El problema del origen en “El espíritu de la colmena”

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Tengo para mí que la película citada en el título de este artículo, y dirigida por Víctor Erice en 1973, es la mejor (o al menos una de las mejores) de la historia del cine español.

Como ocurre con las grandes obras maestras sabe aunar a la perfección la gran historia, la historia con mayúscula (la de España, claro) con la aparentemente pequeña y circunstancial intrahistoria de los personajes; de tal modo que de este problemático cruce va a provenir, finalmente, su eficacia a la hora de conectar con las vivencias subjetivas de muchos espectadores, los cuales quedan, quedamos así atrapados en -gran paradoja- la verdad de la ficción.

Y todo ello tiene que ver con su habilidad para abordar el problema de los orígenes; en primer lugar de la España contemporánea, al situarlos en la convulsa década de los años 30 del siglo XX y en el consiguiente y siniestro periodo de la posguerra. En el origen de esta España actual hay pues una violencia terrible, devastadora, que ha creado algo así como un agujero negro, retratado con enorme precisión por la película.

Aunque esta referencia, tan abstracta, se concreta primero, y de una forma evidente, en la descripción misma de cómo se origina el propio espectáculo cinematográfico y la fascinación que este produce en el espectador a él entregado. “El espíritu de la colmena” es cine en el cine; se nos autopresenta como metacine, como la reflexión que una película, la de Erice, hace sobre otra, “Frankenstein”, cinta dirigida por James Whale precisamente en 1931, es decir el año en el que comienza ese conflictivo periodo de la historia de España.

Si bien el asunto toma finalmente cuerpo en su protagonista principal, Ana (Ana Torrent), y en la búsqueda que lleva a cabo sobre el origen de su propia subjetividad. Esta interrogación de Ana impacta tanto en nosotros porque, evidentemente, se refiere a algo bien real: en el origen de cada uno hubo un acto sexual que, en su brutalidad biológica, pudo o no estar recubierto por un deseo (el de los padres) y acotado (o no) en un marco simbólico que pueda darle sentido. En el caso de Ana, tan representativo de los años 70, no existe ese universo simbólico ni tampoco deseo entre los padres, pues su madre Teresa (interpretada por aquella musa de la “izquierda divina” española, que fue Teresa Gimpera) se dedica exclusivamente a escribir cartas, una y otra vez, a otro hombre (un exiliado) que no es su marido; mientras que Fernando, el padre (Fernando Fernán Gómez), pasa las noches solitario, fuera del lecho conyugal, repitiendo siempre un mismo texto, oscuro y siniestro, en el que se niega el sentido mismo de la reproducción.

Quizá por eso Ana acabe identificándose con el monstruo de Frankenstein, un cuerpo extraído -fuera de todo contexto sagrado- de la tierra; arrancado de la muerte por un padre (el doctor Frankenstein) que después no quiere hacerse cargo de él.

Luis Martín Arias
Profesor de la Cátedra de Cine, Universidad de Valladolid

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