El dueño de la verdad

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Érase una vez, una niña de ocho años a quien el pedagogo de su colegio le diagnosticó un TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad).

En su informe (un formulario oficial), el pedagogo señalaba que la niña presentaba dificultades de tipo psicolingüístico, por lo que debía “recibir intervención específica individualizada por maestro de pedagogía terapéutica como adaptación de acceso al currículo”, lo cual no tiene nada de excepcional.

Pero, en el modelo de informe de la Administración, existía un apartado que al pedagogo debió resultarle irresistible: Se le solicitaba que emitiera un diagnóstico “según clasificación DSM-IV” (1). Al pedagogo (sin formación ni experiencia clínica, ni legitimación para emitir diagnósticos de este tipo) se le hizo la boca agua, se dejó arrastrar por la tentación y no tardó en encasquetar a la niña el TDAH. ¡Qué más daba si la única información de la que disponía eran las apreciaciones de la tutora y los resultados de unos test!

El pedagogo remató su informe indicando que la niña tenía “necesidades educativas especiales permanentes” y remitiéndola a un centro especialista para que se le prescribiera medicación psico-estimulante. “No os preocupéis –dirán a los padres el pedagogo y la profesora- es como si vuestra hija fuera diabética y tuviera que tomarse una pastillita todos los días”.

Como el pedagogo tenía prisa, pues muchos otros niños necesitaban su ayuda, no consideró necesario escuchar previamente a la niña ni a sus padres. Por eso, no se dio cuenta de que no había indicio alguno de hiperactividad ni de impulsividad en la niña, ni de que su dispersión podría deberse a factores de tipo subjetivo de los que la falta de atención no sería sino un síntoma (2), ni de que la aparición del bajo rendimiento académico durante ese curso coincidía cronológicamente con la incorporación del padre a su puesto de trabajo tras nueve años de baja laboral en los que se había dedicado a atender a su hija, ni de que a la madre le habían detectado un tumor en el estómago en aquella época…

Todo eso daba igual porque, para el pedagogo, los test eran objetivos (es decir, al margen del sujeto a quien se le administraban) y los resultados que arrojaban eran la pura verdad. Y, no solo eso, sino que de esa verdad numérica se desprendía, previa consulta de un libro, un diagnóstico clínico. Después de todo, el pedagogo actuaba de buena fe y en nombre de la Ciencia.

Cuando los padres solicitaron una segunda opinión profesional que contradecía tanto la metodología como las tesis del pedagogo, éste se excusó diciendo que desde la Administración le habían recomendado que, con el fin de que al colegio se le concedieran los recursos para abrir un aula de pedagogía terapéutica, diagnosticara trastornos graves a los niños, señalando explícitamente que sus necesidades educativas especiales eran de carácter permanente. El pedagogo reconoció, a regañadientes, que esta niña era uno de esos casos. “Pero, aún así -concluyó-, vuestra hija es un TDAH”.

  1. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Sistema “oficial” de clasificación basado en un modelo médico de la patología psicológica: si la conducta coincide con determinado número de criterios diagnósticos, la persona padece cierto trastorno. El siguiente paso es que dichos trastornos deben ser tratados mediante los llamados Tratamientos Empíricamente Validados. DSM-IV y T.E.V. son establecidos por la A.P.A. (Asociación Psiquiátrica Americana). De este modo, una parte de los profesionales de la psicología (los autodenominados científicos) pretenden establecer las reglas de un juego en el que todos debemos estar obligados a participar. Muchos otros no estamos dispuestos a aceptar tales condiciones.
  2. La psiquiatría organicista y la psicología conductista, cuya orientación es de corte médico, tienen por objetivo la erradicación de los síntomas observables en los pacientes, en tanto son considerados como algo erróneo. El psicoanálisis, por el contrario, considera el síntoma como el resultado de una contradicción esencial en el ser humano, la que resulta del conflicto entre el deseo y su prohibición. Por tanto, el síntoma es representante de la posición del sujeto en el mundo y no dejará de acompañarlo. Hay que escuchar lo que el síntoma tiene que decir. En este sentido se plantea en el texto el concepto de síntoma. El objetivo de psicoanálisis es descifrar el síntoma y, junto con la localización de la identificación alienante que lo sustenta, reducir sus efectos penosos. Es lo que, en lenguaje coloquial, podríamos denominar apañárselas con el síntoma.

Carlos García García
Psicoanalista, Valencia