Huérmano

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De nuevo la llamada de Dios, del Tiempo o de la Nada, siempre inoportuna, nos obliga a buscar la palabra. Pero de nuevo está ausente y la lengua se resiste a encontrarla. Existe para la pérdida de los padres, y llamamos huérfanos a los que pierden a sus progenitores, como también se encuentra fácilmente cuando se extravía al cónyuge, y decimos viuda o viudo según venga al caso. Pero no tenemos ningún término a nuestro alcance cuando se pierde a un hijo o a un hermano. Aún quedan muchos hechos sin el sustantivo adecuado.

Quizá la ausencia se deba a la dependencia de ciertas palabras a los usos del Derecho. Es legítimo pensar que cuando la desgracia genera unos posibles beneficios hereditarios o una simple pensión, el discurso jurídico haya troquelado el vocablo necesario para perfilar el concepto y facilitar la discusión. En cambio, en estos otros acontecimientos donde no hay ningún beneficiario potencial ni bases para promover un pleito, sino simple y crudo dolor, podemos interpretar que si falta el nombre es porque no tiene consecuencias en el patrimonio ni en los presupuestos. La pérdida entonces es abrupta y alcanza a la identidad, pues si lo que se pierde no acierta a trasladarse pronto y en sus propios términos a la lengua, siempre escasa e insurgente, entontes te amputan la pérdida y te la cobran a cuenta del cuerpo.

Ahora bien, también podemos ser más positivos y ver las cosas al gusto contemporáneo. Dicen que lo postmoderno consiste en aligerar las tristezas, negarlas, alegrarse ante las contingencias y adaptarse de modo parasitario a cuanto haga falta. Convendría, si esto es así, buscar las ventajas de la nueva situación y dar gracias al cielo porque el mal sea innombrable, pues todo parece indicar que gracias a su obligado silencio controlamos mejor los malos recuerdos. Faltos de la palabra parece que las tragedias duelen menos.

Tampoco es inútil pensar que las palabras son escasas sin más, y que debemos acostumbrarnos, sin vanas pretensiones, a vivir con las que hay. Aunque la incomodidad crezca y nos asfixie la soledad, no hay ninguna obligación de lanzar una palabra nueva al aire, ya sea para uso privado o para tratar ambiciosamente de que se introduzca en el idioma general. A fin de cuentas, vivir es pasar junto a muchos cadáveres sin turbarse ni perder el paso, y la muerte de un hermano no deja de ser una cuestión por muchos motivos bastante familiar, así que es lógico que no haya palabra que valga ni debemos echarla de menos. Sólo es el orgullo propio del superviviente el que nos impulsa a ser ingenioso o a refugiarnos, como hacen con razón los locos, en una ocurrencia verbal.

Pero el fastidio de la muerte consiste precisamente en ligarnos en exceso al tiempo. El tiempo no se mide en años sino en muertos. Y los muertos en realidad se cuentan con números, sin necesidad de verbos. La muerte es un cálculo, un simple problema aritmético. Por eso es lógico que en tan aciagas circunstancias pequemos de vanidad y que, una vez despedidos los restos, alcemos la cabeza, hagamos un rápido recuento y volvamos rápidamente al lirismo del lenguaje para protegernos y dar vida lo antes posible a cualquier invento.


Psiquiatra, Valladolid

3 comentarios a “Huérmano”

  1. Ana Zabala dice:

    Gracias, Fernando, por posibilitarnos leer tu trabajo.
    Desde la tragedia de Antigona tenemos pruebas literarias del dolor producido por la muerte de un hermano.
    Acerca de la muerte de un hijo o de una hija… Podriamos pensar en la tragedia, auqneu tampoco nominamos en esta lengua como decirla.
    En mi practica psicoanalitica trabajo las muertes de los seres queridos de mis analizantes no como ‘perdidas’, la palabra ‘perdida’ es de lo mas utilizada cuandi de un fallecimiento se trata. Mi quehacer va mas bien a la inversa, y he tenido grandes logors considerando lo que de ganancia en el trato, el amor, los recuerdos, etc de ese ser querido nos quedara para siempre, lo pasible de tomar como herramienta afectiva a pesar del padecimiento enorme antes algo de lo que no podemos dar cuenta nada mas que en lo biologico, y no tanto.
    Abrazos, colegas.
    Transitar un duelo sin la tremenda idea de ‘perdida’, es algo que produce avatares maravillsoso

  2. Daniela Harari dice:

    Excelente artículo. Reflejo de la realidad cotidiana. Alternativas para que el dolor duela menos. No hay “moda” en el dolor. Cuando la pérdida no tiene consecuencias en el patrimonio, ni en los presupuestos, como bien dice el autor, el dolor está latente, y debe uno permitirse que se manifieste. Si uno no se manifiesta a través de “lalengua”, entonces, será el cuerpo que hablará a través de diferentes manifestaciones. Lleva tiempo, uno no acepta la muerte de un ser querido. Se extraña, se necesita, se lo quiere ver, se lo sueña, se lo añora..El tiempo calma la exaltación, se llore menos, tal vez.., pero jamás se borrará. Es un proceso en donde uno debe aprender de cosas nuevas, de tiempos de espera, y que en cada uno será individual. No hay métodos ni formas. Se lo tiene que elaborar, para poder seguir adelante. Algunos se refugian en las palabras para entretener los propios pensamientos sobre la propia muerte, otros, se refugian en la palabra para entretenerSE y entender que hay que seguir viviendo como se puede, con lo que se tiene. Y eso si tiene un valor que no todos pueden comprender, solo aquellos que somos los sobre-murientes, que nos refugiamos en la contención familiar para poder ver a la vida desde otra mirada.

  3. Como dice el autor, luciendo una verdaera excelencia en su lenguaje: “vivir es pasar junto a muchos cadáveres”. Artículos como este nos facilitan pensar la muerte de los seres queridos y asumir que el dolor se atraviesa en singular, por eso nos refugiamos en las palabras, que nos van entreteniendo de los pensamientos sobre la propia muerte. gracias al autor, por elevar el dolor a la dignidad de la castración.