La erección de Adán

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Kundera, el escritor checo -o bohemio, como él prefiere decir-, evoca en su novela “La insoportable levedad del ser” una vieja tesis teológica que adjudica a San Agustín. Según este Padre de la Iglesia, Adán, en su época anterior al pecado original, habría vivido tan identificado con su cuerpo que éste le habría obedecido siempre. En consecuencia, sus erecciones no habrían sido espontáneas, esto es, incontroladas, sino a voluntad propia.

Lo que me llevó a recordar esta especulación fue la píldora de la erección inmediata, a la que sus creadores bautizaron con el nada equívoco nombre de VIAGRA, contracción de Vigor y Niágara.

No se me ocurrirá poner en duda los valores curativos -y de utilidad social- de semejante fármaco, padeciendo como padecemos los males de la vida moderna: su tensión (estrés) y agobio, su falta de tiempo y hasta de intimidad, la agresividad generada por la densidad urbana, la complejidad civilizatoria con sus efectos inhibidores sobre la espontaneidad de nuestros deseos corporales, la competitividad instalada en el centro de la vida social, la ansiedad ubicua. Todos estos factores -y otros muchos que no es imprescindible añadir- pueden tener efectos desastrosos sobre la sexualidad masculina. Gracias a este descubrimiento se podrá evitar esa incómoda y absurda situación vivida por casi todo varón adulto: cuando se la necesita no está y cuando está no se la necesita. Además, creo que contribuirá a mejorar la maltrecha comunicación -en el sentido más amplio de la expresión- entre hombres y mujeres, tan necesaria.

Sin embargo, el descubrimiento de la píldora de la erección inmediata, como tantas otras de las actuales investigaciones biomédicas, invita a formular algunas preguntas.

En cierto modo, la píldora en cuestión devuelve al hombre de las sociedades industriales avanzadas a una situación análoga a la de nuestro progenitor Adán. No idéntica, claro, pero lo bastante afín como para que pueda decirse que de nuevo el hombre recupera el privilegio de tener erecciones a voluntad. (Entre paréntesis: ¿no podría describirse gran parte del programa de investigación de las ciencias biomédicas como un intento de anular la maldición bíblica? ¿No es la eliminación del dolor y de la enfermedad, y la superación de la muerte aquello que conforma el núcleo de esas investigaciones?)

¿Pero es un privilegio neto, esto es, sin contrapartidas, en esta época nuestra acuciada y obsesionada por fantasías eróticas de toda laya? Repararemos en que Adán no tuvo un sentimiento -el de vergüenza: primera revelación de la carne- hasta que hubo pecado y que no pudo conocer el deseo hasta ser expulsado del paraíso. Así pues, no todo fue malo. Junto con la maldición del trabajo y del dolor se deslizó en la ávida vida humana el ocio, el placer y la promesa de la felicidad, aunque sea las más de las veces un imposible, un estado fugaz en el mejor de los casos. El pecado original transformó nuestro cuerpo en carne, ese espesor irracional que nos resiste, nos abruma, nos ordena, nos invade como una fiebre, nos desbarata las noches, nos culpabiliza, nos hace víctimas de nuestros fluidos y, por encima de todo, se niega a dejarse conocer. Dice como Luzbel, su compañero de maldición: non serviam. Pero cabe sospechar que esa resistencia de la carne es la moneda a pagar por la posibilidad del placer -y no sólo la de los más obvios, lo que está detrás del jovial sí a la vida.

¿Supondrá el uso de la píldora que podremos prescindir de la carne, de su “inspiración” para decirlo con una imagen, de tal modo que entre el fin querido y su ejecución no se interponga ese elemento caprichoso y falible que es nuestro propio cuerpo? ¿No supone esta mediación química una especie de “trampa” en el juego que nuestro yo y nuestro cuerpo vienen jugando desde que el mundo es mundo, desde que se nos extrañó del paraíso y nos convertimos en seres encarnados? ¿Acaso no es la erección -en el hombre- la respuesta fisiológica a un deseo que ni solicitamos ni dominamos fácilmente? Y si la sometemos o determinamos biomecánicamente, ¿no supondrá la alteración del pacto pulsional entre la carne y la psique?, ¿seguirá siendo posible, entre otras cosas, la transfiguración del deseo en amor?, ¿tendrá razón Quevedo y se enamorará la carne?

No seamos innecesariamente pesimistas. Sí creo, no obstante, que perderíamos algo con este “progreso”: resultarían improbables los “amores de cinco minutos”, tan bellamente descritos por José Ortega Spottorno en su librito de igual título, esos fugaces y fulgurantes encuentros entre el objeto del deseo, el deseo propio y su consumación espontánea. La píldora garantiza el “sexo en cinco minutos”, sin fallo, incluso en aquellos casos en que Cupido, despistado en otros menesteres, no terminaba de herir al varón con su dardo alado. Ahora podrá consumarse siempre el sacrificio en el altar de Venus. Pero le faltará la gracia.

José Lasaga Medina
Profesor de Filosofía, Madrid

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