¿Quiero otra oportunidad?

“Pues señor: érase una vez un hombre maduro y una mujer madura que se sintieron inflamados por una gran pasión otoñal…”

Naturalmente, se trata de un cuento. Ella será SIEMPRE joven, y de ahí que la mujer se muestre tan irritada como envidiosa ante la capacidad masculina de conservar su sexualidad hasta edades avanzadas.

Esta aparente ventaja es causa, en muchas ocasiones, del amor otoñal o “berrea” del macho, grave dolencia que se presenta entre los cincuenta y los setenta. El origen de la misma es conocido: a partir de cierta edad, al hombre casado no le presta atención ni su mujer, ni sus hijos, ni su perro.

¿Ya nadie le ama…? ¿Ya nadie le necesita…?

Al verles con el cartel de “Quiero otra Oportunidad”, como hacían los torerillos, es cuando SIEMPRE aparece otra mujer – SIEMPRE joven – cuyo reloj biológico la avisa con urgencia que basta de tonterías y que ya es hora de pescar en las aguas revueltas del hombre maduro.

Parece un milagro. De nuevo, alguien simula escucharte, alguien parece admirarte, alguien finge ignorar tu prominente barriga… Alguien hace como que se preocupa por tu salud, por tu tensión, ¡hasta por tus corbatas!

Las víctimas de esta crisis existencial lo abandonan todo, incluido el sentido común, para iniciar una nueva vida. Al principio, ella escucha admirada tu teoría sobre la relación existente entre la física cuántica y el cambio climático. Pero pronto te pedirá que bajes a tierra y te adaptes a su vida: deberás salir a cenar todas las noches y tomar copas hasta la madrugada, te exigirá ir al cine, ir a bailar… y, lo que es peor, ¡te exigirá un bebé!

En momentos de insomnio, imagino a ciertos amigos “viviendo” bajo tan duras condiciones: al pobre Antonio, cambiando los pañales de su nuevo niño-nieto; al pobre Paco, vestido con una chupa de cuero, dormido en los lavabos de una disco; al pobre Miguel; de Karaoke en Karaoke…

Ay, amor otoñal, barnizado de romanticismo, decorado con las galas de una segunda oportunidad, de una segunda juventud… qué inmensa melancolía dejas tras de ti cuando, por fortuna, fracasas estrepitosamente.


Historiador, Madrid