Identidades superpuestas, diálogos en paralelo

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La identidad es una máscara que corresponde a un sujeto dividido entre su deseo y su ideal. Es necesaria en el juego social y también condición para que el sujeto se pueda designar a sí mismo aún cuando se advierte fragmentado; sin esencia; sin sentido; impostor; a veces, pura angustia. La identidad la podríamos encontrar como una de las maneras de recubrir el vacío del ser.

En el universo virtual, en la era de los ordenadores, hallaremos diferencias en los esquemas de comunicación y de percepción del mundo, pero éstas no bastan para redefinir una identidad como virtual versus la auténtica, o la real, o la ‘de antes’ pues en cualquier caso, identidad es virtual.

En esta era de los ordenadores aparecen fenómenos que modifican a las personas y su manera de actuar y pensarse a sí mismos entre una serie de realidades virtuales, aldea global, ciudad digital, economía virtual, y las identidades virtuales. Estas identidades al otro lado de la pantalla pueden parecer modos de esconderse de una realidad objetiva, pero decirlo así quizá sea un prejuicio, del tipo ‘lo de antes y lo de ahora’ y más bien estemos tratando de la emergencia de otras facetas de realidad, con mayor concurso de lo imaginario.

Las órdenes que se teclean en un ordenador constituyen un tipo de lenguaje que además de comunicar algo provoca ineludible y directamente que suceda algo. Se produce un acto. Esa inmediatez es el primer elemento de cambio notable que podemos enumerar.

Otro elemento destacable de cambio es la relevancia de la biotecnología en nuestras vidas, ella nos actualiza la palabra cyborg que viene de la ciencia ficción. La podemos poner en relación con las cirugías que cambian elementos externos e internos del organismo, como la implantación de óvulos, espermatozoides y órganos diversos. Todo un abanico de técnicas biomédicas aplicadas que producen una fusión entre lo biológico y lo tecnológico, susceptible de realizar los ideales de uno mismo albergados entre la voluntad, la fantasía y el deseo.

La realidad de los cuerpos queda atravesada pues por la tecnología, muchas veces para buscar algo de identidad, nueva identidad.

El cuerpo como presencia queda, generalmente, eludido. Algún autor habla de comunicación de cerebros. El cuerpo se elude en el acto de comunicación de teclear, pero quedará incluido en cuánto se juegue la imagen que tengo para otro. Considerando, cuando hablamos del cuerpo que no es de ‘mi cuerpo’, es mi cuerpo para el Otro, en el pasaje de salida del autoerotismo de la constitución subjetiva. A cambio, en el juego en que se elude el cuerpo emerge una fijación autoerótica.

Observamos también que aunque el tiempo en la comunicación sea simultáneo, se puede producir sin converger los cuerpos, inventando ‘identidades’ pero ninguno de dichos cambios, sin duda notables, parece decidirnos hacia la modificación del concepto de identidad en nuestro campo.

Hace poco recibí a una jovencita para la cual su cuerpo siempre fue un problema que le impedía estar con la gente Le diagnosticaron fobia social y le dieron medicación. Se animó sólo un tiempo, pues aquella sustancia ‘la motivaba a estar con gente’. Curiosamente, su expresión coincide casi con el nombre del medicamento, pero dejó de hacerle efecto. Cuando me vino a ver traía una pregunta sobre sus vergüenzas o ataques de pánico y era que en Internet se notaba decidida, locuaz y simpática; sentía además una contradicción, o no soportar ser mirada o bien exhibirse muy desenvuelta entre desconocidos en una discoteca o a través de la webcam. No sabía cuál de las dos era, ni si era posible ser las dos, quería saber qué las unía y qué las separaba. Buscaba ‘su verdadera personalidad’.

La pregunta es de la misma índole de las que podían hacer las pacientes de hace años, es la lucha entre un yo ideal de naturaleza imaginaria y un real del cuerpo que se resiste a doblegarse, a pesar de la suposición de la identidad, siempre virtual.


Psicoanalista, Valencia

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