Las mil y una noches y el insomnio del sultán

Publicado en Seguimos soñando

En realidad el rey Schahriar no era sultán, ni podemos asegurar que fuera insomne. Sólo sabemos que algo le desvelaba y, eso sí, que sus desvelos terminaban en muerte. No la suya, por supuesto, sino la de la mujer con quien había compartido el lecho.

Todos conocemos cómo se había llegado a este estado de cosas.

En una ocasión, su hermano el rey Schahseman quiso visitarle y al ponerse en camino recordó un regalo olvidado; volvió a buscarlo y sorprendió a su mujer acostada con un esclavo negro. Los mató como era de esperar y partió de nuevo, desolado, en busca de su hermano.

A Schahseman nada le sacaba de una negra melancolía hasta que observó una escena que tuvo para él virtud antidepresiva: ¡la esposa de su hermano también se solazaba al borde de una alberca con otro esclavo negro, rodeada de esclavos y esclavas desnudos!

Recobrado pues el ánimo, habló con su hermano el rey Schahriar, y tras muchas dudas le contó lo ocurrido. Este al saberlo se desesperó a su vez y sin matar todavía a su mujer, partió con su hermano a recorrer el mundo por ver si ellos dos eran los únicos varones a quienes esto hubiera acontecido.

Y así, andando, andando, encontraron a un efrit (especie de mago de la lámpara) que guardaba a una muchacha cautiva en un cofre. La joven coleccionaba anillos, unos 570, regalo de cada uno de los amantes que había logrado tener a espaldas del celoso efrit mientras éste dormía. ¡Maldito sueño que hace perder el control sobre las cosas!

Habían hallado la confirmación que buscaban. Ellas, ni encerradas en el harén ni cautivas en un cofre bajo mil cerrojos, se dejaban domeñar por los hombres. El deseo femenino se mostraba ingobernable. ¡No había nada que hacer!

Así pues, volvió Schahriar a su reino dispuesto a no sentirse nunca más fuera de juego. Mandó, ahora sí, cortar el cuello a su mujer y a los esclavos de ambos sexos que habían disfrutado junto a ella. A partir de este castigo puso todos sus desvelos en anular por la vía rápida la desbordante capacidad deseante de las mujeres.

“Y desde entonces solía, cuando tomaba esposa virgen y le arrebataba su virginidad, matarla aquella misma noche sin aguardar a la mañana.”

El relato no aclara si tras eso lograba dormir, pero pensamos que así sería. No había nada que se lo impidiera.

Nos cuentan que así estuvo durante tres años. ¡Tan grande era la herida, tan insoportable la incertidumbre, tan inútil la posesión ante lo indomable del deseo!

Pero, dice el cuento, las vírgenes empezaron a escasear en el reino.

El visir encargado de su búsqueda tenía dos hijas bellas, vírgenes y leídas; Schahrasad (más conocida por Sherezade), en particular, había reunido más de mil libros (que obviamente no eran regalos de sus amantes), y fue ella quien se ofreció a casarse con el rey ante la preocupación del padre por no poder conseguir una nueva virgen.

Sorprende ver que Sherezade no nos haya sido presentada como heroína.

Sin embargo, hay en su gesto valor, riesgo de muerte asumido con gallardía y una misión generosa y solidaria que cumplir: salvar la vida a su padre y servir de rescate a las hijas de los mahometanos.

Quizá lo que hace menos trágica su figura es que, a diferencia de las heroínas griegas como Antígona por ejemplo, ella guarda un as en la manga: Sherezade sabe, sabe de la relación del deseo con la palabra; tiene un plan y se dispone a ponerlo en práctica.

Ella quiere hablar, contar cosas, adentrarse en el territorio de la fantasía y cruzar el camino del sueño, arrebatándole las veladas al rey y provocándole una vigilia permanente que llena con sus relatos. Entramos así en la narración dentro de la narración.

Pero su padre, el visir, le ha aleccionado previamente con un consejo: ten cuidado, nunca digas todo lo que sabes.

Y es llevada ante el rey quien “la despojó de su virginidad, después de lo cual ambos se sentaron y se pusieron a conversar”. Sherezade llama entonces a su hermana y ésta, ya aleccionada, pide que cuente un cuento para llenar la velada. El cuento quedará inconcluso al llegar el alba. Schahriar, intrigado, le perdona la vida hasta el día siguiente.

La muerte queda así aplazada por la palabra de la mujer, la fuerza bruta vencida por el relato inacabado, por el encantamiento de la fantasía.

¿Podemos ver a Sherezade como contrapunto del héroe clásico? Ella no necesita pelear ni matar; a la injuria del deseo desvelado opone el enigma, la palabra. La narración vuelve a ocupar el lugar de la muerte, aplazándola.

Y así, durante tres años, el cuento sustituye al sueño que el rey no podía soñar, hasta un punto tal que nos preguntamos si verdaderamente ella sólo ofrecía un mundo de sueños a sus insomnios o si, por el contrario, la intriga mantenía en vela al monarca noche tras noche, de la misma manera que para ella la muerte sólo se aplazaba cada día que pasaba un día más.

El rey Schahriar sufría de ese mal consustancial al ser deseante: el desengaño, el desgarro, la injuria de sentirse no deseado por encima de todo y el temor de poner en juego su propio deseo. No quería correr riesgos.

El analista sabe, como Sherezade, que la palabra encierra las claves del deseo y que de eso mismo nos hablan las imágenes del sueño.

Grupo Sherezade
Madrid

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