
Freud hizo del dios Eros un pilar fundamental para sostener el peso de su edificio teórico. Sería impensable el psicoanálisis sin la presencia de este soporte en las teorías sexuales infantiles, en el nudo del drama edípico, en el armazón de la construcción narcisista o en el conjunto de la vida erótica humana.
Si el amor fue para Platón un tema central en el diálogo del Banquete o en el Fedro, no lo es menos para Freud a lo largo de su obra. Esta voluntad persistente del vienés de hablar sobre la sexualidad trajo consigo el rechazo inicial de sus teorías. Los prejuicios sociales y las resistencias a las nuevas ideas son un denominador común en todas las épocas, y hoy como ayer, estas barreras vuelven aparecer cuando se cuestionan ciertas ideas arraigadas en los cenáculos de la cultura.
Si antes era inaceptable la vida erótica del infans ahora resulta inadmisible para muchos la homosexualidad fuera del campo de la perversión. En la teoría psicoanalítica se dio, en su momento, un paso decisivo al separar la sexualidad de la genitalidad y al extender el barniz erótico sobre toda la superficie corporal. La sexualidad dejó de ser así un patrimonio exclusivo de los órganos genitales para convertirse también en una actividad gozosa centrada en otras zonas erógenas, Apartar la actividad sexual de los genitales abrió la investigación a la vida sexual infantil, orgánicamente imposibilitada de cumplir con el fin de la procreación al servicio de la conservación de la especie. Dejar de lado la función teleológica de la sexualidad y ponerla bajo la primacía de otras zonas erógenas fue calificado desde siempre como una perversidad. Un doble desvío se hacía así presente en el campo de la homosexualidad, por un lado, respecto al fin, y por el otro, respecto a la elección del objeto.
Si bien los psicoanalistas aprueban teóricamente la idea freudiana que define a la pulsión sexual sin un objeto prefigurado, no deja de vislumbrarse en su práctica un cierto desliz al considerar a priori a la homosexualidad como una forma sintomática de la perversión. Y no lo hacen porque piensen como los primeros psicoanalistas en una desviación sexual siguiendo los dictados de la teoría de esa época, sino por el peso que adquieren las nuevas concepciones que han innovado la mirada sobre la homosexualidad. Reconocer ahora la homosexualidad puede provocar en el psicoanalista una cascada de ideas que enturbian su función y alteran el dispositivo de la escucha. Una cadena de conceptos lo oprime y lo ata a una sordera funcional. Es entonces cuando la homosexualidad se anuda a un diagnóstico de perversión a través del desmentido de la castración, la torsión de la función paterna, el crecimiento narcisista o la posición de objeto privilegiado para el deseo de la madre. No se pone en cuestión que esto pueda ser así en numerosos casos, pero no siempre lo es de este modo. Dicho de otra manera, la homosexualidad no pertenece sin más a la perversión, pero aunque lo fuera, son tantos los matices de la vida que casi nunca veremos cumplirse al pie de la letra los designios teóricos enunciados. La teoría está allí, en ausencia, como marco de referencia, pero no como dogma. Sin embargo, en muchas ocasiones, la inercia del pensamiento vence sobre la observación clínica y aplasta la posibilidad de la escucha pausada de la historia individual. Por otra parte, algunos psicoanalistas ven en el diagnóstico un refugio ilusorio de comprensión y un antídoto eficaz ante la ignorancia, cuando lo único necesario que se debe saber es que la verdad brilla con más esplendor en el verde árbol de la vida que en el libro gris de la teoría.
Adolfo Berenstein
Psicoanalista, Barcelona
La importancia del sexo en la vida del hombre, en la infancia, en los sueños, en la asociación de ideas y, en definitiva, en todo el corpus del Psicoanálisis, está tomado casi en su totalidad -y algunas veces con las mismas palabras- de la obra de Schopenhauer. No hay más que asociar esos dos nombres (Freud y Schopenhauer) en el buscador Google y aparecerán múltiples enlaces para saberlo. Freud admitió en su vejez que sin Schopenhauer, el Psicoanálisis no existiría. Y para mí el filósofo es más lúcido en sus escritos que Freud (del que leí su obra completa hace ya años).
Federico.
Sinceramente no he entendido nada, o mejor dicho, no comprendo a qué conclusión quieres llegar. Este es un tema que está siendo relegado y me interesa tener clara cuál es tu explicación sobre dicha relegación. Es más, me ha desconcertado – por no decir algo más drástico – el trato que se le sigue dando a la homosexualidad en muchos círculos psicoanalíticos. Toda información será bienvenida.
buenas noches, la conclusión a la que llega creo que esta clara, y es que la homosexualidad en sí no es una perversión… sin embargo, en algunos casos de homosexualidad hay personas que cometen perversidades, tal como lo dice Berenstein cuando se producen en el analista “una cascada de ideas que enturbian su función y alteran el dispositivo de la escucha. Una cadena de conceptos lo oprime y lo ata a una sordera funcional” … es decir, que el homosexual perversea al analista, llevándolo a lo que todo perverso busca, que es poner en acto al otro….
Nos exhorta a no dejarnos llevar por la teoría como literales burros sin mecate y, trabajar más con las tripas, el encuadre, la transferencia y contratransferencia…
Estoy deacuerdo, aunque algunas veces necesitamos unas construcciones que no dejan de ser puras teorias, aunque ciertas.
Me parece interesante lo que desarrollas.