
“Si hubiera de fundarse una facultad psicoanalítica habría de estudiarse en ella parte de lo que se enseña en Medicina, Psicología de lo inconsciente, Biología, Historia de la civilización, Mitología, Psicología de las Religiones y Literatura.” S. Freud, “Análisis Profano” (1926)
La cuestión de los orígenes y los restos me condujo a una pregunta por el lenguaje, quizás porque sea lo que sea que Freud demuestre sobre el inconciente jamás es otra cosa que materia del lenguaje.
Si en la interrogación por el origen no hay un acontecimiento unitario, escondido, a rescatar de ninguna profundidad, el sintagma “desecho originario” en cambio, bordea el agujero de una falta que dejará –sin embargo- marcas, rastros, huellas, detritus.
“Detritus” es el título de una edición en español de obras de Samuel Beckett. El presente trabajo testimonia de los ecos que su lectura me causó. ¿Por qué Beckett?
Beckett ha sido llamado nihilista, existencialista, etc. podrá responder a alguna de esas calificaciones o no, pero lo que interesa señalar es que lo que busca decir excede la problemática de un período histórico. Habla de una cuestión inherente al lenguaje y a la condición humana. Su obra, responde a una observación suya conocida: “La expresión de que no hay nada que expresar, nada con qué expresar, nada a partir de qué expresar, ni poder para expresar, ni deseo de expresar, junto con la obligación de expresar.”
Dice en El innombrable: “Es el comienzo lo que es lo peor; luego el medio y, al final, el fin es lo que es lo peor. Lo peor es lo que estamos experimentando y por lo tanto paradójicamente no es nunca lo peor, mientras podamos experimentar más. Lo peor está siempre por venir y por lo tanto lo que vivimos nunca es lo peor.” Así su escepticismo no conduce a la desesperanza. Al mismo tiempo es una obra que descree del mito del yo incólume.
Su huida de los grandes sistemas hacia la relativización y la des-totalización, voltea de su trono a la conciencia. Los núcleos de su universo estético: la relación del hombre con el lenguaje, constituyente al tiempo que quebrada y fragmentaria; la soledad humana; el fracaso; se juntan con la necesidad de continuar con un intento que está condenado a fallar. Esto marca el sesgo de una práctica de la dificultad que no nos es ajena a los analistas. Se trata de un mundo sin puntos de referencias, que por eso mismo percibimos mal, fragmentado por nuestra percepción y nuestro lenguaje (Mal visto mal dicho). La incompletud, la contradicción, el tropiezo, la falta son rasgos de la obra de Beckett y las resonancias freudianas que esto promueve, me llevaron a investigar su teoría del fracaso y su concepción del lenguaje desarrollada no sólo en la obra dramática y poética sino en los ensayos que escribió.
Se trata de una retórica que quiebra el sentido apenas éste se propone. Para lo cual es necesario que se proponga. El quiebre del sentido o la literalización del mismo es más evidente en algunos textos que en otros en los cuales la escritura parece guiada desde un lugar inasible.
El carácter bilingüe de su obra podría considerarse quizás un signo de su tratamiento del lenguaje: el paso de una lengua a otra como una variante de la extrañeza ante la palabra que fluye y en su fluir se abre a otra escena. El bilingüismo le da una perspectiva periférica que le permite desmontar los mecanismos del lenguaje, mostrar su sinsentido y los límites de la comunicación humana. Al mismo tiempo le permite escapar a los automatismos inherentes al empleo de la lengua materna.
En la Carta Alemana de 1937 dice “En francés, sin toda la vieja carga semántica que el inglés posee para mí, pude alcanzar la meta más claramente. Los contornos sobresalen más”. Explica su hastío ante la perspectiva de seguir escribiendo un inglés oficial y dice “más y más mi propia lengua se me aparece como un velo que debe ser rasgado para llegar a las cosas o a la nada detrás de él… perforar un agujero tras otro en el lenguaje, hasta que lo que acecha detrás –sea algo o nada– comience a filtrar”.
Por supuesto hablar o escribir en otra lengua no es requisito para captar esta posibilidad de ser extranjero en la propia lengua. Flaubert decía que la experiencia de oír la palabra más trivial podía a veces fascinarle por su extrañeza, como si escuchara una lengua extranjera.
Importancia de la voz y el oír. “He escrito siempre para una voz” decía Beckett, alcanzar esa extrañeza de la lengua implica adoptar a menudo el lugar de oyente, renunciando al entendimiento, al sentido. Uno de los territorios en los que esto se percibe de un modo privilegiado es el del juego de palabras, el retruécano. Recurso que Beckett utilizó mucho y que señala una intención no sólo humorística sino también significativa.
Freud nos enseñó a detenernos en los juegos de palabras, en los lapsus, en los tropiezos y equívocos que muestran que el campo que abre el lenguaje en el psicoanálisis es también muy diferente del que se suele denominar como propio de la comunicación humana. Las palabras dicen más de lo que queremos decir cuando las usamos, la alteridad del significante da cuenta de algo intrínsecamente fallido. Falla lógica, agujero lógico por el que la significación en la palabra está siempre en fuga y el hablante está siempre dividido entre lo que dice y lo que sabe (sin saberlo). Malentendido constitutivo de la división estructural del sujeto.
En el poema Mirlitonnades encontramos el lenguaje hablando de las palabras. Ausencia de palabras que nombran, éstas pierden su función cotidiana. Un lenguaje sin ataduras revela la imposibilidad de nombrar. Beckett trabaja en relación a ese imposible, su prosa se intercala con aquello que es propio del lenguaje, fragmentándose la palabra, quebrando su relación cotidiana con el objeto. Introduce en su escritura la pluralidad que es virtual en el sujeto referida a la alternancia de pensamientos diferentes e inclusive opuestos. Algunas de sus obras tienen de por sí una forma incompleta, amputada, donde lo fragmentario alcanza categoría de estructura.
El rechazo a completar lo incompleto, a totalizar lo fragmentario, a huir de lo lacunar también nos acompaña a quienes creemos que la teoría freudiana no podría ser sino una teoría sobre huecos como Masotta lo subrayara.
Las formaciones del inconsciente testimonian el desencuentro del sujeto con su propia palabra. Beckett ha sido muy sensible a esto, su búsqueda aspira al momento en que “la lengua se usa más eficientemente allí donde más eficientemente se la mal usa”, define su intento como un camino hacia una “literatura de la despalabra”.
Estudiosos de los Archivos Beckett de la Universidad de Reading (Gran Bretaña) Laura Cerrato y Lucas Margarit (ambos del Seminario Beckett en la Facultad de Filosofía y Letras U.B.A.) analizaron los borradores, notas, comentarios marginales a su obra y sostienen que es allí donde se perfila más claramente la estrategia que va diseñando para acercarse a ese estadio del lenguaje que él llama unword. El término elegido despalabra (descarta la traducción alguna vez sugerida de impalabra) implica deshacer algo ya constituido y no aspira a la nada o al silencio tanto como “a representar esa actitud irónica hacia la palabra a través de las palabras” intentando con ello exponer sus restricciones, las limitaciones del lenguaje. La elección de tachaduras, escrituras al margen, dibujos o esquemas resultan iluminadoras de una poética y una política de despojamiento.
Lucas Margarit sostiene que “la evolución que se presenta en la escritura, la corrección o la re-escritura de la obra en Beckett nos lleva a la idea de vaciamiento, eliminación, despalabra. Las tachaduras que encontramos en sus manuscritos corresponden a la idea de desecho de un lenguaje, lo legible entonces deviene resto. El lenguaje se presenta despojándose de las palabras y hace casi ininteligibles sus restos.”
Me pregunto por la articulación que esto pudiera tener con el objeto a que, Lacan nos enseña, no es ninguna materialidad, ninguna empiria, ninguna sustancialidad más que aquélla que le da ser asunto de lenguaje. Función lógica, resto del trabajo de un saber, residuo irreductible de lo que está tomado por los efectos de lenguaje y que es a la vez su condición de posibilidad: aquello que las palabras producen y aquello que las palabras no pueden nombrar.
En el seminario El Envés Lacan dice: “este objeto a designa precisamente lo que de los efectos de discurso se presenta como lo más opaco y desconocido, por lo tanto esencial. Se trata del efecto de discurso que es el efecto de desecho” (clase del 14/1/70).
En Detritus camino de piedras, restos, huesos, detritus, Beckett dice “Al término de mi obra sólo queda polvo”. En una conferencia sobre el tema, Luis Gusmán decía que en ese recorrido hay un sujeto que como cierto atributo del lenguaje queda desplazado a un lugar puramente predicativo, que podría pensarse como fuera del lenguaje y que Esperando a Godot es el intervalo de una conversación que se vuelve penosa no porque, no haya Dios, sino porque no hay significación, se trata de una caída fuera de la significación.
En la obra de Beckett cada vez hay menos diálogos, los personajes van perdiendo el habla, transformándose a veces en un puro susurro, un jadeo, una respiración. El sujeto beckettiano se va despojando, vaciando, voz que aparece en residuo y en el umbral de lo decible, queda el polvo, resto último de lo representable. Pareciera querer llegar a un grado cero de representación, obras cada vez más cortas, personajes reducidos a una letra, materialidad de la escritura que tendería en los límites de lo decible, a la inscripción, a la letra.
Hay una frase que a mí me gusta mucho; en Worstward Ho Beckett dice: “Prueba de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Él proponía trabajar con la conciencia de nuestra precariedad, de nuestra falta. No se trata de una escritura que declara su fracaso, sino que se construye alrededor de ese fracaso con un lenguaje que es también límite y fracaso. Laura Cerrato lo define como un lenguaje que se des-palabra, que se encamina hacia el menos, no el lenguaje apoteótico y triunfante que Beckett admiraba en Joyce. En una entrevista Beckett dice: “Con Joyce la diferencia es que Joyce es un manipulador soberbio de su material, tal vez el mayor… El tipo de trabajo que yo hago es uno en el que no soy dueño de mi material. Cuanto más sabía Joyce, más podía. Tiende a la omnisciencia y la omnipotencia como artista. Yo trabajo con la impotencia, con la ignorancia”.
Beckett apuesta cada vez más a la disolución de todo aquello que sea figurable, el yo en primer lugar. Singulariza su estética desde el lugar más opaco de la lengua. Las palabras dicen lo que dicen, sin apelar a una representación que soporte lo que se ha querido decir, el problema –por supuesto- es que su obra no puede eludir ni olvidar que las palabras nunca son puramente concretas, nunca están libres de sus referentes. La palabra no se muestra como tal sino como puro elemento. Sólo que la escritura en cuanto tal habrá de tropezar con las palabras, siempre ávidas de significar algo. ¿Cómo tratarlas de manera tal que se pueda escribir la imposibilidad de escribir?
El lenguaje ha de ser violentado para que muestre si hay algo detrás, o nada. “Signifique, quien pueda”, dijo Beckett “Escribir es un develamiento sin fin, velo tras velo, hacia lo no-develable… hacia la nada, hacia la cosa nuevamente… representar con palabras esa actitud desdeñosamente burlona frente a la palabra”.
Me pregunto si esa ironía nominalista a la que alude Beckett no podría vincularse con la capacidad de la palabra que el gesto freudiano subraya. Capacidad de la palabra para nominar lo que aún no lo ha sido. No tanto las cosas que pre-existirían a su nominación, sino aquéllas que su nominación hace existir. La capacidad de referencia de las palabras no está encerrada en nosotros, ni en ellas mismas ni en las definiciones, usos y objetos que aparentemente las saturan; lo que señala el vacío constituyente entre lenguaje y palabra. Vacío de sentido, de referencia, solidario de la existencia de la barra, barrera resistente a la significación. “El significante sólo se postula por no tener ninguna relación con el significado” dice Lacan en Encore, hay entre ambos una barra de la cual se sustentan los efectos del inconsciente. Barra que permite que una palabra pueda ser tomada como cosa, como un objeto en su materialidad, al pie de la letra. Barra que da ocasión a los juegos de palabras a los que era tan afecto Beckett. Se puede situar en él cierta pasión por el sinsentido, el desfasaje y la brecha no sólo entre el texto y la acción. En Godot los personajes dicen “nos vamos” y no se mueven. Hay un quiebre que se da no sólo frente a un elemento exterior al texto (que puede ser la acción) sino dentro mismo del texto con la fractura de la ilación normal. El lenguaje de Godot está en el límite mismo de lo comunicable y plantea una cuestión ¿hablan nuestras palabras o los vacíos y vacilaciones del lenguaje?
En el Seminario De un discurso que no fuese del semblante Lacan nos recuerda que “El inconsciente no quiere decir nada si no quiere decir esto, que no importa lo que diga y desde donde lo sostenga, yo no sé lo que digo… y ninguno de los discursos, permite a nadie proferir algo o pretender saber lo que dice… la causa de esto sólo debe buscarse en el lenguaje… pertenece a la naturaleza del lenguaje, que en cuanto se abroche cualquier cosa que allí signifique, el referente nunca es bueno, y es esto lo que hace un lenguaje”.
Fritz Mauthner le dio a Beckett una verificación filosófica de su propio escepticismo acerca del lenguaje. Beckett dijo en Dante… Bruno. Vico… Joyce “las palabras no son las contorsiones educadas de la tinta del impresor del siglo XX, están vivas, las palabras danzan”. La dificultad de alcanzar esa vitalidad indica al mismo tiempo la limitación, la insuficiencia y la tiranía del lenguaje. Tanto Mauthner como Beckett reconocen el límite del lenguaje pero ninguno se refugia en él porque hablar es una condición necesaria para vivir. El yo no existe aparte del lenguaje. Pero la comunicación es imposible. Aunque los hombres piensen que se comunican cuando hablan, Mauthner duda respecto a si dos seres humanos alguna vez conciben la misma idea cuando oyen o usan las mismas palabras. Él rechazó la idea de que haya algo como un lenguaje comunicativo. Una mera apariencia de comunicación es a lo que Mauthner cree que se reduce todo discurso humano. Beckett nunca es complaciente, sin embargo a pesar de la incomprensión, la mayoría de sus personajes desean alguien que escuche. El silencio también es imposible, en tanto el hombre viva está tomado en la red del lenguaje. Mauthner debe usar palabras para escribir su Crítica del lenguaje y Beckett también debe usar palabras para ilustrar la bancarrota de esas mismas palabras.
Los analistas sabemos que la comunicación es una ficción imprescindible, todas y cada una de sus apariencias remiten en el hablante a la estructura del significante en la que un sujeto esta tomado incluso antes de nacer. Somos una fuente de malentendidos, lapsus, equívocos. El sujeto del inconsciente está lejos de reducirse a la intención de la comunicación. El sujeto humano es un sujeto dividido, habitado por aspectos que desconoce, que sabe y no sabe a un tiempo. Nuestra naturaleza subjetiva no parece tener otra materialidad que la del soporte frágil y quebradizo de un sustrato lingüístico y textual.
Citando burlonamente el comienzo del Evangelio, Beckett dice “En el comienzo fue el retruécano” y en otra obra “uno está en su casa sin sí, lo contrario de estar a sus anchas”. Interesante paradigma de una subjetividad nómada por excelencia. Beckett dice “Es como si un pequeño animal estuviese adentro de la cabeza, para el cual uno tratara de obtener una voz, al cual uno tratara de dar una voz. Eso es la cosa verdadera… cuando uno olvida esa pequeña voz lejana y se enfrasca en lo que llaman el mundo exterior de ornamentos y costumbres y las convenciones de la claridad verbal, ha abandonado el hecho más profundo de su existencia”.
Beckett se situaría en aquel sesgo lingüístico que le permite comprender la extrañeza del lenguaje sin trazarla ni domesticarla. Elina Montes afirma que la pasividad con que algunos personajes beckettianos se enfrentan al torrente de palabras en que se ven envueltos podría ser leída en el sentido de una forzada y estéril resistencia ante lo irremediable del lenguaje, seres condenados a permanecer para manifestar el sinsentido de un destino inscripto en la palabra.
Blanchot encuentra un movimiento en la trilogía narrativa: en Molloy un vagabundo, en Malone muere un moribundo, en El innombrable un desecho humano. Cuando Blanchot define a su protagonista como desecho, dice también de un texto construido con desechos, en tanto las palabras han encontrado una lejanía cada vez mayor con la posibilidad de significar, una escritura que dice … lo que dice: que no se puede decir más que eso. Que no se puede decir otra cosa que eso. Que sólo se puede decir que hay imposibilidad de decir.
Para finalizar, leo uno de los últimos párrafos de El innombrable: “Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo. Me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas, quedándose un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio, y en lugar de ser aquél de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible”.
Liliana López
Psicoanalista, Argentina