Los jóvenes: entre la adicción y la violencia

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En las sociedades primitivas, el consumo de drogas formaba parte de una tradición cultural, un ritual cuyo objetivo era permitir al sujeto que las consumía acercarse a las divinidades.

Con su consumo, el sujeto establecía un lazo simbólico con su comunidad que lo hacía más digno de reconocimiento, dado que el encuentro con la droga era regulado por el chamán, personaje considerado santo, hechicero, alguien a quien se le atribuía un poder superior y quien debía particularizar la experiencia de la droga en función de cada sujeto, autorizándola o desautorizándola, dependiendo de la manera de ser de cada sujeto. El chamán actuaba como Nombre del Padre al regular quién podía pasar por esa experiencia y quien no y, de esta manera, no se producía la desorganización psíquica del sujeto.

Hacia los años sesenta, dentro del movimiento hippy la droga formaba parte de la búsqueda de nuevos ideales, como un símbolo más de la revolución cultural. Cuando se desarticuló el movimiento hippy las drogas continuaron ofreciendo, más allá del placer, la posibilidad de aliviar la angustia de existir, la posibilidad de evitar el sufrimiento, como ya señalaba Freud en El malestar en la cultura.

Hay una cultura de la droga que insiste. En los años setenta la heroína fue modelo cultural. En los ochenta, esa fascinación por la languidez de la heroína fue reemplazada por la hiperproducción cocainómana, que produce una hipomanía artificial. Ahora existe una fascinación por un tipo de heromaníaco que es el que se ve en las modelos de alto nivel, figura extremadamente delgadas y de aspecto enfermizo, mezcla de anorexia grave y heroína.

Este uso de la droga, si bien criticado, no deja de ser un signo que hace referencia a grupos sociales de nivel alto. Pero hay otro uso de la droga, de tipo marginal, donde el adicto a aquélla parece encarnar todo lo que la sociedad en la que vive es rechaza y convierte la droga en una exaltación del mal, en un medio para luchar contra el sistema, por ejemplo en la película Trainspotting, con lo cual no hace más que mostrar la cara negativa del mismo sistema, la que intenta combatir exigiéndose una conducta heroica que ya no pasa por enfrentarse al padre edípico, sino a lo peor.

La palabra declina a favor de la imagen, de una creciente alienación del deseo que favorece que los objetos de consumo aparezcan como prometedores de una satisfacción, de una felicidad que dejaría al sujeto pleno de sí mismo si logra acceder a tenerlos. El tener reemplaza la preocupación por el ser y esto hace muy difícil a los jóvenes encontrar un escenario válido, donde sentirse protagonistas dignos, pues bien en un mundo donde ya no cabe la espera, donde la tecnología desplaza demasiado pronto lo nuevo por lo ultranuevo.

Estos son ingredientes que pueden tentar a un joven a marcar su nombre con un acto violento que le dé de la forma más rápida una notoriedad que, además, lo convierta en héroe, como está sucediendo en algunas escuelas americanas.


Psicólogo y psicoanalista