Un acto de creación: “Puentes en el desierto. Afuerismos”

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De un aforismo se dice que es una “sabiduría predigerida”. Es la definición más corta que he encontrado y la que condensa con precisión la pretensión de expresar lo que nos habita pero que la ceguera de lo cotidiano nos hace ignorar.

He leído que fue utilizado por Hipócrates como una serie de proposiciones relativas a los síntomas y al diagnóstico. En ese caso nuestro antiguo colega con vocación de curar ya había entendido que si se desea que nos entiendan es mejor no “enrollarse” demasiado.

Porque eso de lo “bueno si breve, dos veces bueno” es el privilegio de unos pocos con la capacidad de articular alguna verdad tan mediocre y tan profunda como los mitos que organizan nuestras vidas. Es poco frecuente encontrarse con alguien que dice mucho con muy pocas palabras sin ser poeta.

“Puentes en el desierto. Afuerismos” es el título del excelente libro de aforismos de Ángel de Frutos Salvador.

El aforismo es una dimensión de la escritura que impacta como una flecha en el corazón del tiempo.

“Lo que al sentido huye, en el sonido fluye”

“Tala palabra. Talla silencio”

El aforismo re-envía y resignifica con la rapidez de un rayo y sin querer, a pesar de nosotros mismos. De pronto “uno” entiende a pesar de si mismo. De pronto el puzzle de la historia encuentras un eje y un asidero, el marco que nos sujeta a la vida incluso cuando nos empeñamos en fastidiarla.

Con un golpe de palabra uno entiende  que tal vez derrochamos las palabras, o tal vez se nos caen de la boca en la ingenuidad infantil de nuestro pensamiento, siempre dispuesto a creer que no nos están entendiendo.

Somos tan soberbios que damos por hecho que al extendernos nos van a comprender. Nos olvidamos que el tiempo de comprender no depende de la razón, sino del tiempo de la sin razón que elude o recoge lo que más le conviene a nuestra conciencia.

También olvidamos que algunos sólo se escuchan a sí mismos y que otros tienen poco tiempo para la escucha, arte antiguo, no siempre valorado y poco generoso en los tiempos que corren. Que corren sí, pero no ahora, por culpa de las crisis, sino porque el tiempo ha corrido siempre y habitualmente, a casi todo, llegamos tarde.

Nos suele pasar que cuando nos hemos enterado, ya es… después. Después es el final y el principio de la comprensión. Es el primer escalón del trayecto del final de la ignorancia.

Si no entendiéramos después, no viviríamos. Estaríamos pendientes, aún más, obsesionados por “pillarlo” todo en el momento. Esta actitud no sólo es cansina sino esclava de la razón y poco creativa.

La insolencia atinada de la irrupción del inconsciente insiste y augura que los puentes existen: del uno al otro, desde el no saber al saber, desde el miedo al valor, del desamor al amor.


Psicoanalista, Madrid