Convivir en las aulas

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Nos conmocionan los hechos violentos puntuales.

En el ámbito escolar el extremo lo ocupan los asesinatos a manos de estudiantes, de compañeros y profesores en los colegios, como así también los suicidios de niños por problemas en la escuela.

Hay una violencia ejercida por los niños y sobre los niños.

Es claro para todos que la violencia, la intolerancia y la discriminación están en la base misma del sistema social, político y económico. Pero hay que destacar también que en gran parte está dentro de nosotros mismos.

Encontramos violencia en ciertos actos realizados por directores o docentes (que tienen efectos violentos), independientemente de la intencionalidad manifiesta de éstos.

Es frecuente hallar climas y culturas institucionales que se expresan a través de rasgos violentos, relaciones interpersonales agresivas; directivas lineales y arbitrarias; fenómenos de dominación y de sustracción de la información, de chismes y rumores.

La mayor parte de los conflictos están originados en la convivencia, y esto nos lleva a la cuestión del otro, de la alteridad.

En relación a esto, el psicoanálisis tiene algo que decir, porque la estructura del ser humano no ha cambiado, a pesar de que muestre nuevas formas, otras modalidades.

El otro, nuestro semejante, está presente en la constitución misma de cada sujeto en la medida que nos han nombrado como tímidos, vagos, valientes, listos, es decir mediante palabras nos han atribuido una serie de características, a las cuales posteriormente nos vamos acomodando o desacomodando mas o menos según una serie de circunstancias. Pero en principio, nuestro modo de vernos a nosotros mismos, está determinado por el juicio de los otros.

Así en lo que los otros dicen de él, alguien puede reconocerse o no reconocerse, pero no puede salir de esta lógica.

Actualmente en el ámbito educativo, existen muchos conflictos que alimentan malestar por la presencia de alteridades que parecen muy ajenas, la presencia de diferentes razas y culturas en el aula. Pero se producen por la convivencia en sí.

La escuela es la primera salida de la endogamia familiar; al entrar en la escuela, el niño pasa de lo conocido, familiar, a lo desconocido, a lo “otro”. Cada comienzo de curso, algo de esto vuelve a se, y adaptarse a la situación nueva requiere tiempo.

Tiempo para que las palabras puedan ser oídas y escuchadas, para entenderse, qué quiere éste o aquel profesor, entender que algunas palabras no quieren decir lo mismo para uno que para otro. Los profesores también necesitan tiempo para conocer a cada niño y sus tiempos, por ejemplo en el aprendizaje.

Hay algunos que no toleran los retrasos y otros que siempre justificarán un trabajo a destiempo.

Freud decía que la intolerancia se manifiesta más en las pequeñas diferencias, que en las fundamentales.

La escuela ofrece la posibilidad de compartir una normativa común, una ley que es igual para todos.

Si la ley funciona, los problemas son más manejables.

En la adolescencia, la muerte y la sexualidad son conflictos que están en primer plano, justamente en lo referido a las diferencias que hacen a cada sexo. El grupo será un espacio fundamental para ellos.

Entre pares, la posibilidad de identificarse y sentir que son todos iguales alivia y regula la angustia ante lo diferente.

Las conductas trasgresoras y agresivas son muy frecuentes entre ellos y hacia los demás. Luego pasan a formar parte de grupos sociales más heterogéneos.

Podríamos decir que son un fenómeno normal, transitorio pero que cuando se prolongan como modo de vida, y se convierten en un fin en sí mismos, podemos tener una banda.

El poder, sabemos que se sostiene en la fuerza. La autoridad se sostiene en la Ley igual para todos y en su aplicación.

Uno de los problemas que se genera por la ausencia de ley, de normas, ó su no aplicación está en la des-responsabilización del sujeto.

Los maestros y los padres, tienen que recordar que ver, oír y callar no debe convertirse en una forma de vida.

María Luján Ramos
Psicoanalista, Madrid