La sirenita cerró la puerta

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Hace ya algunos años (Dios mío, ¡cuantos!), circuló entre la alegre progresía , con gran aceptación por cierto, un texto de Ariel Dorfman titulado Para leer al pato Donald, en el que se pretendía desenmascarar la ideología (imperialista y capitalista) subyacente en las, sólo en apariencia, banales producciones de Walt Disney. Era un encomiable y sesudo ejercicio de lectura hermenéutica y metalingüística que exigía un esfuerzo mental considerable, propio de una época en la que no se tenía miedo a pensar, pues todavía no se había inventado eso, por otra parte tan definitorio de quienes lo practican, del “pensamiento débil”.

Dejando a un lado el indudable sesgo ideológico de partida, muy poco autocrítico, de aquella propuesta de lectura crítica, lo que sin duda sigue siendo válido es la intención que la animaba, el deseo de profundizar en las cosas, de no quedarse sólo en la apariencia, en la superficie. Deseo de saber más, de no dejarse manipular, que hoy ha desaparecido, como por arte de magia, a la hora de enjuiciar las modernas películas Disney.

Pues bien, rescatando el perdido espíritu analítico, tipo Dorfman, nos animamos a proponer un esbozo de lectura “sospechosa” de películas mas actuales como, por ejemplo, Pocahontas, Mulan o Tarzán, pertenecientes todas ellas a la fase de dominio del mercado que inició la productora Disney aproximadamente en 1989, con La Sirenita, una cinta todavía demasiado “infantil” y clásica que, sin embargo, dio lugar a una serie de obras posteriores, ya mucho más adaptadas a esta época posmoderna en la que se ha producido el fin de la infancia. Por lo tanto, ya no se trata de películas para niños (pues semejantes especímenes han desaparecido de las sociedades consumistas) sino “para toda la familia”, eufemismo que esconde en realidad el hecho de que se trata de productos de consumo masivo aptos para cualquier edad (es decir, para ninguna en concreto) mediante su conversión en formatos y mensajes dirigidos a un espectador ideal medio, caracterizado como marcadamente narcisista y siempre joven, independientemente de los años que tenga: puede tratarse de un niño forzado a ser adolescente antes de tiempo o de un adulto atrapado por el síndrome de Peter Pan.

A la antigua progresía le encantaba el chovinismo nacionalista de Asterix, siempre preferible al pato Donald, “leído” como “agente del imperialismo” propagador de una cultura universal y homogeneizadora (por cierto que hoy quien paga el pato es McDonald). Ahora el Neo-Disney se muestra atento al signo de los tiempos, en los que tiene mucha mejor prensa la tendencia a la “minimalización” que su contraria, la denostada “globalización”.

Por eso priman los localismos y el multiculturalismo: Pocahontas es una reivindicación del indigenismo, Mulan de la cultura asiática y Tarzán del africanismo anticolonialista; en fin, un poco y se sienta representado.

Junto a este vector colorista y variopinto (en plan anuncio de Benneton), otros ejes definitorios de los nuevos productos Disney son el animalismo pseudoecologista y el feminismo de postal. Se acabaron las niñas que sólo saben buscar a su príncipe azul (la Sirenita cerró la puerta): ahora se imponen personajes femeninos activos, fuertes, incluso violentos (Pocahontas y Mulan son dos buenos ejemplos) y, aunque la protagonista siga siendo Bella, su equivalente masculino, un rudo Gaston que sólo piensa en el matrimonio y en tener hijos, es denigrado como ridículamente machista.

En cuanto a la defensa de los animales, la factoría Disney hace ya tiempo que se convirió en una eficaz promotora de la equiparación o igualdad legislativa entre las especies: en Los aristogatos (1970), la anciana protagonista les dejaba toda su inmensa fortuna a sus mininos y desheredaba al pobre y fiel mayordomo, al fin y al cabo sólo un humano más. Pero la tendencia ecologizante, al hilo de la moda imperante, se ha acentuado hasta extremos ciertamente grotescos: en Pocahontas, no sólo los árboles y las plantas sino hasta las rocas y el agua tienen “derechos” (¿tendrán también “deberes”?).

Este formalismo bienpensante, multiculturalista, animalista y pseudofeminista, convive sin problemas entre nosotros, todos lo sabemos, con un antihumanismo feroz, cómodamente adaptado a ese consumismo suicida ejemplificado en el ecologista de salón, que no deja de usar su todoterreno ni un momento para ir y venir superficies comerciales, en las que, además de comprar a troche y moche, podrá sentirse reconfortado, en su forma de pensar, con lo último de Disney. Y es que los ejecutivos de Hollywood saben que del dicho al hecho va mucho trecho. A lo mejor ese mismo trecho que ha recorrido, cuesta abajo hasta llegar a la ya famosa crisis, una progresía ideológicamente cacofónica, que redunda en lo mismo que, mire usted por donde, de la mano de Disney podemos ver y oír en el centro comercial.


Profesor de la Cátedra de Cine, Universidad de Valladolid