Nada reemplazará a mi hija

Publicado en El duelo duele

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Teresa se sorprende a sí misma garabateando un nombre, Ana. La resonancia con otro nombre, Lara, el de su hija muerta hacía dos años es inmediata. Angustiada, se pregunta: “¿Tengo derecho a reemplazar a Lara aunque sea en mis pensamientos? ¿Ha transcurrido suficiente tiempo, me encuentro preparada para tener otro hijo?”

Muchos pensamientos y sentimientos presentes en un proceso de duelo contienen la idea de que la garantía de un verdadero amor debe pasar por un sufrimiento sin fin, pues lo contrario es el olvido. Pero el aferrarse a cada recuerdo, tratando de mantener la existencia de esa hija muerta a través de la cronificación del dolor puede, en algunos casos, comenzar a coexistir con la tentación de dejarse poseer por el deseo de un nuevo nombre, una nueva vida. Un pensamiento la atenazaba, “Me han quitado a mi hija, me han arrancado una parte de mi cuerpo”. Esa muerte fue para ella una amputación, un vacío insoportable en su cuerpo, en ese mismo cuerpo que la había abrigado y alimentado.

“Nunca más cantaremos aquella canción…” dice, denunciando el dolor de una renuncia definitiva a los intercambios amorosos y sensuales, a ese modo de estar juntas riendo, cantando, diciendo tonterías. Las conversaciones con su madre sobre su infancia se van convirtiendo en un hilo conductor que permite recobrar el movimiento de la vida y como recreación generacional se opone al tiempo petrificado por la muerte.

¿Qué significaba esta hija y qué se llevó de ella? Es una interrogación que apela a la verdad del lazo profundo e inconsciente con esa hija y el lugar otorgado por los padres en sus deseos, ideales, proyectos.

“Una tarde creí verla en la calle, con su pelo rubio desordenado”. Reaccionó con perplejidad y un llanto incontenible. Al tiempo le dijo a su marido: “¡Qué ganas de volver a nuestro sitio de vacaciones en familia!”.

El deseo de un nuevo hijo, de recrear algo nuevo que integre la laguna de una ausencia para siempre pone a prueba la posibilidad de cada padre y de cada madre de conjugar lo real de la muerte con un mundo imaginario a fin de dar cuerpo a pensamientos, a fantasías. Una persona en duelo construye puentes sobre el abismo por medio de su capacidad de simbolizar la realidad de una muerte. Este tipo de elaboración subjetiva que conmueve los cimientos de todo ser humano remite a aquella pérdida originaria que, en el acto de nacimiento y separación de la madre, nos marca a cada uno como seres mortales.

Graciela Strada
Psicoanalista, Madrid

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