El niño que sabía demasiado

Publicado en Soy joven... ¿y ahora qué?

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Buscó un cigarro en el bolsillo; se complacía en los gestos que transportaban, depositaban el tabaco en sus labios, lo encendían, le arrancaban el humo que luego él sembraba en el aire.

¿Qué era, después de todo, esta cosa, madurar?

Descubrir que los padres nunca llegaron a hacerlo, ¡Eureka!, como si alguna vez hubiera podido tomar en serio a los suyos. Madurar es también abandonar las desgarradas ambiciones del adolescente, pero, ¿acaso había creído él, realmente, en las suyas alguna vez? Las había padecido como un incordio hormonal, al mismo tiempo que las eyaculaciones nocturnas. Enfrentarse a las propias limitaciones, asumir que el mundo no gira a nuestro alrededor… como si alguna vez el mundo le hubiera dado la oportunidad de engañarse así, de creerse esa solemne, esa maravillosa tontería.

Madurar es asumir responsabilidades y, en fin, si no le quedaba más remedio, no era tan difícil verse a sí mismo cargando con una hipoteca, rindiéndose ante el impulso procreador de alguna mujer. Se casaría por la iglesia; puesto a ceder, no tenía ningún sentido ponerse quisquilloso con las naderías. Cuando él y sus amigos –contaban en aquel entonces con quince primaveras– habían brindado con calimotxo en promesa solemne de no hacer jamás nada semejante, sabían ya que iban todos de farol, se les notaba en los ojos.

Por eso no dejarían nunca de comportarse como críos, porque de veras les sería difícil tomarse en serio el espejo que reproduce un rostro afeitado, un traje y una corbata. Sabían demasiado, y si bien lo que sabían no los ayudaría en nada a enfrentarse con lo que les esperaba, eso era algo que también ya se sabía. ¿Le restaba esto alguna oportunidad de ser feliz? Más bien al contrario, lo consolaba con la cínica satisfacción de verse a sí mismo tan igual a todo y a todos. Hacer parodia de ciertas cosas no requiere exagerar, basta con reproducir, y él se veía como el esperpento atemperado de sus padres, de sus profesores y del mundo. Descubrir gestos gastados en los suyos le hacía sonreír torcido.

De no haberle parecido exasperado, y por lo tanto ridículo, se habría dicho a sí mismo que vivir es en general un gran insulto, una blasfemia bien gorda, una grosería. Apagó el cigarrillo. El tabaco iba matarlo. No necesitaba leer el mensaje de la cajetilla, que profería esta amenaza. De sobra, desde siempre, desde mucho antes de la primerísima calada, ya lo sabía.

Máximo Teszkiewicz
Estudiante, Madrid

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