El llanto de los bebés

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Si se habla del llanto de los bebés a la hora de ir a dormir solos, la opinión general se divide entre dos grupos: la de los partidarios acérrimos de levantarlos en brazos y la de aquellos otros -también fanáticos- seguidores de la creencia de que no hay que mecerlos jamás porque “se envician”*.

Si nos preguntamos el por qué del apasionamiento en las posiciones, es fácil contestarse que las manifestaciones del bebé en el momento de quedarse solo en su cuna, solo en su habitación, resuenan en las emociones y en los pensamientos de cualquier ser humano –mujer u hombre– cuando intenta descifrarlas. La significación que les atribuya y la manera en que considere que haya que tratarlas están enraizadas, en buena medida, en las experiencias inconscientes y se apoyan para su justificación en recuerdos conscientes provenientes de su infancia.

Nadie ha escapado al sentimiento de desamparo radical del lactante y, la vivencia de tan desestabilizadora experiencia, puede que contribuya a tanto apasionamiento en las posiciones.

Son conocidos los esfuerzos del Dr. Estivill en la divulgación de una técnica para enseñar a dormir a los bebés que empieza a ser practicable a partir de los seis meses de edad. Éste -que vendría a ser un adalid de la teoría “hay que dejarlos llorar”- propone una serie de pasos que deben seguirse a rajatabla. Básicamente se trata de instaurar una secuencia en el orden de las acciones para llevar a los bebés a dormir. Seguida esta secuencia, una vez dejado el bebé en su cuna, se le deja llorar el tiempo que sea sin acudir a ver qué pasa.

La mayoría de las madres y de los padres saben que su bebé es distinto de cualquier otro y, en cambio, admiten sin vacilar una técnica que se sustenta en la idea de que el momento de ir a dormir debe ser igual para todo el mundo. Vale igual para el hijo propio que para el del vecino. Siempre se procede de la misma manera, ¿no es asombroso que de igual que el bebé esté cansado, un poco enfermo, fuera de casa, hambriento, sobrexcitado…?

No es sólo que cada bebé es particular y único, sino de que cada uno pasa a lo largo de los días por situaciones -internas y externas- que pueden resultar muy intensas y cuya consecuencia se manifiestan en las variaciones en el humor. En eso no se distingue de cualquier otro ser humano. Sí se distingue, en cambio, en que dispone de muchísimos menos medios de los que dispone un adulto para manejar esas situaciones –el dolor, el hambre, la extrañeza, el cansancio, el miedo… – porque son vividas sin palabras para poder reconocerlas y, sin experiencia previa que ayude a relativizarlas.

“Siempre hay que dejarlo llorar”, “nunca hay que dejarlo llorar” son recomendaciones vanas. El bebé es un ser cambiante que aprende a toda velocidad y también lo son sus padres. Como en cualquier relación que empieza, sus participantes se van a ir conociendo y –afectados por ese conocimiento- experimentarán cambios. Los padres ponen palabras al llanto del bebé, aprenden a descifrar de qué llanto se trata y, a veces lo dejarán llorar y otras no. Desde luego que el entendimiento no será perfecto pero, tampoco en eso, diferirá del de cualquier otra relación entre seres humanos.

* No hay que temer enviciar a los bebés al acunarlos cuando lloran: arropados por el contacto de otro cuerpo que les sostiene, el ritmo del vaivén al mecerlos, la salmodia melodiosa de una canción les ayudarán a salir del malestar que el llanto expresa y a encontrar la paz perdida a causa de infinitud de avatares… internos y externos.


Psicoanalista, Barcelona