, tanto en la piel como en la ropa (nuestra segunda piel) que nos identifica como pertenecientes a diferentes grupos, tal como las reses a diferentes ganaderías; de las tendencias sexuales, que también se ven sometidas a modas, llevándose cada vez más las cosas más ambiguas o poco definidas o ambivalentes. El cuerpo como lugar en el cual se puedan resolver todas las contradicciones, sin límite. El cuerpo como escenario o escenificación de la no castración: hiper-medicarse y estar sano a la vez; haber cumplido más de setenta años y poseer un cuerpo escultural; ser varón y reclamar el derecho a quedarse embarazado… Es como si hoy la omnipotencia fuera técnica y legalmente posible. De hecho, todas las prótesis que se aplican al cuerpo apuntan a eso. Somos cyborgs disfrazados de humanos. Entre las prótesis químicas y mecánicas, estamos dejando en minoría lo orgánico.

Recuperar el cuerpo propio y la relación con los otros y su cuerpo son dos propuestas subversivas de Paul Virilio que el psicoanálisis puede hacer suyas. El psicoanálisis, a través de la palabra, puede llegar a “tocar” el cuerpo deshaciendo los nudos sintomáticos en los que nos enredamos, sin perder de vista la idea de que no todo es posible, aunque lo parezca.


Psicoanalista, Palma de Mallorca