Escritura y sueño

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Mucha gente cree que escribir consiste en colocar una palabra detrás de otra. Desde esa concepción, las voces permanecerían en la caja de herramientas hasta ser seleccionadas por el escritor con el gesto de cálculo con que el aficionado al bricolaje separa un tornillo de otro. En parte, es eso, con la diferencia de que las palabras están vivas, de manera que tienden a colocarse por su cuenta, junto a la compañía que les parece más cómoda. Si uno va, por ejemplo, al cajón de los sustantivos y coge el término noche, inmediatamente aparecerá a su lado el adjetivo oscura. Hay, pues, que tener las tijeras a mano para cortar lo inútil. En el caso que nos ocupa, la oscuridad la pone el lector. Escribir no sólo consiste en decir lo que uno quiere, sino en evitar que el lenguaje diga lo que le da la gana. Del mismo modo, creo yo, el sueño procede de la tensión entre lo que uno es capaz de decirse y lo que necesita oír. Complicado equilibrio.

Finalmente, dado que esa lucha resultaría agotadora llevada a sus últimas consecuencias, hay que pactar. Por eso, un texto literario es el resultado de un acuerdo entre lo que quería decir el lenguaje y lo que pretendía expresar el escritor. Y el sueño, el producto de una negociación entre lo irreal y lo posible. Ahora bien, como el lenguaje nos construye, nos hace y, llegado el caso, nos deshace, no sería raro que esa forma de relación se erigiera en el modelo de trato con el resto de las cosas. Visto de ese modo, la realidad sería el producto de un pacto continuo entre nuestros deseos y los de la existencia; su negativo, siempre en blanco y negro, sería el sueño, desde luego. Se puede elegir no pactar e imponer nuestro criterio al 100%, pero esa actitud quizá conduzca en la literatura al onanismo; en la vida, al frenopático; y en la cama a la pesadilla. Hay otra forma de no negociar que consiste en que las palabras digan lo que les apetece y en que el destino, o las sábanas, nos lleve donde quieran, pero se trata de una capitulación algo humillante.

Finalmente, situados en la posición de negociar, todavía se puede elegir entre cargar el acento en lo que uno quiere decir (o soñar), o en lo que quieren expresar las palabras (o los sueños). Esta última es la posición que yo identifico con la sabiduría. Desde luego, es mucho más relajante ponerse frente a la máquina de escribir pensando: “vamos a ver qué quieren decir hoy las palabras”, que con la idea de que uno tiene toda la responsabilidad de lo que le de por escupir al teclado esa jornada. Sería tan agotador como acostarse con la voluntad de controlar el movimiento del sueño. Así que negociemos, al menos mientras la vida siga obligándonos a elegir entre la perfección o la dicha.


Escritor, Madrid