Identidad e identificación en la adolescencia

Publicado en Soy joven... ¿y ahora qué?

Ante grandes preguntas: “¿quién soy? ¿cómo soy? ¿soy como quién?”, repetidas dudas.

Los otros. Los padres y el peso del destino familiar. “A quien me gustaría parecerme. A quien odiaría parecerme. Que no se me note que imito a nadie, sobre todo a mis padres y a otros “mayores” . Me dicen que se me está poniendo la nariz de mi padre. Las caderas de mi madre. El orgullo de pertenecer a una estirpe y de recordarles a alguien que admiro. El horror de no poder evitar que mi cuerpo, sin que yo pueda evitarlo, se vaya asemejando al de algún otro que aborrezco”.

Los amigos “Quiero que me vean. Quiero que no me vean. Salgo a buscarles… pero que no lo sepan… me haré el encontradizo. A ver si siendo como ellos, exactamente como ellos, yo se como soy y puedo pasar desapercibido. Me basta con exhibir nuestro uniforme. Mismas etiquetas, mismas plumas, mismos colores, mismos ídolos. Cualquier flaqueza será para ellos una traición que no me perdonarán”.

Los enemigos. “Y que quede claro que nuestra tribu es absolutamente distinta de cualquier otra. Como pueden ser, ellos, tan pijos como para preocuparse por parecer lo que parecen”.

El cuerpo. “Esto ya es definitivo. Es mejor de lo que esperaba. Es totalmente decepcionante. Mejor que todo lo que habían soñado. Peor de lo que nunca había imaginado. ¿Y ahora qué?”. “Que hacer con esta excitación. Como ocultar tanta exuberancia. Todos la ven. Mi cuerpo transparente me delata. Mis granos me avergüenzan, la vergüenza me hace enrojecer, y al enrojecer saben, porque lo ven, que me avergüenzo. Todo lo ven. Hasta lo más íntimo, una eyaculación, una regla, deja manchas. Visibles. Restos del pecado. Prueba del delito. Mi pequeña gran diferencia, la que siempre fue mía, íntima y oculta, exhibida al oprobio público. Todos me miran. No quiero que me miren, no quiero salir. Quiero que me miren, necesito salir. Me quedo en casa. Me marcho de casa”.

“Me gusta mi cuerpo. Lo enseño, lo adorno. Puedo tener mil pelos de mil colores. Tatuarme los emblemas mas bellos. Los más temibles. Los más tiernos”.

“No me gusta mi cuerpo. Lo odio, lo maltrato. Lo perforo, lo emborrono. Lo abandono, lo ensucio. Lo empapuzo, lo mato de hambre. Lo aborrezco, no me da más que disgustos. Quizás, seguro, que lo mataré. De verdad”.

“No va en serio. No os asustéis. Lo tengo todo controlado. Puedo volar sobre la nieve, deslizarme sobre el agua, esquivar el aire, descolgarme por puentes y barrancos, derrapar por la pared más escarpada, esquiar a tumba abierta sobre el asfalto. No hay ningún riesgo. Somos jóvenes y sabemos domesticar nuestros cuerpos. Aún son flexibles. Los viejos no podéis hacerlo. Si a vosotros no os gusta, dejadnos vivir. No nos importa morir. Los jóvenes nunca mueren. Sólo esos locos imprudentes. Se lo buscan porque, ellos, no controlan”.

“No lo hacemos para que nos miren, no necesitamos ser admirados, no queremos competir ante nadie, no queremos perfeccionar nuestro cuerpo. No lo entendéis. Sólo es un reto con nosotros mismos. No hace falta que os preocupéis por nosotros. Podéis dormir tranquilos. Además, que otra cosa podríais hacer en la noche aparte de dormir. Vuestra vida está acabada, estáis muertos de aburrimiento. De lo que pasa de noche lo ignoráis todo. La noche es nuestra. Sólo nuestra”.

Los afectos. “No puedo querer que me quieran. No puedo desear que me mimen. Ya no tengo edad para eso. Depender de eso, depender de alguien. Quita ya. Que me toque mi padre, que me bese mi madre. Que espanto. Pedir nada a nadie, para que luego te peguen un corte”.

Lo que hace falta es marcha. Sensaciones fuertes. La bofetada del viento, la lija del trago, el martillo del decibelio en el oído. Ponerte alegrillo. Cuando tú quieras, donde tú quieras, como tú quieras. Tristeza y soledad, “missing”. Que es tío. Aquí la gente está para otra cosa. Sabemos divertirnos. Fuera el muermo. Todos para uno. Uno para todos. Para lo serio ya tendremos tiempo.

Ser uno. Depender del otro. Paradoja permanente de la alteridad. También la adolescencia propicia a solemnes declaraciones de autonomía, dime de que presumes y te diré de que careces. El bienestar de uno depende del reconocimiento de otro. Nadie teme y desea tanto de la mirada del otro como el adolescente. Nadie como él está tan cerca de padecer un delirio de influencia. Nadie como él conoce mejor el “te necesito y precisamente porque te necesito, temo tu influencia”. Nadie como los padres del adolescente padece la continua oscilación entre el “no me comáis el coco” y el “pasáis totalmente de mi”.

Decía Goethe que solo los débiles temen la influencia de los demás. Como no recordarlo en estos tiempos en que algunas tribus de adolescentes de músculo trabajado y cráneo rapado incendian y destrozan a golpes de bate de béisbol a amenazantes personajes tales como vagabundos, ancianos e inmigrantes clandestinos.

¿Ir al psicoanalista? Las cosas que hay que oír. Trabajar con la mente. ¿Trabajar un adolescente? Te digo yo, mucho mejor no hablar con un psicoanalista. No vaya a ser que te enrolle. No te digo.

Alberto Lasa
Psiquiatra y psicoanalista

Escribe un comentario