Soñar los sueños

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Soñar no es sólo una actividad que nos procuramos a través de los sueños, de la producción onírica que realizamos cuando dormimos. Fantasear, imaginar, recrear son funciones todas de ese soñar despiertos en que se puede, como define María Moliner, “imaginar como real algo que no existe, o pensar cosas que no existen o que tienen pocas posibilidades de existir, o recrear como posibles o reales cosas que no lo son”.

Sin embargo, los sueños del dormir en su representación onírica, toman del acontecer diario su disculpa para enlazar en él los elementos de su ficción. Puntos de anclaje donde el soñante ata en ellos sus deseos más íntimos, más infantiles, más locos. Deseos fuertes que juegan anudándose en redes camufladas, de apariencia deformada por capricho, en partes inquietantes sin sentido, evitando la conciencia y rodeando la razón para poder ser satisfechos. ¿Qué hacer con ellos?.

Escribir sobre los sueños, hablar de los sueños, pero… ¿existen los sueños antes de soñarse? Al igual que la escritura para convertirse en lenguaje debe ser leída, pues antes de leerse lo escrito no es, no existe, los sueños, para ser soñados, deben ponerse en palabras, como la lengua le pone palabras al tiempo para que permanezca cuando quiere que algo trascienda; y si no, ¿dónde apoyar la memoria? Así, al soñar los sueños, podemos decir que los sueños son, que existen.

Pero ¿dónde se puede soñar los sueños? El diván, símbolo de “vía regia” a lo no conocido, nos acerca al camino de lo posible por lo imposible, de lo real por lo irreal. Los sueños en sustantivo se hacen verbo al soñar en este lugar privilegiado: diván, espacio para soñar en esa escucha silenciosa del que hace decir sin
tener que decir.

Escucha silenciosa del psicoanalista, que rescata el habla de la palabrería, pues las palabras solas pueden adormecernos o hacernos caer complacidos en sugestivas mentiras, pero el hecho del habla, si apunta a la verdad, si no se sostiene en palabras vacías, lleva siempre el signo de interrogación: pregunta sobre la muerte que la vida arrastra y que el sujeto (el soñador) se hace sobre su ser.

¿Hace falta una causa? Sueños para soñar, soñar para hablar y hablar para despertar, para entrar en el mundo, para marcar la historia siendo sujetos de nuestros propios deseos.

No es el paso del tiempo el que aliena nuestros deseos de personas, es la imposibilidad de soñar nuestros sueños lo que nos deja mudos deshistorizados. ¡Soñar los sueños!


Psicoanalista, Madrid

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