Origen y fundamento

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Podría decirse que hay un antes y un después según que la filosofía haya preguntado por el fundamento o haya preferido interrogar el origen. Ambos términos son metáforas apenas veladas, que remiten con claridad a sus sentidos etimológicos.

Fundamento mana de fondo que remite a “hondo”, a lo que subyace. De ahí que desde Aristóteles, pasando por la teología medieval, y llegando al racionalista Descartes se haya pensado el fundamento como sub-stantia, esto es, “cimiento”, que está ahí sosteniendo, pero también causando a modo de primer principio… Esta manera de interpretar el principio de las cosas conlleva el triunfo de la quietud sobre el movimiento, de la eternidad sobre el tiempo y su corrupción. En cambio, preguntar por el “origen” en vez del “fundamento” presupone una visión distinta. Origen viene del latín origo, -inis, que viene a su vez de oriri que significaría el salir de los astros. Si preguntamos por el fundamento, la palabra ya nos guía hacia la búsqueda de una quietud esencial; si nos servimos del término origen, parece que aceptamos, de entrada, que aquello a lo que interrogamos se mueve, se muestra y se oculta, nace.

Antes de que se comenzara a desprestigiar el cambio y se postulara la eternidad como única realidad, como fundamento que hace innecesaria la pregunta por el origen –solo hay posibilidad de preguntar si algo nace y deviene–, antes, era posible mirar cara a cara el devenir y su opuesto, el ser. Heráclito y Parménides pensaron un equilibrio imposible entre los opuestos, pero siguiendo estrategias en apariencia opuestas, una de las cuales estaba destinada a ocultar a la otra.

El arco se tensa para lanzar la saeta que parte hacia su destino.

Dos metáforas físicamente contiguas y metafísicamente inseparables. El arco: símbolo de la unión de contrarios. La fecha en movimiento traza una línea recta que hará pensar a las generaciones futuras en el “mal” infinito que comienza y no acaba, origen sin telos, lo más angustioso. Hablo del Heráclito del río que nunca se aquieta, del principio que articula los opuestos en su propia condición de opuestos y, por tanto, unidad, esto es origen y fundamento simultáneamente, hablo de la Guerra, padre y rey de todas las cosas.

Parménides eligió el camino opuesto. Si para Heráclito el origen y fundamento está velado y oculto detrás del caos de las apariencias en movimiento, para el poeta del Ser, la presencia de lo que es adquiere la máxima verdad, realidad y evidencia. Se configura como la esfera maciza, plena de ser sin resto de no-ser. Todo lo demás queda degradado a apariencia, fantasma, sueño y error. La lógica inicia su gloriosa andadura histórica de la mano de la más poderosa metáfora espacial que hayan inventado los hombres: lo que es, es, y es imposible que no sea. Principio de identidad cuya equivalencia en el mundo siempre vano de los cuerpos es el movimiento circular, tránsito que no se mueve, o que, si se quiere, es compatible con la quietud misma, la eternidad o “buen” infinito, que se confunde serenamente con el fundamento mismo de todas las cosas en Una. De Parménides, la afirmación de la quietud pasó a Platón, el genio que levantó un mundo de “ideas” eternas para que sirviera de “doble” pero al mismo tiempo de “fundamento” a este de los cuerpos que se corrompen y desafían el principio lógico de la identidad. Y de ahí ya fue un paseo sin apenas enemigos: de Plotino, a Spinoza y a Hegel, por citar sólo a los grandes embriagados de la Unidad, la historia ha perseguido el fantasma del fundamento. De la Biblia a T. S. Eliot, también se predica la solidez de la esfera: también es verdad para la vida humana: “En mi comienzo está mi fin”. Y el irónico Borges escribió sin ironía: “En aquel pasaje de las Eneadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad”.

También Heráclito ha originado una gloriosa estirpe de buscadores del origen, que encontraron sospechosa toda afirmación de la identidad Una. De Heráclito a Nietzsche, la línea es más borrosa, aunque probablemente no menos consistente. A mitad de camino nos encontramos con Galileo que dejó escrito en algún sitio: “Los detractores de la corruptibilidad merecerían el castigo de ser convertidos en estatuas”. Claro. La flecha es más insoportable porque retiene en su movimiento toda la violencia de su origen –la tensión que la impulsó—y la ceguera de su destino.

En el Uno podrían entenderse, como amantes reconciliados, el origen y el fundamento. No es difícil pensar en el Uno, de donde todo (e)mana y hacia donde todo fluye y se reabsorbe. ¿Porqué, entonces, dijo Nietzsche que el pensamiento del Eterno retorno de lo idéntico era el pensamiento más cruel, el más insoportable de sobrellevar, “la carga más pesada”, como titula el parágrafo de La gaya ciencia donde presenta su tesis. La pesadez, explica, proviene de la pregunta: “quieres que se repita esto otra vez y aun innumerables veces”? Pero, ¿no oculta la pregunta la búsqueda de un fundamento, de una quietud? Pero la repetición repugna a la conciencia, que se sabe flujo, es decir, saeta en movimiento que ha olvidado su origen y desconoce su meta. Puede ser que la flecha no quiera la meta del eterno retorno, que no quiera ninguna meta.

El problema del fundamento es el resultado de un diálogo permanente entre la eternidad y la corrupción. El diálogo entre la esfera y la flecha es imposible.


Filósofo, Madrid